La historia de Lisa arranca en China, en el siglo pasado, cuando la familia de su madre emprendió un largo viaje a Europa en busca de una vida mejor, dejando atrás las estrecheces económicas. Desembarcaron en Graz, capital del estado austriaco de Estiria. «Aquí mi madre conoció a mi padre y se casaron», cuenta Lisa, que hoy tiene 25 años. La vida familiar en Austria no es fácil, sobre todo para su madre. El idioma sigue siendo un gran obstáculo y encontrar trabajo es complicado. En casa no son religiosos pero cuando nace Lisa, sus padres aceptan que la niña sea bautizada por insistencia de su abuela paterna. Eso será todo lo cristiano que entre en casa, a lo que se añade la firme oposición de su padre en contra del Kirchenbeitrag, un impuesto obligatorio que se calcula en función de la renta y que todos los fieles censados deben pagar para el sostenimiento de la Iglesia austriaca.
Lisa va creciendo y empiezan a aflorar preguntas sobre el sentido de la vida. ¿Quién era esa figura llamada Jesús? ¿Y por qué las familias creyentes, que solían ser las que tenían más hijos, parecían tan contentas? Como su maestra… Un día se la encontró fuera del instituto y le presentó a su marido. ¿Qué les alegra tanto? «La fe», respondieron a su pregunta directamente. En su casa, tomando un café, Lisa se sentía a gusto, acogida. Sus amigos le hablaron del KHG, una residencia católica donde vivía un centenar de jóvenes de varios movimientos. Cuando se mudó a la capital austriaca, se fio de dos amigos y fue allí a una cena organizada por el capellán, Christoph Matissek, sacerdote de la Fraternidad San Carlos.
Allí conoció a varios jóvenes católicos, algunos misioneros de Focus (Fellowship of Catholic University Students – Comunidad de Estudiantes Universitarios Católicos), que quedaban para leer juntos la Biblia. Al principio no le
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