Para mí, identificar el deseo de ser esposa y mamá no siempre fue inmediato. De niña, y después de joven tenía, en todo caso, la aspiración de encontrar a alguien para casarme y tener hijos. Pienso que más que un deseo era una imagen. Digo esto porque hasta mis 20 años era algo que no lograba comprender pero que lo entendía como un paso natural en la vida, porque hasta ese entonces pensaba que la vida, mi vida, únicamente se trataba de seguir un “manual”.
Cuando me fui a estudiar la carrera en la Ciudad de México, conocí a los amigos del CLU, al padre Franco y a Diana. Entonces esas imágenes que yo tenía sobre la vocación y en general sobre la vida se empezaron a aclarar, empezaron a cobrar sentido. La idea del matrimonio, que hasta entonces era para mí la unión de dos personas que se amaban y se prometían amor eterno, tomó otra dimensión cuando se introdujo la promesa ante Dios y sobre todo pensar en el matrimonio como vocación o camino para vivir el encuentro con Cristo de manera cotidiana.
He de decir que el camino para llegar al matrimonio no fue fácil. En varias ocasiones durante los años de noviazgo, Azael y yo tomamos decisiones que no eran las mejores, pero en todo ese recorrido siempre estuvimos





