Cartas. Diciembre 2024

Los rostros de la Virgen

Hola, soy Kyle Fennesy. Soy profesor de matemáticas a nivel preparatoria. Vivo en Florida, Estados Unidos.

Este verano, mi esposa Erin y yo, casi recién casados, viajamos a México. Este fue el comienzo de lo que percibimos como una guía de María, llevándonos hacia ella a través de diferentes rostros a lo largo de este viaje. Nuestro primer encuentro, al llegar, fue con Jaime, mi compañero de cuarto en la universidad, hace 14 años. quien iba acompañado de su esposa, Ana; viven en Querétaro. La calidez de su recibimiento se tornó excepcional al confirmar que, aunque no nos habíamos frecuentado, teníamos el deseo de compartir lo más valioso de nuestras vidas. Nos llevaron a la iglesia donde ellos se casaron y rezamos por nuestros matrimonios, queriendo descubrir lo que significa estar casados. Aunque nuestro tiempo en Querétaro fue breve (36 horas), regresamos a CDMX sintiéndonos profundamente entendidos y amados por nuestros amigos.

En nuestra visita a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe nos sorprendieron dos cosas. Primero, ver el rostro de la Virgen en la tilma me llenó el corazón de una extraña y peculiar sensación de ardor, que sólo puedo atribuir al asombro de su presencia real frente a mí. Más sorprendente fue el rostro de René, quien nos encontró en la Basílica. Nunca lo habíamos visto, lo único que sabíamos era que Claudia era la amiga en común que nos había conectado y que pertenecíamos al movimiento de CL. Aunque mi español era terrible y su inglés no era fluido, René nos guió por la Basílica e increíblemente, nos entendíamos. Nos sorprendió que René hubiera dedicado un día para reunirse con nosotros y compartir su afecto por la Virgen. Es algo que todavía me parece un gran misterio. Después del recorrido y de un momento de oración, René nos llevó a cenar con sus amigos, Daniele y César. Era la cena de cumpleaños de César, ¡pero se alegraron de acogernos en su pequeña reunión! Experimentamos esta misteriosa y tan real compañía, en medio de una pizza y una conversación trilingüe que ninguno de nosotros entendía completamente. En ese momento, y aún ahora, existe una familiaridad y unidad entre nosotros que todavía no puedo explicar.

¿Por qué alguien nos cuidaría tan bien? ¿Por qué alguien se preocuparía por nosotros con tanta generosidad? No vivimos en el mismo país, ni hablamos el mismo idioma, ni siquiera sabemos si compartimos los mismos pasatiempos o intereses profesionales. Estas cosas que a menudo determinan una vida compartida en la sociedad secular faltaban, pero una conexión y compañía misteriosa y eterna estaban presentes en la carne. Creo que fue la Virgen y su Hijo quienes nos unieron a través de los rostros que nos presentaron.

Mi hermana viajó de Luisiana a Carolina del Norte para reunirse con otras 15 personas a jugar Dungeons and Dragons. No puedo evitar notar las diferencias entre estos dos viajes. Primero, la comida es mejor en México que en Carolina del Norte (y casi en cualquier lugar). Mi hermana se unió a personas en torno a su interés en común; nuestro viaje fue unido por la presencia de Otro. Incluso si soy incoherente o si me alejo de Cristo, la unidad con estos rostros en México permanece. Estar unidos por el afecto a una persona en común ha hecho que viajes como éste y mi vida en general sean más edificantes, menos monótonos (como en un caos estimulante) y más significativos. Y la única persona que he visto capaz de mantener vivas tales relaciones es Cristo.

Jaime, Ana, René, Daniele y César nos dieron a mi esposa Erin y a mí la oportunidad de ver sus rostros como el medio a través del cual la Virgen nos demuestra su amor y nos permite experimentar en el presente su generosidad, hospitalidad y cuidado, tal como lo hizo con San Juan Diego hace tantos años en el mismo lugar.

Kyle y Erin. Florida, Estados Unidos.

El abrazo de la Virgen

La experiencia en mi grupo Tierra Florida ha sido maravillosa. He visto y experimentado el abrazo de la Virgen durante estos 2 años a través de un sí inesperado. El abrazo lo vivo a través de esta fidelidad “inexplicable”, primero mía y luego de todos los compañeros del grupo. Me conmueve cuando hago un juicio sobre nuestras reuniones porque me doy cuenta cómo actúa o cómo intercede en nosotros la Virgen. Intercede durante nuestro estudio de sus apariciones en México -en la mal llamada época de la conquista-; mientras aprendemos cómo era España y cómo eran quienes llegaron antes de anexarse el vasto territorio mexicano durante el espectacular mestizaje y todo lo que se construyó en esas tierras, en esa época.

Ahí mismo experimento, en pequeñísima escala, cómo habrá sido ese abrazo a San Juan Diego y me recuerda el abrazo que vivo hoy en las reuniones de Tierra Florida. Inclusive, algunas veces, cuando el tiempo se me reduce por labores hogareñas y he decidido no participar, mi decisión suele doblegarse y termino conectándome casi a la hora de iniciada la reunión. En estas ocasiones termino sorprendido no sólo de la fidelidad y devoción, sino de la apertura y colaboración que se da. ¡Ojalá todas mis reuniones de trabajo fueran así!

Guillermo Cantú. El Paso, Texas.

México no existiría si no fuera por Ella

Nací en una familia católica, por gracia de Dios. Nuestra religiosidad y devoción en casa estuvo dirigida siempre a Cristo. Recuerdo en una ocasión que le pregunté a mi mamá por qué no teníamos devoción a algún santo, como en muchas otras casas, y ella me decía que prefería llegar directamente a Dios. No había alguna devoción especial por la Virgen, madre de Cristo, excepto las veces que rezábamos el rosario para encomendar algún difunto o peticiones especiales.

Sin embargo, recientemente mi hijo se hizo el análisis del “ADN de antepasados” para conocer su ascendencia. Los resultados reportaron que un 70% de su ADN paterno consistía de antepasados indígenas y españoles. No sé si porque uno ya viejo tiende a preguntarse y a buscar sus raíces, pero en primera instancia, me conmovió saberlo. De inmediato me vino a la mente cómo pudo haber sucedido esa combinación o mestizaje y la respuesta fue, necesariamente, a través de la Virgen de Guadalupe. Sin ella yo no existiría, exclamé. Claramente comprendí que soy el resultado de ese milagro. Nunca había descubierto que ese acontecimiento tan antiguo hubiera repercutido en mí (considero que lo mismo podría decir todo mexicano, creyente o no de Guadalupe y de Cristo).

Los mexicanos no existiríamos, México no existiría, si no fuera por su aparición. Nadie, como ella, pudo unificar lo bueno de dos pueblos. Me viene a la mente la imagen de un indio hincado frente a la Virgen a quien reconoce como su madre, mientras se da cuenta que al lado de él también está hincado un español pidiendo otro favor. ¡Qué gran descubrimiento que cada uno dirige su oración hacia la misma madre!. Por tanto, no pueden ser enemigos el uno del otro, pues en principio, son hermanos.

Pensamientos como éste me vinieron a la cabeza y tuve, entonces, que agradecerle a Dios por el Acontecimiento Guadalupano y por haberme elegido como hijo de María.

Al hacer memoria, es impresionante descubrir que Ella, como madre mía, me ha cuidado toda la vida a pesar de mi inconsciencia, que Ella también me ama como a su hijo, sin mérito alguno de mi parte. Ella había puesto las condiciones para que, llegado su momento, descubriera lo que yo soy: hermano en Cristo e hijo de María de Guadalupe. Es decir, un doble acontecimiento define mi persona.

A partir de entonces, mi manera de orar y observar la realidad adquieren un significado que imprime, también, un cambio en mi actuar. Ahora pongo mi confianza en Ella para que me guíe en el camino hacia Cristo.

Héctor, Ciudad de México.

Madrecita, te vengo a entregar a mis hijos

De niña iba yo con mi vestido blanco en el mes de mayo a “ofrecer flores a la Virgen de Guadalupe”. Es el primer encuentro que recuerdo de estar frente a Ella y la alegría tan grande que sentía al alzar la cara y verla con Sus manitas unidas en oración y entregarle la flor que a la entrada nos daban a niñas y niños las encargadas de todas las tardes de mayo.

Pasó el tiempo, ya casada y con dos hijos fui “descubriendo” que no me era fácil responder a las preguntas de mi hija mayor a sus seis años. Para entonces mi esposo y yo asistíamos con unos amigos a cursos de “escuela de padres” que eran interesantes y donde aprendía temas nuevos sobre psicología Infantil. Sin embargo, no me bastaban, no me hacían comprender a mi nena. Una tarde la tomé de la mano y fuimos caminando al mismo templo de Guadalupe donde yo ofrecía flores de niña. No había nadie y la luz natural que entraba por la cúpula mayor iluminaba el rostro de la Morenita de una manera muy bella. Nos hincamos y le dije en voz alta: “Madrecita, te vengo a entregar a mi hija porque sé que Tú me la prestaste y necesito que por favor me ayudes a contestar sus preguntas, a educarla y, sobre todo, que te ame. Yo seguiré siendo su mamá por toda mi vida y lo hago con amor y entrega”. Repetí la visita a la Virgen en esa iglesia cuando mi hijo llegó a la misma edad. Se lo entregué a la Virgen con la misma certeza de que yo seguiría siendo su madre durante toda la vida pero le pedí que Ella los protegiera, cuidara y guiara.

Más adelante, cuando mis hijos ya eran unos jovencitos, yo sentía que me faltaba algo en la vida. Regresé a la iglesia y mirándola le comenté lo que me sucedía en esta nueva etapa de mamá; le pedí que por favor me ayudara a encontrar un trabajo o a poner un negocio, le dije “Tú me conoces muy bien y sabes mis necesidades reales, sabes cuáles son mis defectos y mis cualidades. Yo me entrego a Ti, por favor muéstrame el camino que debo de seguir, pero por favor que las señales sean muy grandes para que yo las pueda ver”.

Después de un tiempo, en mi nuevo trabajo mandé a hacer una imagen de la Virgen de Guadalupe. Cuando construí mi casa puse la imagen de la Santísima Virgen en la entrada. La casa fue construida y consagrada a la Virgen.

La Virgen de Guadalupe me ha abrazado en momentos de gran dolor y soledad, así como en momentos de alegría. Me ha respondido, escuchado y aconsejado a través de todos los años de mi vida.

Y hoy que soy ya abuela de seis nietos, me responde y me educa a través de ellos, de mis hijos y del carisma de Comunión y Liberación. Estoy segura de que Ella me llevó a su encuentro para aprender cada día sobre la Santa Madre Iglesia Católica y la compañía que me guía hacia mi Destino.

La Virgen ha dado Su Mano amorosa siempre. ¡Me acepta como soy! Es bellísima. Ir a la Ciudad de México y pasar a verla es un regalo inmenso que me dona Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, lo que me llena de gratitud y de certeza.

Dora Luz, Puebla.

La Virgen de Guadalupe y la construcción de nuestra identidad: un camino de fe y redención. 

Desde pequeños, muchos mexicanos crecemos con un profundo sentido de pertenencia al pueblo de Dios. Este sentimiento está arraigado en la cultura, en la educación que recibimos y, de manera especial, en la devoción a la Virgen de Guadalupe.

La aparición de la Virgen en el Tepeyac no solo es un evento extraordinario en la historia religiosa, sino que constituye el punto de partida para la identidad de una nación: “Ser hijos del Dios por quien se vive” (Cf. Deuteronomio 5:26). La Virgen de Guadalupe es el nexo entre el cielo y la tierra, y su presencia sigue estando viva en nuestra memoria y cultura.

Recuerdo haber escuchado a Claudia Mena en una conferencia sobre la Virgen de Guadalupe, que despertó mi curiosidad. En su exposición, no solo relató los hechos históricos, sino que hizo una profunda reflexión sobre el impacto del acontecimiento Guadalupano en nuestra identidad como mexicanos. Lo que me impresionó fue su lealtad al hacerse preguntas sobre su propia identidad, y la forma en que este cuestionamiento la llevó a un proceso personal y comunitario de estudio y trabajo, que más adelante también me alcanzó a mí y a otros amigos que compartíamos la inquietud de conocer más sobre nuestros orígenes. A través de este trabajo, que ahora se llama Tierra Florida, he podido redescubrir mi historia personal con una nueva mirada. Me permitió constatar que el sentido religioso, inherente a nuestra naturaleza y cultura precolombina, lo recibí como herencia de mis antepasados, pero también, que la fe en Cristo y el mestizaje han dado forma a lo que somos hoy.

Recuerdo con cariño el encuentro que tuve con un hombre que tocaba una ocarina en el edificio donde vivían mis padres. La nostalgia de sus melodías me hizo reflexionar sobre cómo la música precolombina evocaba la presencia de “Aquel por quien se vive”. Instrumentos como la ocarina, las flautas, caracolas y tambores no solo producen sonidos, sino que expresan un profundo sentido religioso que aún hoy perdura. Este viaje de autodescubrimiento me llevó a reflexionar sobre la educación de mis padres, quienes me inculcaron la fe desde niña. Mi madre, cuyo nombre era Consuelo, fue el consuelo para sus propios padres que perdieron a dos hijos por tuberculosis. Ella no solo encarnó su nombre, sino que vivió con una profunda fe, llevando la Eucaristía a los enfermos, y siempre al servicio de los demás.

De mi padre heredé el amor por la historia, la cultura y la belleza del mestizaje. Nos enseñó a valorar tanto nuestras raíces prehispánicas como las tradiciones hispánicas, y a ver la riqueza que ambos mundos aportaron el uno al otro. Como muestra de este intercambio, bastaría mencionar la transformación de las costumbres y la gastronomía europeas debido a la incorporación del tomate y el chocolate en su alimentación, y la huella indeleble que ha dejado la arquitectura española en nuestra tierra. Este mestizaje, del que tanto me habló mi padre, no solo fue cultural, sino espiritual. La Virgen de Guadalupe fue el punto de encuentro entre dos mundos, la reconciliación entre lo prehispánico y lo hispánico. Su aparición nos mostró que éramos vistos y amados con dignidad infinita, y que ambos pueblos podían encontrar en ella un puente de unidad y esperanza. En su casita sagrada, ella sigue reuniendo a sus hijos, sanando nuestras heridas y guiándonos hacia el Padre con una ternura infinita.

Desde que era pequeña, peregrinábamos hacia su Basílica, vestidas como “Matachinas”, para danzar con devoción ante ella.

Siempre supe que la Virgen inclinaba su mirada hacia nosotros, no para pedirnos nada, sino para mostrarnos el camino hacia el verdadero Dios por quien se vive. En esta experiencia, me fue revelado algo profundo: yo soy hija de Aquel por quien se vive. Este descubrimiento ha sido el fruto de un largo camino de fe, y es la respuesta que la Virgen de Guadalupe ha dejado impresa en mi corazón. Hoy, mientras nos preparamos para celebrar los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, es tiempo de redescubrir la grandeza de este Acontecimiento que nos sigue marcando como pueblo. Con gratitud, marchamos conscientes de nuestra misión: colaborar en la construcción de la “casita” donde habita la presencia de Cristo, y seguir siendo instrumentos de su amor y redención para el mundo. También nos preparamos para el Jubileo del 2033, que nos recuerda el acontecimiento de la redención y la resurrección de Cristo, el cual sigue vivo en su Iglesia y en la historia de cada uno de nosotros.

El camino hacia esta celebración no lo recorremos solos. Me siento afortunada de estar acompañada por amigos que, como los de Tierra Florida, me han ayudado a profundizar en mi fe y en el acontecimiento Guadalupano, a redescubrir la riqueza de nuestras raíces y a contemplar cómo el sentido religioso de nuestros ancestros ha sido cultivado y transformado por la fe en Jesucristo resucitado. La Virgen de Guadalupe no solo nos recuerda que somos amados, sino que su presencia sigue siendo el puente que nos une con Cristo. Por eso seguimos peregrinando hacia su templo sagrado, sabiendo que ella, nuestra Madre, nos acompaña siempre en este camino de fe y redención.

María Rosa Cantú, Monterrey

Palabras clave

Cómo citar

Comparte este artículo

Facebook
Twitter
Pinterest