No me cuentes películas

Mi madre ha decidido ver solo películas «basadas en hechos reales». Lo tiene fácil. La producción de películas y series que exhiben esta etiqueta no deja de crecer, hasta el punto de que cabría preguntarse si ello se debe a la propia imponencia de la realidad, que siempre parece superar a la ficción surgida de la creatividad humana. Sin duda, hay un gran mercado de espectadores que tienen los mismos gustos que mi madre, y eso alimenta la industria en esa dirección. Y uno se pregunta cómo son estas personas.
¿Son más pragmáticos, más prosaicos, más realistas? ¿Tienen mayor necesidad de lo «verdadero», hasta el punto de preferir un biopic de calidad discutible antes que un buen producto de ficción? Dudo que la explicación se agote en lo caracterial o en lo ideológico.
Andrè Bazin sostenía que el espectador que entra en una sala de cine firma tácitamente un «contrato de verosimilitud» con la película, aceptando todo su trampantojo para así poder disfrutar de la narración, hasta el punto de

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