El corazón como brújula

En su discurso al cuerpo diplomático, el papa León XIV recordaba que, según san Agustín, la historia se construye a partir de las actitudes del corazón humano. En cada persona conviven dos ciudades: la del amor que construye la paz y la del orgullo que conduce al conflicto. Desde esa perspectiva –decía el Papa– cada uno de nosotros se convierte en protagonista de la historia. Pero el corazón humano no es fácil de descifrar. Muchas veces no sabemos nombrar lo que llevamos dentro. La literatura lleva siglos intentando poner palabras a ese misterio. Fernando de Rojas, tomando de Petrarca esa forma de nombrar lo que atraviesa al hombre, nos recuerda que la experiencia humana está llena de preguntas que no siempre sabemos formular. Melibea, al borde de un amor que le quema el pecho, le pregunta a Celestina: «¿Cómo dices que llaman a este, mi dolor, que así se ha enseñoreado de lo mejor de mi cuerpo?». «Dulce amor», responde Celestina.
Esa respuesta breve encierra algo común a todos. A menudo vivimos la realidad sin poder poner nombre a lo que sentimos. Como Don Quijote, que ve gigantes donde hay molinos; como Dante, que recorre el Infierno buscando la verdad del alma; como nosotros, que atravesamos cada día un tiempo convulso intentando comprender lo que sucede. Ucrania, Gaza, Irán… demasiados nombres, demasiadas heridas abiertas. Las pantallas muestran la

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