La fe bombardeada

Un rayo atraviesa las tinieblas que cubren Erbil. Al fragor de la explosión sigue el sonido metálico de las sirenas. La capital del Kurdistán iraquí está siendo atacada. Es 4 de marzo, poco más de las ocho de la tarde y, como todos los días desde que empezó el conflicto, Irán y sus aliados en Iraq abren fuego con drones y misiles dirigidos al aeropuerto. Cerca de allí está la gran base militar americana, el verdadero objetivo de los pasdaran (guardia revolucionaria islámica de Irán).
Pero esta vez la columna de humo se eleva desde Ankawa, enclave cristiano en el corazón de Erbil. Tal vez el dron haya sido interceptado por la contraofensiva estadounidense y haya caído en el centro de acogida dedicado al papa Francisco. Allí está Bashar Matti Warda, arzobispo de Erbil desde 2009. En pie delante de la fachada destrozada de la pequeña iglesia del centro, con los brazos colgando y la mirada fija. «Derribaron hasta los árboles». Un trozo de metralla de un dedo de largo por dos de ancho se quedó incrustado en el crucifijo de la capilla. No hubo víctimas ni heridos, pero dejó un clima plomizo. A pesar de tantos años de sacerdocio en primera línea, la preocupación «era inevitable, antes o después tenía que pasar. Los que pagan el precio más caro son siempre los inocentes», afirma. El miedo se hace notar. No solo por el momento presente. «¿Alguna vez

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