«Está pasando algo que nos sorprende y nos alegra», afirmaba monseñor Olivier Leborgne, obispo de Arrás, refiriéndose al número de bautismos pascuales registrados en las 98 diócesis francesas. Más de diez mil adultos (el doble del año pasado), de los que más de siete mil eran jóvenes. Cifras que no se veían desde hace décadas en el país que ha hecho de la laicidad un dogma. En 2002, cuando en Europa todavía se discutía sobre la introducción o no de las raíces judeo-cristianas en una hipotética Constitución comunitaria (que luego no salió adelante precisamente por Francia y los Países Bajos por vía referendaria), los bautismos de adultos apenas llegaban a los cuatro mil. Pero son sobre todo los jóvenes entre 16 y 25 años los que piden con más convicción el sacramento de la iniciación cristiana, con «la voluntad de compartir sin complejos su fe en la sociedad», explican desde la Conferencia episcopal francesa, donde se leen las motivaciones por las que se pide entrar en la Iglesia. Hay, en general, «una sed de vida interior» tal vez nunca vista por estos lares, añaden.
Francia es el ejemplo evidente de un despertar, lento y disperso, como manchas de leopardo, que se empieza a dar por toda Europa. Minorías creativas, como diría el joven profesor Joseph Ratzinger, que apuestan por lo esencial de la fe sin temor a mostrarla. Una evangelización que combina las nuevas tecnologías –primero los blog
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