¿Cómo pueden quererme así?

Nací y viví hasta los 15 años en Barcelona con mis padres y mis dos hermanos. Desde hace cuatro años estoy viviendo en Villanueva de la Cañada con una familia que me acogió. Mi familia es atea, aunque toda la familia de mi padre es cristiana. Sin embargo, mi relación con ellos, excepto los dos últimos años, ha sido prácticamente nula debido a la distancia, pues viven en Colombia. A partir de los 7 años, debido a una situación familiar, empecé a mirarme muy mal. Llegué a la conclusión de que la vida no tenía sentido, todo era dolor y sufrimiento, dejé de quererme y de querer. Todo era odio y, en consecuencia, empecé a maltratarme. Con 11 años entré para hacer la ESO en un colegio cristiano donde vi que algunos profesores me querían desde el primer momento; sin conocerme, me miraban con un amor que yo no entendía. Y no lo soportaba, pues ni siquiera yo lo hacía. Pero, a la vez, era incapaz de rechazar cualquier propuesta que viniera de ellos, algo en mí quería estar con ellos aunque yo conscientemente no quisiera. Mi vida cada vez estaba peor, yo seguía odiándome cada vez más y ellos me querían cada vez más. Yo hacía muchas cosas mal y ellos me perdonaban. No tenían por qué hacerlo, no tenían ningún “compromiso” conmigo pero lo hacían, algo inexplicable para mí. No entendía por qué podían perdonarme así como lo hacían, con ese amor.  Con 14 años ingresé en un centro y empecé a sanar mis heridas, pude perdonarme, empezar a perdonar y aceptar que me perdonaran. Recuperé la relación con mis padres que había roto. Y mis profesores seguían ahí, me mandaban cartas, incluso vinieron a visitarme. Seguía sin explicarme su amor pero poco a poco empecé a dejarme querer por ellos. Un año después salí del ingreso y volví al colegio justo para empezar cuarto de la ESO. Recuerdo un recibimiento de mis compañeros y profesores parecido a cuando una hija vuelve a casa. Aunque tenía ganas de vivir, de estudiar y de abandonar la vida que había llevado, recaí. Pedí ayuda a mis profesores esperando una decepción por su parte, un “¿por qué?” o incluso un enfado, pero solo recibía perdones, abrazos, ayuda e incluso más amor. Seguía sin entender por qué lo hacían, pero me

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