Marzo 2025

Una Comunidad en el Desierto

Leyendo las preguntas para la Asamblea, no puedo sino agradecer lo acontecido en nuestra pequeña comunidad de solo dos miembros que, a tumbos y sombrerazos, seguimos en el camino. Sin embrago, vemos y reconocemos cómo nos intercepta el Misterio en nuestra vida cotidiana y la ley escrita por Otro en nuestros corazones se manifiesta diariamente; a veces lo vemos muy claramente y otras no tanto, pero siempre rodeados de buenos amigos, casi una Fraternidad como la conocemos en CL.

Hace casi 5 años nos fuimos a vivir a El Paso, Texas, USA, frontera con Cd Juárez Chihuahua. Nos fuimos toda la familia por una invitación de trabajo que me hicieron en Cd. Juárez. Al cabo de poco más de un año, el cambio no resultó del todo bueno en lo profesional y acabé por renunciar. Daniela, mi esposa, sugirió quedarnos a terminar el ciclo escolar de los niños que acababa de iniciar y eso hicimos. Entonces, comencé a hacer mis traslados periódicos a la CDMX y alternando mi trabajo a distancia. Durante la Semana Santa de ese año, fuimos a misiones organizadas por amigos Legionarios de Cristo. Para mi sorpresa, íbamos miembros de diferentes movimientos católicos. Además, nuestro hijo menor, que aún no hacía la Primera Comunión decidió hacerla ahí con la venia del cura encargado de las misiones. Una sorpresa adicional fue que eligiera a unos amigos poco frecuentados como padrinos. Nos organizamos todos y el evento fue parte del triduo pascual.

A partir de nuestro regreso de las misiones, iniciamos un amistad mucho más cercana y profunda con nuestros nuevos compadres y al mismo tiempo comenzamos, unos y otros, a presentarnos a algunos amigos cercanos que han llegado a la región de muchas partes de México y por diversas circunstancias. Algunos llevan años, otros llevan décadas ahí, algunos con hijos en secundaria, algunos en la universidad y otros con hijos ya trabajando, pero con todos ha surgido una familiaridad que no es muy común. Compartimos muchas cosas, como parejas o con toda la familia; desde rezar el Rosario juntos durante Adviento o ir a las misiones, hasta partidos de futbol de la Champions. Nos ayudamos y cooperamos en todo y ha surgido entre nosotros una cercanía y amistad más grande que nuestros límites, somos como familia.

Me doy cuenta que tenemos el mismo deseo, estamos bien hechos y cuando algo corresponde a los deseos más profundos del corazón surge algo que, por lo menos en mi caso, a veces no entiendo al instante ni qué es, pero me llena el corazón.

Guillermo, El Paso, TX.

Un amigo

Hay personas que desprenden, por cómo te miran y hablan, cómo siguen y aman, un aroma especial. Es el caso de mi querido amigo Lorenzo, del que nos separan casi 40 años. En una época de la vida difícil, con hijas muy pequeñas, en un trabajo exigente nuevo, verificando si la fe verdaderamente era capaz de responder a la vida de uno, él salió a mi encuentro.
Con su sonrisa, su capacidad de generar la pregunta adecuada, sin forzar nada, fueron definitivos nuestros encuentros sencillos y fugaces, pero cargados verdaderamente de un amor que lo traspasaba todo. De él he aprendido cómo vivirlo todo como si fuera el último segundo de mi vida, con la mayor de las sonrisas. Siendo capaz de no dejar pasar ninguna pregunta abierta, de ir al encuentro de mi familia, de vivir la paternidad no solo con mis hijas, sino con los hijos de mis amigos y de necesitar una compañía real de amigos que vivían de su relación con Cristo. Todo era importante. Todo era servicio y cuidado. Lo reconozco. Tengo sensación de haber perdido algo grande, muy grande. Y, al mismo tiempo, me sale una sonrisa inmensa, como la suya, mirando la vida como un precioso regalo y sin dejar de desear lo que él siempre hacía: vivir la vida deseándolo todo, en continua alegría y rodeado de aquellos que le remitían al ciento por uno.
José, Móstoles (Madrid)

Un vértigo… acompañado 

Las continuas noticias sobre la DANA en Valencia eran abrumadoras y dolorosas, pero no me parecía justo desconectar y huir de ese dolor. A la vez despertaba un deseo de ir allí, algo que al final ha sido posible gracias a que este deseo que yo tenía le había surgido también a otros muchos amigos. No obstante, durante el viaje me vino un vértigo enorme. El sábado, yendo a Alfafar, nos vimos dentro de un atasco que irónicamente me alegró porque reflejaba que muchísima gente tenía ese mismo deseo y que se había puesto en marcha. Mientras esperábamos indicaciones frente al colegio que íbamos a tratar de limpiar, se me acercó una mujer que pedía detergente para la lavadora. Había acogido a los del piso de abajo, una familia argentina que lo había perdido todo y no tenía a dónde ir, y esta mujer, sin dudarlo, les había acogido y pedía detergente para lavarles la ropa. Buscamos lo que pedía y, aunque tuviese la cara medio tapada por la mascarilla, me emocionó su expresión de alegría y agradecimiento mientras nos lanzaba besos.
Por la mañana limpiamos el colegio, fue doloroso ver las fotos y los baberos de los niños cubiertos de lodo y me venía la pregunta de si todos se reincorporarían o si alguno estaba ya en el cielo. Allí era un poco más evidente nuestra aportación, porque veíamos el antes y el después, pero no sucedió lo mismo por la tarde, que nos vimos frente a otra cara de esa misma realidad.
Torres de coches aplastados, garajes aún inundados, polígonos destrozados y prácticamente sin revisar… La tarde fue dura, parecía que no terminaba de salir lodo después de llevar horas sacándolo, pero aun dentro de ese ambiente tan devastador, la gente estaba frente a sus casas medio derrumbadas, pero nos recibían con una sonrisa y agradeciendo nuestro trabajo, que nos parecía a veces inútil.
Qué sorprendente que, cuando rezábamos al empezar el día, pedíamos no tener la pretensión de salvarlos o ser héroes, sino de que el Señor actuase a través de nosotros y ayudase de la manera que nosotros no podemos a toda esa gente, pero fui yo la que reconocí la mirada del Señor en varias personas y actos allí; en la mirada de esa mujer que me pedía detergente, en la alegría de un grupo de senegaleses, en niños pequeños limpiando las calles alegremente, en la acogida de los amigos de Valencia…
Blanca, Madrid

¿Qué me empujó hasta allí? 

Al principio tenía la idea de ir a Valencia solamente a dejarme la piel ayudando a quitar barro. Pero luego, leyendo la carta de los universitarios de Valencia y la intención con la que iríamos, eso me empujó más aún a ir. Iríamos también para ser los ojos del Señor y acercarlo a la gente que estaba allí, a la gente que estaba sufriendo. Íbamos no solo como mano de obra sino también como “mensajeros”. Mostrando el amor del Padre. ¿Dónde podemos ver a Cristo?
Al llegar, lo primero que llama la atención es toda la destrucción que se ha producido, el barro, miles de coches destrozados, basura amontonada en la calle, las casas destrozadas, etc. Sin embargo, con una mirada más amplia y apartando lo evidente de lo material, lo que más hay es solidaridad, es ayuda, es amor. Hay miles de personas ayudando, gente que no tiene por qué estar ahí, pero que quiere estar, tiene ese deseo innato de ayudar. Ese amor propio del hombre que viene del Padre. Es ahí donde pude ver a Cristo.
¿Qué es lo que me llevo? Aparte de agujetas, aprendizaje y entendimiento. Al ver cómo el Padre intercede por sus hijos para ayudarlos he entendido cómo Dios está presente siempre. He aprendido que el hombre vive en constante búsqueda del amor de Dios, mediante sus propias acciones y muchas veces sin darse cuenta, teniéndolo siempre consigo.
Jesús, Madrid

Lo que no es ideología

El otro día un amigo me comentaba dolido un comentario que había oído sobre la “ideología” de la Iglesia. Según Luigi Giussani en El sentido religioso, el ser humano tiene una necesidad profunda de sentido, de encontrar respuestas a las preguntas más grandes: ¿quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿qué sentido tiene la vida? Y cuando la religión se vive desde esta búsqueda sincera, se convierte en algo vivo, en algo que llena de significado todo lo que hacemos. Mucha gente, aun los que asisten regularmente a misa los domingos, cuando ve a la Iglesia católica desde fuera piensa que es como una especie de institución rígida, llena de reglas, dogmas y jerarquías, con el Papa y los sacerdotes diciendo qué debemos hacer. Desde esa perspectiva, parece más una institución normativa que un camino de vida. Esa visión superficial no alcanza a captar lo esencial: la invitación a una relación personal con Dios y las herramientas que Él nos ofrece para vivir plenamente.
El cristianismo no es una ideología. Es una experiencia de amor y libertad. No se trata de reducir todo a reglas o conceptos, sino de una experiencia de vida, de un encuentro real con Dios que transforma el corazón y da sentido a lo que hacemos. Dios no nos pide cosas imposibles, ni nos impone una lista de tareas. De hecho, nos da libre albedrío para escoger el camino y aun cuando nos equivocamos, está siempre disponible para escucharnos. Su invitación es sencilla: quiere que busquemos ser como Él. Esto no significa ser perfectos, sino caminar hacia Él, buscando vivir con amor, justicia, bondad y verdad.
Y para eso nos dio un montón de herramientas increíbles. Nos dio la gracia, que es como una fuerza invisible que nos ayuda en los momentos difíciles; las virtudes, que nos enseñan a actuar con rectitud; los dones del Espíritu Santo, que nos iluminan para tomar buenas decisiones. También están las bienaventuranzas, que son como un mapa hacia la verdadera felicidad; las obras de misericordia, que nos enseñan a ayudar a los demás; la oración del Padre Nuestro, que es como una guía universal para hablar con Dios, y los sacramentos, que son signos visibles y eficaces de la gracia de Dios a través de nuestra vida.
Estas herramientas no solo nos acercan a Dios, sino que nos transforman como personas, ayudándonos a crecer en lo espiritual, lo humano y lo social. No hay mejores recursos para desarrollar una vida plena que los que Dios nos ha dado, porque están diseñados para abarcar lo más profundo de nuestro ser.
Por eso, entender la religión desde esta perspectiva madura significa reconocer que no se trata de reglas vacías, sino de una invitación amorosa y de un conjunto de medios para vivir mejor, tanto en relación con Dios como con los demás. Vivir así no solo nos transforma a nosotros, sino que también transforma el mundo que nos rodea.
Luis, Puerto Rico

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