La fe de Rusia

De una comunión vivida, nace una tarea. Nada más leer el aviso, Mijail no lo dudó ni un instante. La archidiócesis de la Madre de Dios, en Moscú, organizaba una peregrinación de cinco días a Roma por el Jubileo de la esperanza. Se apuntó «enseguida». Fue «decisivo» que el gesto estuviera guiado por el arzobispo, monseñor Paolo Pezzi, un «testigo de la fe», una ayuda preciosa para «entrar en el misterio propio de la Iglesia».


Misha, como le llaman sus amigos, vive en San Petersburgo y trabaja en el seminario mayor María Reina de los Apóstoles, donde si los seminaristas pueden disfrutar de los servicios básicos para la vida diaria, desde la comida hasta la electricidad, es justamente gracias a su trabajo cotidiano. De allí salió el mes pasado con su mujer, su suegra, sus dos hijas, el marido de la mayor y el novio de la menor. Desde una archidiócesis del tamaño de cuatro veces Francia, viajó con su familia y otros ochenta fieles rusos de todas las parroquias que la forman, con dos obispos, varios sacerdotes y dos religiosas, más otros fieles residentes en Roma que se les unieron.

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