El templo signo, misterio de comunión y de misión.[1]
P. Prisciliano Hernandez Chavez, CORC.[2]
Introducción
Luis María Martínez, Arzobispo Primado de México de 1951 a 1956, escribió una obra intitulada “María de Guadalupe”; en la que nos dice “¿Vislumbramos el misterio? Pero ya lo he dicho, que el deseo de María no es únicamente que se le edifique un templo material; el anhelo de su corazón va más adelante: quiere un templo espiritual, formado por los corazones y por las almas de todos los mejicanos (sic). Este templo es simbólico, es la preparación y la figura del espiritual”.[3] El P. Enrique Amezcua lo escuchó de sus propios labios.[4] Estas palabras le llegaron al corazón y lo asumió como una misión en todo lo que realizó: edificar el Templo Vivo.
El Acontecimiento del Tepeyac nos permite releer, revivenciar y profundizar el misterio del Dios Comunión en el misterio de la Iglesia comunión desde las palabras, las acciones de la Santísima Virgen de Guadalupe que habrán de ofrecerse pictograbadas en su Icono sacrosanto. Este constituye un enjambre de símbolos que nos llevan a esa teología del Templo. Nos invitará a leer continuamente esa mutua donación. Así podremos asumir nuestra responsabilidad de cara al tercer milenio.
La Espiritualidad del Templo Vivo conservará su lozanía, como ramo de variadisimas flores recién cortadas en el Tepeyac.
Ser educados por Santa María de Guadalupe hoy conlleva el tener rostro y corazón; será poseer la identidad de
Para seguir leyendo inicia sesión
El contenido completo sólo está disponible para nuestros suscriptores.
México 1981, p. 215.




