Los poetas cavilan profundamente sobre las preguntas de última instancia. Estamos bajo el recuerdo de Luigi Giussani, que amaba a los poetas. No en balde en el cartel de este Encuentro Habana está Cesare Pavese. Y no en balde Alejandro Mayo ha traído unos versos de Leopardi al empezar. Giussani recurría con frecuencia a los versos, a los grandes poetas de la cultura italiana. Ese principio de Giussani lo ha cultivado lo mejor de la intelectualidad cubana, porque la poesía coloca en el marco de las situaciones un deseo inicial: «quién pudiera», «quién tuviera»… Bajo esa desiderata se formó la nación cubana, y esto ocurrió en la mente de los poetas. Antes de que Cuba fuera Cuba en realidad, Cuba fue en la mente de los poetas.
Cuando Cuba no tenía símbolos, ya los poetas cubanos estaban pensando en sus símbolos. Quien ha leído a Heredia y ha seguido su evolución sabe que estuvo planteando diversos símbolos, hasta que alcanzó los definitivos, y que hoy forman parte de nuestro imaginario. Uno de ellos fue, por ejemplo, el naranjo, como posible símbolo, que terminó desechando por la palma real. Porque todas las culturas buscan en lo externo algún objeto que los represente. Se dice «cedro» y pensamos en el Líbano. Se dice «abedul» y pensamos en la antigua Rusia. Se dice «pino» y pensamos en los países del norte… Los pueblos necesitan volcar el mundo interior hacia lo exterior. Y después, nutrirse de lo que han creado objetivamente a través de sus propias emisiones espirituales. Es decir, que se forma como una especie de círculo, un toma y daca entre la realidad y la imaginación en el que
Para seguir leyendo inicia sesión
El contenido completo sólo está disponible para nuestros suscriptores.




