INTRODUCCIÓN:
En su discurso ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede a comienzos del nuevo año, el Papa León XIV abordó muchos temas extremadamente actuales, temas que cada uno de ellos merecería un estudio específico. Sin embargo, me parece oportuno tratar uno que sirva como premisa para entender el significado último del discurso en sí: aclarar el significado y el valor de la acción diplomática de la Santa Sede en la historia. Es bueno no dar por sentado que la Iglesia ejerza tal función en el mundo, ya que es indispensable para evitar confusiones e interpretaciones erróneas del propio papel de la Iglesia en este nivel. Para evitar errores graves, es necesario enmarcar su acción diplomática en una perspectiva más amplia de su misión en el mundo. De este modo, se superan dos visiones unilaterales y opuestas: por un lado, la que ve la acción diplomática de la Iglesia como una función histórica auxiliar, no esencial para su naturaleza y su tarea específica. En el extremo opuesto encontramos la concepción que tiende a equiparar la función histórica de la propia Iglesia con la de un cuerpo llamado a mediar entre pueblos y estados, como una especie de “suplemento religioso” a la ONU. En estas líneas intentaré señalar algunos conceptos útiles para aclarar los términos del problema, en una forma necesariamente
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- Tomando como referencia el hecho de que el propio papa León XIV comenzó su discurso enmarcándolo en un contexto de referencia a la Ciudad de Dios de San Agustín, yo también amplío la perspectiva aludiendo a una visión precisa de la historia. A la luz de una teología correcta de la historia, debe señalarse que no hay muchos significados de la vida y la historia, sino solo uno: el que ha revelado Cristo. Hacerlo presente y operativo resume y agota toda la tarea de la Iglesia, un signo y instrumento efectivo para expandir este Significado que es Cristo mismo. Respetar la libertad de conciencia y no obligar a nadie a adherirse a la fe, no implica compartir el relativismo cultural que prevalece hoy, según el cual, dado que no existe Verdad (ni Significado), cada era, cada pueblo y, como mínimo, cada individuo está autorizado a construir uno, el suyo. En esta visión, la libertad de las criaturas se convierte en libertad absoluta, como si cada uno fuera Dios por sí mismo capaz de establecer el bien y el mal, de determinar el significado último de nuestro ser en el mundo. Es apropiado recordar que ni siquiera los mayores nobles objetivos pueden constituir el significado último de la historia: los ideales de justicia, fraternidad, la paz misma. Han representado el contenido esencial de las utopías intramundanas que, desde la Revolución Francesa en adelante, han sido afirmadas, luchadas y prosperadas hasta la actualidad. No es posible profundizar en el tema, pero basta recordar que cualquier intento de lograr el Reino de los Cielos en la tierra no solo está condenado al fracaso (como han demostrado ampliamente los fracasos históricos de las grandes ideologías), sino que representa lo más lejano que se puede decir de la esperanza cristiana. En otro lugar he aclarado los términos del problema: la salvación puede experimentarse en forma de “signos”, una anticipación significativa del Cumplimiento final, pero el Paraíso será de otro mundo, no dentro de los límites de espacio y tiempo. La Iglesia tiene la tarea de ser levadura dentro de la “masa” de las sociedades, una levadura formada por “pedazos” de un mundo nuevo en este mundo, signos que hacen referencia a Cristo, la salvación total de cada uno.
- La acción diplomática de la Iglesia debe verse y llevarse a cabo en este marco hermenéutico, el que ha sido revelado y, por tanto, puede inscribirse en la única y gran tarea de la evangelización. Esta es la visión que tuvo la comunidad cristiana desde el principio, como se puede deducir de San Pablo a los Padres de la Iglesia, especialmente en San Agustín. La Iglesia vive en el mundo y debe colaborar con las autoridades civiles para crear las mejores condiciones para la vida de individuos y pueblos; condiciones óptimas que puedan resumirse en los bienes del orden justo y la paz. El Magisterio de la Iglesia siempre evitó caer en dos extremos opuestos:
- La demonización del poder mundano y sus instituciones. A pesar de las persecuciones, los cristianos nunca identificaron al Imperio con la figura del Anticristo, como si la autoridad política fuera, en sí misma, sustancialmente, el Enemigo de la fe. Solo en las corrientes heréticas se interpretaba la realidad política institucional en términos necesariamente negativos. Como fue y es típico de cierta interpretación del Edicto de Constantino (que promovió la libertad religiosa e inició la unión entre el imperio y el cristianismo) que lo estigmatiza como el origen de la mundanidad de la Iglesia, con todas las degeneraciones posteriores, hasta la actualidad. Como si la “revolución” cristiana consistiera en formas de extremismo político.
- El extremo opuesto idealiza el Estado, esperando su “cristianización”, para dar vida a un cristianismo que con el tiempo adquiere los rasgos de la Ciudad Celestial. Desde Eusebio de Cesarea, el progenitor de este concepto, hasta todos los partidarios de las diversas “cristiandades” construidas a lo largo de los siglos, cayeron todos en el error de imaginar como posible una sociedad completamente cristiana, cuyo poder político fuera la columna vertebral y la función más importante. Hay innumerables intentos históricos de unir “trono y altar”, intentos destinados al fracaso como cualquier otra ideología.
- La principal forma teorizada y practicada por la Iglesia Católica (a pesar de todas las oscilaciones del caso) fue y sigue siendo la de colaborar con las potencias del mundo para favorecer la construcción de condiciones de orden y paz, no como valores o fines en sí mismos, sino como “herramientas” para su misión en el mundo. Condiciones que pueden resumirse en la antigua fórmula de la “libertas ecclesiae”: que haya espacio para la libertad, que la sociedad esté ordenada de tal manera que todos puedan vivir con dignidad, buscando el bien y la verdad y, por lo tanto, a Cristo.
- Esta fórmula no debe interpretarse como una búsqueda egoísta de la Iglesia para obtener una condición privilegiada para ella misma y para su misión. Si una sociedad está estructurada de tal manera que garantice y promueva la libertad de la Iglesia, significa que hay libertad para todos y para todas las demás libertades. En este sentido, la fórmula no se reduce a la conocida idea del estado confesional, una realidad que existió en el pasado y que ha producido muchos más problemas que beneficios. Los graves errores históricos, los terribles abusos cometidos en nombre de la fe y la verdad, no borran, sino que exaltan lo que, precisamente a través de estos horrores, nos resulta evidente hoy. La libertas ecclesiae debe enmarcarse en una perspectiva más amplia de la libertad religiosa, que, como ha subrayado el Papa Benedicto XVI, es la base de todas las demás libertades.
- Para concluir: la misión específica de la Iglesia es la proclamación de Cristo, con todo lo que esto significa e implica concretamente. La realización de esta tarea implica, simultáneamente, la construcción de los signos del nuevo mundo ya mencionados y de las condiciones necesarias para construirlos. No hay contradicción ni separación entre las dos caras de esta tarea: edificar la Iglesia es liberar al hombre, ya que ella hace presente a Cristo, el único nombre de la salvación total. En esto reside su contribución específica al bien común, en la medida en que ofrece el Bien Supremo a todos. La acción diplomática destinada a promover el orden, la justicia y la paz entre pueblos y estados es una labor necesaria para garantizar términos razonables y humanos de convivencia y, por lo tanto de libre anuncio de la fe La acción diplomática de la Iglesia también forma parte de este marco, como un aspecto específico y no secundario de su misión en la historia y en el mundo.





