«Te he amado» (Ap 3,9), dice el Señor a una comunidad cristiana que, a diferencia de otras, no tenía ninguna relevancia ni recursos y estaba expuesta a la violencia y al desprecio: «A pesar de tu debilidad […] obligaré […] a que se postren delante de ti» (Ap 3,8-9). Este texto evoca las palabras del cántico de María: «Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,52-53). La declaración de amor del Apocalipsis remite al misterio inextinguible que el papa Francisco ha profundizado en la encíclica Dilexit nos sobre el amor divino y humano del Corazón de Cristo. En ella hemos admirado el modo en el que Jesús se identifica «con los más pequeños de la sociedad» y cómo con su amor, entregado hasta el final, muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo cuando es «más débil, miserable y sufriente». (…)
Aquel Jesús que dice: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20). Y al mismo tiempo nos vienen a la mente aquellas palabras del Señor: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien




