Es uno de los hombres más cercanos al papa Francisco, en los que Bergoglio más confía. Refinado teólogo con gran capacidad pastoral, tiene también extraordinarias dotes organizativas. Monseñor Rino Fisichella, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización y presidente del Consejo internacional de catequesis, ya dirigió con Juan Pablo II la comisión teológico-histórica del gran Jubileo del año 2000. El papa Francisco también le confió la organización del Jubileo de la Misericordia en 2015 y ahora, diez años después, Bergoglio ha vuelto a pedirle que guíe el Jubileo que acaba de empezar, el de la Esperanza.
Está usted al frente de una estructura con una responsabilidad enorme y tiene que gestionar a nivel mundial un evento como el Jubileo de 2025. Está acostumbrado a que le pidan detalles organizativos, pero me gustaría empezar por algo más concreto: qué significa esta tarea para usted personalmente, y si me lo permite también para su fe.
Es verdad, la dimensión estructural de un Jubileo siempre corre el riesgo de eclipsar el objetivo fundamental de un año santo, que es un acontecimiento espiritual. No en vano llega cada 25 años, de modo que es posible detenerse, reflexionar sobre uno mismo y buscar en lo más íntimo, seas o no cristiano, esas preguntas que están en el corazón de todos, pero que a veces no afloran. El peregrino, a diferencia del viandante, sabe a dónde va, tiene ante sí la meta de cruzar la puerta santa y, como sabemos, Jesús dice en el evangelio de Juan: «Yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará». Me viene a la mente la Gaudium et Spes, la Constitución del Vaticano II que habla de la Iglesia y del mundo contemporáneo, que dice en el número 22 que el misterio humano se resuelve, encuentra su luz, en el misterio de Cristo. En efecto, todos somos un gran misterio que solo se ve iluminado por la presencia de Cristo. Para mí, esta tarea que me han encomendado significa ante todo un gesto de estima personal del Santo Padre, y a la vez representa una implicación aún más fuerte del Dicasterio para la Evangelización para ayudar a comprender que el Jubileo, aparte de ser una gran oportunidad pastoral, es una ocasión evangelizadora. Le pondré un ejemplo. Hemos querido diseñar un camino de peregrinación también aquí en San Pedro, desde el castillo de Sant’Angelo hasta la basílica. Es un recorrido cerrado, protegido, que solo hacen los peregrinos que van siguiendo una cruz. Los miles de turistas y la multitud de romanos que pasan por aquí y ven a esta gente que camina, reza, canta, medita siguiendo a una cruz, se dan cuenta de que es gente alegre, tiene un sentido para hacer lo que hace, es inevitable que se pregunten quiénes son, de dónde vienen, que están haciendo, y eso ya es un acto de evangelización. Ver gente que hace cosas tan “extrañas” y está alegre suscita preguntas que necesitan respuestas.
Para seguir leyendo inicia sesión
El contenido completo sólo está disponible para nuestros suscriptores.





