El camino hacia la paz es largo. Han bastado pocos días para que el entusiasmo desatado en Israel y Gaza por el acuerdo firmado el 13 de octubre en Sharm el Sheikh diera paso a una nueva fase de incertidumbre y violencia, aunque –al menos al cierre de esta edición de Huellas– no parece que eso vaya a romper la tregua de momento. Ambos bandos lo han celebrado en Oriente Medio. En cambio, en Occidente da la sensación de que algunos preferirían que continuaran las hostilidades con tal de evitar una intervención de Donald Trump. Evidentemente, este alto el fuego no es esa «paz justa, duradera y respetuosa de las legítimas aspiraciones del pueblo israelí y del pueblo palestino» que el papa León XIV no se cansa de pedir y a la que todos aspiramos. El acuerdo tiene grandes limitaciones: no define un marco definitivo para los territorios palestinos, no garantiza un reparto de ayuda eficaz ni desarma a los combatientes, que además no estaban presentes en la firma.
Pero la tregua es un hecho, una «chispa de esperanza», como dice el pontífice, frágil pero real. Si callan las armas, será más fácil negociar una salida después de 734 días marcados por el odio, el terror, la destrucción y miles de muertos. El propio León ha animado «a proseguir con valentía el itinerario marcado».
Y esa chispa debe prender también en otros lugares. Ucrania sigue siendo bombardeada sin que los “grandes de la tierra” logren sentarse en torno a la mesa de la paz. Campan por el mundo decenas de conflictos olvidados, como la guerra civil en Sudán, que ya se ha cobrado 150.000 víctimas civiles mientras 14 millones de personas han huido a países vecinos, como Egipto. Por no hablar del recrudecimiento de la persecución de los cristianos. Según el último Informe de Libertad Religiosa de Ayuda a la Iglesia Necesitada, dos tercios de la humanidad –más de 5,4 mil millones de personas– viven en países sin plena libertad religiosa y más de 413 millones de cristianos sufren altos niveles de persecución y discriminación a causa de su fe. «Si el mundo os odia», dice Jesús en el evangelio de Juan, «sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros».
¿Qué hacer con todo esto? Es la pregunta que resuena en el manifiesto “La esperanza de la paz”, que ofrece dos respuestas. Se puede rezar («la oración convierte los corazones y abre a la esperanza») y luego está el testimonio de la unidad, que demuestra «que es posible una experiencia de concordia y de acogida, con toda su diversidad y sus límites. Esto introduce una novedad, una esperanza que todos necesitamos».





