Detrás de la última valla

¿Qué es lo que vemos cuando miramos? Y sobre todo, ¿qué es lo que escuchamos cuando prestamos atención? En estas preguntas se encierra la tensión que suscita la lectura de la obra de Rainer Maria Rilke (1875-1926), uno de los grandes autores en lengua alemana. Nacido en Praga, se trasladó a Múnich y viajó por toda Europa, desde Italia hasta España, pasando por Rusia, Francia y Suiza.

Sus relatos juveniles ya reflejan su inquietud. Intransigente con la educación católica y burguesa pero alejado del positivismo racionalista, Rilke es una voz límpida, desgarradora, que se eleva sobre el trasfondo del ruido. De ese estruendo habla precisamente la décima de sus Elegías de Duino (1923). «Cuán extrañas son las callejas de la Ciudad del Dolor, / donde en el falso silencio, fuerte, hecho de exceso de ruido, / alardea de lo que ha sido vertido del molde / del vacío: el ruido dorado, el monumento que estalla».

Esta «Ciudad del Dolor» se parece un poco a la «unreal city» que en esa misma época vislumbraba Thomas Stearns Eliot «bajo la parda niebla de una aurora de invierno». La «ciudad irreal» descrita por el poeta inglés nace de la «waste land», la «tierra baldía» de la modernidad, que recuerda al infierno de Dante. También Rilke recorre esa tierra devastada, donde «todo conspira para callar de nosotros, un poco como se calla / tal vez una vergüenza, un poco como se calla una esperanza inefable». La pregunta es si esa «esperanza inefable» puede subsistir. ¿Es posible encontrar algo o alguien que de verdad exista, una voz que se aparte del desolador rugido

Para seguir leyendo inicia sesión

El contenido completo sólo está disponible para nuestros suscriptores.

Palabras clave

Cómo citar

Comparte este artículo

Facebook
Twitter
Pinterest