¿Dónde nace la paz?

En medio del estruendo con que el mundo parece romperse, resuena una pregunta que ya no es solo un eco lejano, sino un grito íntimo, doliente: ¿qué hacer ante tanto dolor? No es una pregunta teórica. Es un lamento antiguo, casi bíblico, que se cuela en los huesos cuando las noticias se tornan insoportables. Ucrania. Gaza. Irán. Sudán. Yemen. Myanmar. Demasiados nombres. Demasiadas heridas abiertas. El dolor se ha vuelto global y, sin embargo, pesa en el pecho como si fuera doméstico. Como si lo lleváramos dentro.
Y quizá lo llevamos.
Las pantallas no mienten, pero tampoco explican. Solo muestran, una y otra vez, la derrota del hombre por el hombre. Como si la historia entera se hubiera olvidado de sí misma. Pero, en ese abismo, algo tiembla, algo se resiste, el corazón. Porque incluso ahí –o precisamente ahí– brota una certeza silenciosa, inquebrantable: no hemos sido hechos para el mal. Lo llevamos a cuestas, sí, lo perpetramos, lo sufrimos. Pero no es nuestro

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