El padre Matthew Henry es rector de San Simón y San Judas, la catedral de la Diócesis de Phoenix, en Arizona, Estados Unidos. Es sacerdote desde 2010 y miembro de Comunion y Liberacion desde 2005.
Del 12 al 18 de octubre de este año visitó México, junto con otros amigos americanos de AVSI USA. Estuvieron en la ciudad de Oaxaca y en CDMX. El padre Matt, como lo llaman sus amigos, escribió las crónicas de su viaje en Substack y nos compartió lo referente a su visita a la Basílica de Guadalupe.
Tan pronto como entré en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México el 17 de octubre, tuve que separarme del grupo de amigos con los que viajaba. Me invadió la emoción y comencé a llorar. No sabía exactamente por qué estaba llorando, pero no podía parar. El amor hacia mi Madre María y más específicamente el amor de mi Madre María, me llenó el corazón.
El letrero sobre la puerta de la moderna Basílica tiene la frase que María le dijo a San Juan Diego en 1531: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. Me quedé meditando la palabra “aquí” durante todo el día. La Virgen me demostró que estaba conmigo de una manera especial ese día.
Después de una breve visita a la antigua Basílica (a la izquierda en la imagen), la cual se está hundiendo en el subsuelo como otras construcciones en Ciudad de México, me aparté del grupo para prepararme para concelebrar la misa del mediodía. En la nueva Basílica (a la derecha en la imagen) celebran misa cada hora durante todo el día; por lo que hay muchos sacerdotes que celebran misa en el altar principal. Solicitamos el permiso para que yo concelebrara la misa del mediodía del día 17 de octubre. Dato curioso: los sacerdotes tenemos una pequeña tarjeta de identificación llamada “celebret”, que significa “puede celebrar” y así, el sacerdote “muestra su identificación” para concelebrar misas en la mayoría de las iglesias del mundo católico.
A las 11:45 mostré mi “celebret” y me dieron la bienvenida en la sacristía para unirme al resto de los concelebrantes de la misa del mediodía. Excepto que ese día no había otros concelebrantes. Sí había sacerdotes que entraban y salían de la sacristía, pero era porque regresaban de celebrar misa o de confesar a la gente. A medida que se acercaba el mediodía, quedaba sólo yo. Al llegar el mediodía, resulta que el sacerdote programado para celebrar la misa de mediodía no se presentó. Estaba programado para el mediodía y para las 13 hrs, pero por alguna razón él pensó que sólo celebraría la segunda misa, por lo que alrededor de las 12:02, un caballero se me acercó y me preguntó: “¿Habla español?”, a lo que respondí: “Sí”. Luego me indicó que yo celebraría la misa las 12 en el altar principal, frente a la tilma milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe. ¡Y sí, lo hice!
Nunca había estado tan nervioso antes de celebrar una misa, frente a tanta gente y dando la homilía de imprevisto. ¿Qué les podía decir? Lo único que se me ocurrió fue la palabra que me había acompañado todo el tiempo en mi visita a la Basílica: “aquí”. La Virgen está aquí, así como su Hijo está aquí. ¿Por qué están aquí? Para que la victoria de Dios (que se repitió ese día en el Salmo tres veces) pueda vencer en nuestros corazones, en nuestras vidas y en nuestro mundo. En pocas palabras: nuestra Madre está aquí y está luchando para que su Hijo venza en nuestro corazón.
La misa continuó como de costumbre y luego terminó. Mi grupo de amigos, que asistía a la misa en la Basílica, no lo podía creer. ¿Qué había pasado? Así que les conté la historia del sacerdote que simplemente no apareció en un día en el que el único otro concelebrante era este gringo de Phoenix.
Mi corazón estuvo lleno durante el resto del día. Mi corazón continuó desbordándose en lágrimas de gratitud, gratitud por nuestra madre María, la Virgen de Guadalupe.
Por último, al reunirme con mis amigos después de misa, se acercaron dos parejas. Eran peregrinos que venían desde el estado mexicano de Zacatecas y habían asistido a la misa. Me reconocieron y querían decirme que la misa que había celebrado fue hermosa. Como sacerdote, mis palabras favoritas después de una misa serían “bonita homilía”. Pero en mis mejores días, me siento más conmovido por quienes comprenden que la misa en sí misma es lo más bello, y que son capaces de afirmar de algún modo que la forma en que celebré la misa, la forma en que oré, y quizás incluso la forma en que prediqué, les ayudó a encontrar a Jesús en esa celebración. Las parejas de Zacatecas reconocieron a Jesús en la misa y estaban agradecidas por la parte que desempeñé al portar a Jesús. Jesús está … aquí. La Virgen está… aquí, para venir a nuestro encuentro y llevarnos al misterio profundo del amor de Dios por nosotros.
Santa María de Guadalupe, ruega por nosotros.
Padre Matt, Arizona, Estados Unidos.




