NIGERIA. Una fe más fuerte que la violencia

«Más que víctima, me considero un superviviente». Justine John Dyikuk llevaba dos años ordenado como sacerdote cuando en 2011 le enviaron a la parroquia de San Francisco Javier en Azare, en la diócesis de Bauchi, una de las muchas ciudades del noreste de Nigeria donde los musulmanes representan más del 90% de la población. Ahí es donde “conoció” en persona al grupo que se convertiría en su materia de estudio: Boko Haram. «La noche del 4 de diciembre de 2011 yo acababa de llegar a la ciudad después de un viaje de tres horas en coche y como estaba agotado me dormí enseguida. Hacia medianoche me despertaron unos gritos terribles de cristianos y yihadistas que decían: “Allahu Akbar”». Los milicianos habían asaltado la ciudad y destruido la comisaría con metralletas. «Hui arrastrándome entre los proyectiles y pasé la noche a la intemperie entre los arbustos. Me salvé. Al día siguiente, como siempre, celebré misa pero solo había siete personas en la iglesia».
Ese encuentro tan directo con los yihadistas que aterrorizan el norte de Nigeria desde 2009 animó al padre Dyikuk a analizar en profundidad las raíces de la violencia en ese país, con especial atención a sus implicaciones mediáticas. Después de estudiar Comunicación en la Universidad de Jos, ocupó durante ocho años la dirección de Cáritas en Bauchi, documentando los atentados sufridos por la comunidad cristiana, antes de marcharse a Escocia, donde se sacó en un año el doctorado en periodismo, medios y comunicación en la Universidad de Strathclyde, en Glasgow. «La persecución religiosa en Nigeria no es un invento de Donald Trump, es real. Pero es

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