¿De dónde vendrán las olas?

Eduardo Chillida fue un hombre adelantado a su tiempo. Debido a la importancia que daba a la unidad entre su pensamiento y su obra desarrollaba una capacidad portentosa para plantear preguntas esenciales que desafían e iluminan al hombre de hoy en su permanente búsqueda de la verdad. Todo su trabajo es hijo de las preguntas. «Yo trabajo para entender. Mis obras son siempre preguntas, más o menos próximas, difíciles, complicadas. En ellas se plantean los límites de la situación del hombre en el universo, lo que somos, cómo estamos colocados, no solamente desde el punto de vista psicológico, filosófico, científico o simplemente subjetivo u objetivo. Desde todos estos puntos de vista son unas preguntas, y son las preguntas a todos esos elementos que nos hacen ser lo que somos, pensar lo que pensamos, medir lo que medimos, tener dudas, tener asombros, tener límites, todo eso. Y esto es aplicable a nosotros y a todos los hombres», afirma en Chillida. Dudas y preguntas.
Esta actitud se fue forjando desde la primera etapa de su vida. Nació en San Sebastián en 1924 en el seno de una familia con fuertes inclinaciones artísticas. Su padre, Pedro Chillida, era un militar sensible y muy culto, amante del arte. Su madre, Carmen Juantegui, era una brillante soprano que participaba en conciertos de música. Eduardo manifestaba un espíritu rebelde e inconformista que le costó la expulsión del colegio de los marianistas, acabando el bachillerato en la academia de Ignacio Malaxechevarría, a quien consideraba como maestro. Prefería pasearse por la playa de La Concha y en especial refugiarse en los acantilados de Monte Igueldo para vigilar la mar en las tardes de tormenta preguntándose: «¿de dónde vendrán las olas?». Con seguridad, estos paseos junto

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