La vida en Siria es todo menos fácil. Lo notas al vuelo, nada más ver a tu interlocutor que se conecta por videollamada desde Alepo. Está en su despacho pero lleva un chaquetón enorme y está con la bufanda puesta. Fuera hace cinco grados, pero no hay calefacción. «La semana pasada estuvimos cuatro días sin electricidad, lo que significa que no puedes ni ducharte…», señala Jean-François Thiry, memor Domini belga que llegó a Alepo en 2023, después de vivir treinta años en Rusia, para trabajar en la asociación Pro Terra Sancta.
Desde 2011 este país sufre una guerra civil entre las fuerzas gubernamentales del presidente Bashar al Assad y las milicias rebeldes islamistas. Un combate del que no se habla demasiado en el resto del mundo pero que ha condenado a su población a pasar hambre (el 90% vive por debajo del umbral de la pobreza) y ha provocado millones de desplazamientos. El Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados la ha definido como «la peor crisis humanitaria de nuestra era»: 5,5 millones de personas han salido del país y 6,8 millones han tenido que abandonar sus casas como desplazados internos que siguen viviendo en condiciones precarias, sin acceso a bienes de primera necesidad ni servicios. En los últimos meses se han sumado los bombardeos israelíes, mientras la guerra en Líbano que empezó en septiembre ha provocado la huida de 1.200.000 refugiados hacia Siria. Sin olvidar el terrible terremoto de febrero de 2023 y las sanciones internacionales, medidas pensadas para castigar a los gobiernos pero que acaban doblegando a la población civil, abandonada entre las ruinas y una falta total de infraestructuras.
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