Dos hijos en el Cielo
“¿Dónde está Dios?” Es una de las frases escritas en un cargador de las armas de fuego que fueron usadas en el tiroteo del 27 de agosto en la misa de la escuela católica La Anunciación, en Minnesota Estados Unidos, donde perdieran la vida el niño Fletcher y la niña Harper de 8 y 10 años respectivamente, y fueron además heridas 15 personas. Ese día al leer la nota, igual vino la pregunta: ¿Dónde está Dios? Nublado por el dolor de este hecho me costaba mucho ver por dónde comenzar a hacer un juicio verdadero al respecto. Como siempre en forma providencial, la escuela de comunidad es luz en estos momentos. Leemos en el capítulo 15 de El Sentido Religioso: “nuestra naturaleza exige la verdad y su plena realización, es decir, la felicidad. Todo movimiento del hombre, haga lo que haga, está dictado por esta urgencia que lo constituye. Pero el hombre, cuando llega al borde extremo de su propia experiencia de vida, no encuentra todavía lo que ha estado buscando”. Al borde del extremo, en medio del dolor, reconocer que la vida de Fletcher y de Harper se han cumplido, sus almas en medio de este martirio, gozan ya de los más altos honores en la casa del Padre. Humanamente y sobre todo como padre de familia esto es algo sobrehumano de entender. Porque la razón llega a un límite, sin embargo el encuentro con amigos que nos han remitido a Cristo, es posible dimensionar esta realidad. Es el encuentro lo que despierta la esperanza (como rezaba el lema de las vacaciones nacionales), lo que hace posible tener la certeza de poder decir que han recibido los más altos honores en el Cielo. Me uno a la oración para el camino que están atravesando su familia y amigos, cierto de que Dios está obrando en medio de este drama, con sus dos hijos predilectos en el cielo, Fletcher y Harper.
Sebastián Cobo, Mérida
En la comunión, lo he recibido todo
Como nos dice don Giussani, nuestra naturaleza exige la verdad y su plena realización, es decir, ¡la felicidad! Y yo deseaba y deseo esto: ser feliz.
En el seguimiento de Cristo en el carisma de Comunión y Liberación experimento la libertad en la común unidad, depender de Dios a través de los rostros concretos, con nombre y apellido, que Jesús ha puesto en mi camino. La comunión ha transformado mi vida y me ha liberado, ha volteado completamente mi manera de ser; allí la presencia de Cristo me provoca, me catapulta a la relación con los demás de una manera verdadera. Con todo lo que mi humanidad y la del otro tienen. Sin quitar nada. Sin censurar ni asustarme.
Claro que me provoca vértigo, pero es muy distinto al miedo que paraliza.
Un amigo hace tiempo me decía: “sigue y obedece”. Eran tan extrañas en aquellos momentos estas palabras, pues sobre todo “obedecer” se me hacía como perder mi “yo”, mi “ser”; en cambio, en el camino voy descubriendo que obedecer como dice don Giuss es una “virtud fundamental” que me hace vivir lo cotidiano hasta el fondo, de una manera verdadera.
Y es maravilloso darme cuenta que todo, todo lo que me importa, todo lo que me atrae o me duele –todo sobre mi México, o la muerte repentina de mi hermano, o el dolor que hay días que ocupa varias horas–, ¡todo!, está incluido hoy. Nada me ha quitado. Todo me es dado.
Distraída pido. Oro. Para seguir en este proceso educativo, en este método, donde he aprendido a dialogar, a ser corregida, a no imponer mi punto de vista, a escuchar, a que esté presente la Memoria del Encuentro con Él,
Dora Luz, Puebla
Yo quiero una amistad así
Antes de Semana Santa recibimos un correo de un amigo que está en el seminario y no llegaba a cubrir sus gastos, por lo que nos pedía ayuda. La cifra era bastante elevada, así que le propuse a una amiga organizar una venta de dulces; enseguida me dijo que sí. El párroco nos dio permiso para hacerla después de las misas en su parroquia, y se sumaron otros amigos.
La organizamos para el domingo de esa misma semana y el sábado por la tarde estábamos cuatro amigos cocinando galletas, tartas y preparando bolsas de chucherías. Movernos juntos ante la necesidad de un amigo ha sido algo precioso. No se trató de que cada uno pensara, de forma individual, si podía dar algo más de su propio bolsillo, sino de hacer algo juntos. Tomarnos en serio lo que se nos pedía. Incluso el hecho de no cocinar cada uno en su casa, repartiéndonos las tareas, sino cocinar y trabajar juntos.Ha habido tantos “sí” como rostros sobre los que hemos apoyado nuestra libertad y nuestra respuesta a esta solicitud. De hecho, no fue el posible resultado lo que nos movió. Al final de la venta, uno de nosotros dijo: «Fíjate que yo no creía mucho en esta propuesta… pero ha sido un éxito». Ante la pregunta de «entonces, ¿por qué perder el tiempo de un sábado por la tarde cocinando?», la respuesta fue clara: «Porque he aprendido que a las propuestas de algunos amigos me compensa ceder». Como enseña la escuela de comunidad, «para superar el abismo de los “pero”, “si”, “sin embargo”, el método que usa la naturaleza es el fenómeno comunitario».Este gesto no ha sido únicamente para sostener económicamente la vida y vocación de nuestro amigo ni solo para crecer en la conciencia de que la Iglesia somos todos –cada uno de nosotros– y que su construcción nos implica personalmente (aunque solo esto ya bastaría) sino que también ha fortalecido y construido nuestra amistad.
Me abre un horizonte grande y bello, porque sostener la vocación de un amigo seminarista hace que surja en mí la pregunta de si cuido de la vocación de mis otros amigos –que no es otra cosa que su relación con el Señor, que es Cristo, como nos enseñó monseñor Paccosi en los ejercicios– de la misma manera. Yo quiero una amistad así. No se trata de una cuestión económica, sino de memoria y de afecto.
Pilar, Madrid
¿Quiénes son ustedes?
Reflexionando sobre lo bello que ha sido el trabajo de nuestro grupo de fraternidad para ayudar a construir Encuentro Canarias, vemos cómo un aviso dado en la escuela de comunidad no pasa por debajo de la mesa y nos sentimos llamadas a responder a lo que se nos propone, con nuestros límites, nuestro optimismo, nuestras dudas, personalidades y temperamentos, que al final logran encajar con armonía porque es Uno quien nos hace, nos quiere juntas, y nos invita a poner nuestros cinco panes y dos peces para multiplicarlos.
Y así, con el fin de dar a conocer Encuentro Canarias y al mismo tiempo obtener recursos económicos, nos aventuramos a organizar un evento en el Real Club Náutico de Santa Cruz de Tenerife, ante más de 60 personas, donde una amiga, jubilada de su enseñanza de Bellas Artes, nos sorprendió con el misterio que Velázquez escondía en sus cuadros. Al final nos despedimos con un brindis dando espacio a preguntas como: ¿qué es Encuentro Canarias?… ¿y quiénes son ustedes? Una belleza que remitía a ese Encuentro que cada una de nosotras ha tenido.
Grupo de fraternidad Santa Marta, Tenerife
Alguien nos precede
Conocí el movimiento hace casi diez años en Barcelona. En febrero de 2023 me fui a hacer un máster de dos años en Auckland, una isla al
norte de Nueva Zelanda. El deseo que dio origen a esta decisión tan radical tenía que ver con una búsqueda de crecimiento personal y profesional, una experiencia internacional y también con reforzar mi fe. La comunidad de CL en Auckland era muy diferente a todo lo que había visto antes. La escuela de comunidad era por Zoom cada quince días con Matt Young y John Kinder, ambos “kiwis”, es decir, neozelandeses. Para participar en los ejercicios espirituales había que tomar un vuelo hasta Christchurch, en la isla del sur. Como nunca me había quedado sola, después de año y medio allí me sentía aislada y estaba convencida de que había tomado una decisión equivocada que no tenía ningún sentido. Aquello también me lanzó a proponer a mis amigos del grupo de universitarios católicos una lectura de El sentido
religioso, pero no tuve mucho éxito. Sin embargo, los ejercicios fueron un gran respiro porque percibí una profunda amistad al conocer a Matt y John en persona. El encuentro con la comunidad local naciente también me conmovió y me dio esperanza. En junio de 2024, durante los segundos ejercicios en Christchurch, le dije a Matt que en vacaciones volvería a España porque no podía estar más tiempo en Nueva Zelanda. Él me respondió: «Hay Alguien que nos precede, ten fe». Al volver, me encontré con la sorpresa de que Letizia, una chica italiana, había venido a Auckland para estudiar ingeniería espacial. Lo que más me impactó fue la seriedad con que afrontaba su experiencia. Ambas sentíamos la necesidad de hacer una escuela de comunidad presencial. Invitamos a algunos amigos a compartir esta experiencia, que yo ya les había contado pero que les costaba comprender. Esto supuso un punto de inflexión en la relación con ellos. Ha superado con creces nuestras capacidades y ha acabado dando vida a una comunidad con orígenes culturales muy diferentes. En mis “terceros” ejercicios –el pasado mes de mayo– éramos tres los que íbamos en el avión rumbo a Christchurch para estar con personas que, según una lógica humana, no tenían nada que ver con nosotros, por edad y procedencia. Compartiendo la misma experiencia, todos hemos reconocido una compañía extraña pero significativa. En abril volví a España y habría podido participar en los ejercicios de Barcelona, en mi propio idioma y a un precio mucho más asequible. Pero decidí esperar a los de Nueva Zelanda porque estaba segura de que aquella frescura me ayudaba a reconocer más fácilmente la presencia de Cristo.
Carlota, Auckland (Nueva Zelanda)
Vínculo indisoluble
Querido Davide, mi marido y yo hemos decidido hacer un donativo extraordinario a la Fraternidad por la llegada de nuestra tercera hija. Se trata de una cifra que de ninguna manera puede representar la gratitud que sentimos hacia el movimiento, pero teníamos que hacerlo porque la historia de nuestra familia está ligada indisolublemente al encuentro con esta compañía. La decisión de casarnos y acoger a los hijos que el Señor nos da es fruto de la inmensa belleza y grandeza de vida que recibimos en la experiencia de la Fraternidad. Hace unos días, una mujer me dijo en la frutería: «¡Madre mía, tres hijos! Debe ser terrible». Yo me limité a responderle sonriendo: «Merece la pena», pero me habría gustado decirle que para nosotros es una gran alegría porque cuando has encontrado el significado de la vida solo puedes desear que sea fecundo en todas las formas que el Señor nos quiera regalar. Por eso recibimos a los hijos profundamente conmovidos, porque a través de ellos el Señor nos visita y a través de la compañía del movimiento nos enseña a amarlos virginalmente, es decir, deseando que ellos también puedan descansar en el abrazo del Misterio que «da vida y respiro a todas las cosas».
Carta firmada





