El debate sobre las perspectivas de rearme europeo ha devuelto a la actualidad la lección de Alcide De Gasperi (1881-1954), considerado con razón uno de los padres fundadores de la Unión Europea. Por lo demás, es sabido cuánto se desgastó De Gasperi, en la última parte de su existencia terrena, para alcanzar la Comunidad Europea de Defensa (CED). Dicho organismo, incluido en el tratado firmado en París el 27 de mayo de 1952 por los seis países miembros de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), nunca llegó a ver la luz debido a la falta de ratificación del tratado por parte del Parlamento francés (30 de agosto de 1954), algo que el propio De Gasperi intuyó con claridad antes de apagarse en Borgo Valsugana (19 de agosto de 1954).
Más de setenta años después de aquellos hechos, la falta de una defensa común –reflejo de una política incompleta en general en la UE– se hace notar mucho más a medida que el orden internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial y el fin de la guerra fría se pone en cuestión por el agresivo revisionismo de la Federación Rusa, dispuesta –con tal de no verse “cercada” al oeste por la Alianza Atlántica– a asumir la responsabilidad de una carnicería como la que ha llevado a cabo en Ucrania en estos más de tres años de guerra.
En este contexto, es comprensible que De Gasperi represente a ojos de muchos una fuente de inspiración para
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