Más fuerte que el hielo

En Novosibirsk hace tanto frío que hasta el mar se congela, permitiendo caminar sobre un hielo tan duro como el corazón de muchos en Rusia después de setenta años de ateísmo comunista. Al menos eso es lo que veía Daria Rasskazova, que pasó su adolescencia en los 90, en plena perestroika, un periodo de cambio radical que comenzó con la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov, un periodo de “deshielo”, con la apertura de la Unión Soviética al resto del mundo, llevando consigo la libertad de expresión, antes desconocida, pero también una grave crisis económica, tensiones sociales, inflación y escasez. «Los adultos, abrumados por tantos cambios, intentaban adaptarse y sobrevivir en esa vorágine de acontecimientos mientras los niños disfrutaban de una libertad inesperada –recuerda Daria– así que, mientras nuestros padres luchaban por llevar una vida normal y estabilizar al menos la situación familiar, nosotros crecíamos “solos”, en los patios, acompañados de otros niños también “independientes”».

Cuando la URSS se desmoronaba y los preceptos de Lenin perdían actualidad, ¿en qué podían creer los adultos? ¿Qué podían transmitir a sus hijos? En ese contexto, en el que la sociedad rusa se limitó a borrar el concepto de fe de la memoria colectiva, Dios sencillamente no existía en la vida de Daria. «Quizá eso fuera incluso peor que el ateísmo militante. Si oyes gritar: “Dios no existe”, queda la posibilidad de que esa propaganda negativa suscite tu interés, pero si ni siquiera lo mencionan, ¿cómo vas a saber de él? Para explicar lo inexplicable, los padres usaban

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