Una aventura compartida

En el verano de 1996, cuatro matrimonios jóvenes nos fuimos a vivir a Villanueva de la Cañada, entonces un pequeño municipio en la periferia de Madrid, buscando unas casas más grandes (y baratas) para nuestras familias cada vez más numerosas. Estábamos deseosos de continuar compartiendo la vida, como habíamos hecho desde que conocimos CL en la universidad y durante los primeros años de casados. Queríamos vivir juntos, queríamos acompañarnos en la aventura de construir una familia, de educar a nuestros hijos, de afrontar el trabajo, la presencia en el pueblo… ¡todo! desde el encuentro con Cristo en la realidad de Comunión y Liberación que había marcado nuestra juventud. La obra del colegio no habría nacido sin esta comunión vivida y podría no haber existido porque, de alguna manera, en la vida de comunidad ya estaba todo. De hecho, una de las cosas que hemos aprendido en estos años es a abandonar la obra en manos del Señor, lo cual, aunque resulte paradójico, nos ha supuesto un buen trabajo porque, lejos de disminuir el quehacer, nos ha hecho implicarnos con mayor seriedad en él, atentos a lo que se nos manifestaba en las circunstancias cotidianas.
De hecho, la idea de hacer un colegio no estaba en nuestra cabeza, sino que surgió de la vida normal en Villanueva. Al principio, llevábamos

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