Dice una canción de Claudio Chieffo que cuando uno tiene un buen corazón, no le teme a nada y disfruta de todo, que tan solo quiere amar. Es justo lo que me viene a la cabeza pensando en mi amiga Águeda, la que ha iniciado toda esta locura del Espacio Nyokodo en Parla (Madrid). Ella suele decir que le da miedo todo, que no vale para nada, que no sabe ni escribir ni hablar en público… Sin embargo, cuando uno tiene el corazón bueno y se deja hacer por el Señor, los hechos contradicen las palabras. Porque de la docilidad a los signos, a esa realidad que tiene la forma de unos niños pobres que piden a gritos un sitio donde ser mirados, abrazados, llamados por su nombre, surge este lugar del amor a uno mismo, que es lo que significa Nyokodo en japonés. Este espacio se ha convertido en la casa de esos pequeños y de los adultos que los acompañamos.
La historia comienza el curso pasado, cuando Águeda, profesora de Primaria de un pequeño colegio público de Parla, tiene que ir a una reunión urgente con los de Servicios Sociales. La han llamado a propósito para tratar el caso de uno de sus alumnos del programa de Compensatoria al que se le ha preguntado: «Si estuvieras solo, en una habitación a oscuras, muerto de miedo, ¿quién vendría a rescatarte?» A lo que el niño respondió sin vacilar: «Mi profe Águeda». Ella no sabía




