La fe de los testigos

Nazir Gill Masih era uno de los hombres más conocidos de Sargodha, capital del distrito homónimo en la región del Punjab, la más poblada de Pakistán, fronteriza con la India. Este empresario de 74 años tenía una casa preciosa y un negocio floreciente. Su fábrica de calzado iba muy bien y eso no es normal en Pakistán, pues Masih era cristiano. En la república islámica, el segundo país musulmán más poblado del mundo, los cristianos apenas representan el 1,37% de la población y los católicos son un pequeño rebaño de poco más de dos millones de personas en un total de 240 millones. La mayoría procede de familias de castas bajas o sin casta, los “intocables”, que se convirtieron antes de que el país se independizara de la India en 1947. Por eso los cristianos siguen realizando los trabajos más humildes, ganan poco y no suelen tener acceso a la educación.


No era el caso de Masih. Tras más de 30 años trabajando en Emiratos Árabes Unidos, volvió a Pakistán y abrió su negocio con los ahorros de toda una vida. Pero muchos musulmanes de Sargodha sentían envidia, no soportaban que un cristiano tuviera más éxito que ellos, así que, como suele suceder en la república islámica, el 25 de mayo del año pasado, a las seis de la mañana, una multitud se congregó delante de su casa para acusarle de un crimen que no había cometido: «Has quemado páginas del Corán». La acusación de blasfemia es la más grave de todas en Pakistán, no solo porque supone la pena de muerte sino porque en muchos casos empuja a multitudes de fanáticos a hacer justicia con sus propias manos sin esperar a que los tribunales dictaminen la verdad. Así fue también con Masih. Después de ser convocados en una mezquita cercana, cientos de extremistas asaltaron su casa, lo agarraron y le golpearon en la cabeza con piedras y ladrillos, le apalearon sin piedad, vapuleándole incluso mientras yacía en el suelo ensangrentado. Luego quemaron su casa y su negocio. Le trasladaron de urgencia al hospital, donde murió el 3 de junio.

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