La guerra siempre es una catástrofe. La crisis humanitaria a la que da lugar, seguida a menudo de carestía y epidemia, destrucción y pérdidas inconmensurables, provoca inevitablemente un sufrimiento humano inmenso, que rompe el corazón del hombre. Cuando hablamos de infierno, hablamos de separación total de Dios, y por muy grave que sea la guerra, no puede ni podrá jamás separarnos de Dios.
El propio san Pablo exclama con este mismo tormento y dolor: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,35-39).
Nuestra relación con Dios en Jesús es lo que sostiene nuestra vida. Solo en Jesús podemos mirar al otro y ver el rostro de Dios y no a un enemigo. Por este motivo, y a toda costa, debemos preservar nuestro corazón del odio y la venganza. Estamos llamados a amar, y el amor es una decisión. Jesús nos ha enseñado a amar con su obediencia a la voluntad del Padre, hasta en la cruz, que en esa época era considerada un lugar infernal. La luz y la fuerza de Cristo es lo que habita en nosotros y, a pesar del largo camino que nos espera, nos dedicaremos a construir relaciones y vínculos de confianza entre las comunidades y seguiremos creyendo que hasta los pequeños gestos de amabilidad marcan la diferencia. Solo podemos empezar por nosotros mismos, comprometiéndonos a amar y perdonar.
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