Desde mis ruinas
Hay veces en las que me detengo a pensar: ¿cómo se ve la verdadera cara del éxito o la realización? Desde muy chica me enfoqué a cumplir el “deber ser”, intentando estar en el camino de lo que la sociedad vería como lo correcto. Soy la menor de tres hermanos, los cuales han sido mis modelos de admiración; vivo con mis padres, los cuales son ejemplo de amor; terminé la carrera en derecho por UNAM; y he conseguido crecer en lo laboral. Viéndolo desde fuera, todo parecería estar en orden. Pero no se habla de las heridas que no se ven, de los vacíos que una rutina no llena, ni de esos días en los que despertar duele. Fue en medio de esa aparente plenitud donde comencé a descubrir que, aunque aparentemente lo tenía todo, mi alma necesitaba algo más profundo: necesitaba a Dios.
Se convirtió en costumbre sentir que mi mente era un laberinto del cual no había salida, un campo de batalla donde el silencio pesaba tanto que hasta respirar era una carga. Vivía perdida, mi compañía se dividía entre la depresión, los excesos y decisiones que parecían empujarme más y más hacia un abismo. No había nada en lo que creyera, ni siquiera en mí misma. Hasta que un día, Dios me encontró.
No fue una revelación mística, ni un milagro inmediato. Fue algo más profundo: una invitación silenciosa al amor, al perdón y al reencuentro con mi propósito; se sintió más como una caricia lenta, casi imperceptible. Todo comenzó cuando un sacerdote de La San Carlo, en su misión diaria y con el amor de Dios de por medio, me invitó a pertenecer a la comunidad del CLU, este grupo de universitarios que más que simples compañeros, se vuelven una extensión de tu familia. Al principio, me costaba orar; mi mente se sentía rendida, enferma, mi fe desgastada. Pero con el tiempo, en la misa, en la confesión, en el acompañamiento de las hermanas y hermanos, apareció esta pequeña gota de esperanza, comencé a sentir que algo en mí se encendía nuevamente.
Descubrí que la fe no niega la ayuda, sino la sostiene. Que Dios no sustituye, sino que actúa a través de. Comencé entendiendo que nadie ni nada puede alterar la dignidad que Dios me dio; que soy su hija amada, sostenida por un Dios que sana. Con esa certeza, empecé a recibir terapia, lo cual fue un camino difícil, con miedo a la incertidumbre y al futuro; pero la oración y la fe se entrelazaron como dos manos que me ayudaron a levantarme.
La Iglesia nos recuerda que el acompañamiento espiritual y la atención profesional no son opuestos, sino complementos. Que la verdadera sanción surge cuando estas caminan juntas, ya que la primera reconforta el alma, y la segunda, alivia la mente, formando un camino de esperanza y restauración.
Esa visión no solo esclareció dudas, sino salvó mi vida. Comprendí que cuidar mi mente también era cuidar el templo de mi alma.
Hoy, dos años después, mi historia es testimonio de esa realidad. Vivo una vida más plena, consciente y en paz. La comunidad que me abrió sus puertas no solo me dio cobijo, me ayudó a redescubrir mi dignidad, y gracias a ellos, cumplí uno de mis más grandes sueños: conocer Italia. Estar allí como peregrina, en ese país donde la fe se respira en cada piedra y en cada iglesia, fue sentirme abrazada por Dios.
Por el Evangelio, entendí que el sufrimiento no es un castigo, sino un camino. En las Escrituras, Elías pide morir (1 Reyes 19:4), los salmistas claman desde su angustia (Salmos 6:6), y sin embargo, en cada historia hay redención. San Pablo nos invita: “No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien transfórmense por la renovación de su mente. Así sabrán ver cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto.” (Romanos 12:2).
Esa renovación no fue solo espiritual; fue emocional, mental y humana.Hoy sé que la fe y la salud mental pueden caminar de la mano. Que pedir ayuda no significa falta de confianza en Dios, sino reconocer que Él también actúa a través del amor humano y la ciencia. Que ser católica no me hace inmune al dolor, pero sí me da una esperanza que trasciende cualquier diagnóstico.
Si estás leyendo esto y te sientes perdido, si la oscuridad parece un camino sin final, quiero decirte algo: no estás solo. Dios aún obra en lo oculto, aún levanta a los caídos, aún ilumina los corazones rotos. Busca ayuda, ora, habla, pero no te rindas.Porque incluso cuando todo parece muerto, Dios sigue escribiendo resurrecciones.
Shelsy Paola Olvera, CdMx.
Alegría en el dolor
El día 1 de septiembre comenzaba el cole con muchísima ilusión, ganas y fuerza. Ese mismo día por la noche se me cerraba la uretra y acabé sondado y de baja una semana. El día 5, al quitarme la sonda, me dicen que tengo un cáncer de vejiga, algo puñetero pues no está localizado sino disperso por toda la vejiga. Misteriosamente, esto no modifica ni un ápice mi ilusión por el comienzo del curso sino todo lo contrario, y así, un día antes de que empiecen las clases, pido el alta voluntaria.
Nada más lejos de pensar en mi propia capacidad, lo que se me hace patente es mi fragilidad y dependencia de Dios, lo cual, una vez más, misteriosamente, me llena de paz. Cierto es que el Señor, que me prefiere hasta en esto, me regala, sí, me regala un cáncer que por ahora no duele, no se siente y así, lo único que siento es la incertidumbre de lo que está por llegar, el no saber por qué ha pasado, por qué a mí. También tengo claro que no soy quién para dudar ni para exigir explicaciones, gracias a esto me encuentro ahora más cerca del Señor pues hablo más con Él y le rezo más verdaderamente. Me siento tan confiado y arropado que no le pido por mi curación, no soy tan osado, eso es tarea vuestra, yo solo le pido poder aceptar su voluntad con paz y humildad. Y por ahora, así está siendo.
Este tiempo es también un tiempo en el que la nube de testigos se hace, una vez más, más que presente, desde mi frater hasta mi familia, la escuela de Getafe, compañeros de trabajo y hasta unos desconocidos en Guinea Ecuatorial o las monjas de Iesu Communio. Una compañía que arropa de tal forma en esta circunstancia que prácticamente todo pasa desapercibido, la enfermedad me refiero, pudiendo así centrarme en mi trabajo, en mis alumnos, en mi familia y en todas las tareas cotidianas. Caricias del Señor por todos lados, como por ejemplo un alumno muy preocupado que me pregunta todos los días por mí, por cómo va el tratamiento, alentándome y dándome ánimos sin parar.Ayer decía un amigo que una definición de la paz es que es la alegría en el dolor. Puedo decir que así lo constato yo, una alegría por haber sido elegido, preferido, sin saber por qué, pero así es. Una paz, que nace de un dolor inesperado que conlleva un sacrificio incierto en estos momentos y que me permite acercarme a mi nada para estar ahí, al lado del Señor, una pobreza regalada donde la desproporción entre Dios y yo, entre Él y mi pecado, toda mi miseria, cobra un significado real.
Antonio, Parla (Madrid)



