Cartas febrero 2026

¿Cuál es el cumplimiento de Venezuela, Estados Unidos y el mío?

Cuando era adolescente visité un salón de clases americano. Llamó poderosamente mi atención un mapamundi impreso en la pared en tamaño gigantesco. La peculiaridad que tenía era que el tamaño del país no era de acuerdo a su superficie territorial, sino a las reservas probadas de barriles de petróleo. Me impactó el tamaño de Venezuela. México se veía pequeño, siendo considerado en esa época como un país exportador de crudo.

Años después en la Universidad conocí a un chico venezolano refugiado en Madrid. Me contó la circunstancia que estaban viviendo en su país. Mi curiosidad era muy grande y el tema de la geopolítica y economía siempre me han gustado. ¿Cómo era posible que un país tan rico en petróleo viviera tantas carencias? ¿Por qué habían perdido la libertad que tenían?

Mi curiosidad se convirtió en conocimiento. A partir de ahí empecé a buscar en las noticias sobre Chávez y luego a Maduro, también seguí a los líderes venezolanos. Capriles, Leopoldo López y Lilián Tintori, María Corina Machado, etc. Recuerdo cuando a Leopoldo le concedieron hacer una llamada telefónica desde la prisión de Ramo Verde y él decidió llamar a Fernando del Rincón, periodista de CNN en vivo. Fue espeluznante la hazaña y escuchar lo sucedido. Ya mucho después fue Guaidó otro de los episodios a seguir en las noticias. A partir de ahí, ya esa situación tenía rostros, pero no amigos.

Cuando empecé a dar clases de macroeconomía en la Universidad, hacía dos tipos de exámenes para que los alumnos no se copiaran. Examen tipo A era analizar la macroeconomía de México (que en ese entonces tenía buen desempeño) y el tipo B era sobre Venezuela. Todos mis alumnos sabían del tema.

A este punto un día mi mamá me preguntó: ¿por qué te interesa tanto lo que pasa en Venezuela? ¿Por qué lo tomas tan a pecho si ni tienes amigos ahí?

Tenía razón. Vislumbré tres motivos. Primero, siendo economista, me indignaba que un país tan rico, con tanto potencial tuviera que vivir bajo esas circunstancias, con esos límites. Segundo, descubrí que yo me veía a mí de esa manera, con muchas potencialidades, pero sin una plenitud. Y deseaba vivir esa plenitud. ¿Qué es la plenitud? ¿Qué es el cumplimiento? Tercero, me daba miedo que eso pudiera pasar en México. Quería entender y conocer cómo prevenir algo, aunque en ese entonces parecía muy lejano.

Cuando el éxodo venezolano se agudizó, encontraba más venezolanos con quien platicar. Un mesero en Cholula, una estudiante en Puebla, una exministra que tuvo que salir de su vida acomodada a hacer trabajos de limpieza en USA, un chico de 22 años (parecía de 30), hablaba 3 idiomas y que había pasado por CDMX a cargar bultos en el mercado de abastos y terminó lavando platos en Texas, un alumno que su papá era venezolano y contó como un día a la medianoche los desalojaron de su casa y tuvieron que salir del país.

En el 2013 conocí a Leo (actual responsable de CL en Venezuela) en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro. Me impactó la certeza del seguimiento que él tenía. Una capacidad de vislumbrar el cumplimiento en el seguimiento, cuando a mí no es que no me quedara claro el seguimiento sino que yo ni siquiera entendía qué era lo que se me pedía. Siguiendo la propuesta del gesto completo, vi que mi vida se cumplía más. A diferencia de mis amigos que no pudieron vivir esta experiencia, la JMJ pasó de ser un atractivo turístico al crecimiento en la certeza de ser amada por el Señor. 

Hace un par de años, al comedor de indigentes donde hago la caritativa empezaron a llegar migrantes de Venezuela, Colombia, Centroamérica; familias jóvenes con niños chicos y adolescentes. Se tardan 3 meses a pie en llegar de Venezuela a Oaxaca. Es increíble la alegría con la que llegan. Me impresiona cómo los niños son felices con sus papás incluso bajo circunstancias muy complejas. Sin embargo, una vez los inmigrantes actuaron irrespetuosamente y entiendo que con violencia. Se me hizo muy extraño. Investigando, dimos con que los migrantes van con esperanza de su país de origen a su destino, principalmente USA, pero cambian cuando son víctimas de atrocidades, como les sucedió esa vez. Los que fueron violentos no eran los que iban a USA, sino los que habían sido agredidos y regresados del norte al sur del país. Son circunstancias muy duras y donde se parte el corazón.

Los venezolanos pasaron de provocarme una curiosidad intelectual, que la tengo, a conocer una realidad con rostros, personas, incluso amigos.

Este último episodio (la reciente intervención de EUA), es algo que me ha convulsionado. Un amigo italiano me preguntó sobre mi parecer de la situación. Por una parte, no pude menos que alegrarme ante la posibilidad de un cambio, pero por otra un gran dolor por la incertidumbre. A cierto punto le conté con lágrimas en los ojos. Sentí la impotencia de cuando quieres acompañar a alguien que quieres y no puedes estar. Percibí que me dolía en el alma.

Con el camino que hemos hecho en Tierra Florida, me doy cuenta que llamamos a la Virgen de Guadalupe Emperatriz de América. Y lo es. Pero comprendí que no es que sea un título nobiliario, sino una madre. Entiendo perfectamente que para los venezolanos la Virgen con la que se identifican es la de Coromoto. Pero el Señor nos ha hecho hermanos y en particular a través de la Virgen ha hecho que toda América y todo el mundo sea nuestro. La promesa no es poseer los recursos de las naciones, ni de las personas; sino que la promesa es una posesión mayor, la posesión del amor. Guardadas las proporciones, la Virgen me ha regalado también el amor a los venezolanos. Este episodio hizo ver que yo los quería, que quería estar con ellos, que de alguna forma me los dio.

El cumplimiento de mi vida en sus potencialidades, ahora no es una frustración, sino un hecho. Como me dijo mi amigo italiano “tú que no eres madre, empiezas a amar como ama una madre”. Ese dolor, esas lágrimas hacían ver que mi vida la está cumpliendo el Señor. El cumplimiento de amar al Señor, de amar a su pueblo.

Así como también puedo decir que amo a los americanos. Tengo familia y amigos que son entrañables para mí. Es un país que por historia quiero mucho. Pero que desde mi experiencia en el New York Encounter, los quiero aún más. No hay nada más bello que verlos traspasados por el abrazo de la Virgen. No hay nadie más mío que los hijos de la Virgen. Me impactaron sus preguntas de vida, su apertura a compartir su vida con simplicidad, con alegría después de ese abrazo.

Me preguntó, ¿cuál es la novedad que llevamos al mundo entero como cristianos? ¿cuál es nuestra aportación en estos tiempos tan convulsionados? ¿Cuál es la misión a la cual he sido llamada? ¿Cuál es la certeza que llevamos al mundo? ¿Cuál es el cumplimiento de la vida?

No lo sé. Lo que sí puedo decir, es que no me interesa tomar posiciones y bandos entre hermanos a los que amar y a los que odiar. Mi deseo más grande es dejarme hacer por el Señor y que pueda yo compartir.

Claudia Mena, Oaxaca.

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