De un hombre extenuado viene la alabanza. ¿Qué voz toma voz en un Francisco enfermo y ya consumido por una vida viandante, orante y predicante? ¿Qué voz en un cuerpo que se vuelve tierra, polvo y sombra? Una voz que antes que cualquier otra cosa murmura: «Altísimo».
Era un hombre habitado por un sentido vertiginoso de la insondable profundidad del Misterio, un hombre que siente la distancia, la desproporción entre la vida de un ser humano que es como una «florecilla» y el misterio absoluto, altísimo secreto del vivir… La primera paradoja de su Cántico –un texto paradójico hasta en sus fibras más íntimas y por ello imposible de clasificar– reside en ser un canto de alabanza en labios de un hombre que habría tenido mil motivos para quejarse. En cambio, canta al «Altísimo» y se postra ante él como si fuera un minúsculo don nadie. «¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú?». Francisco lo amaba tanto que dicen que balaba cuando pronunciaba, asombrado y conmovido, el nombre del niño encarnado. Lo amaba como aman los trovadores ese
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