¿Cuál fue tu primer encuentro con el movimiento?, ¿cómo te diste cuenta de tu vocación como sacerdote? y ¿cómo supiste que querías ser misionero?
Encontré el movimiento cuando tenía 14 años. Yo nací y crecí en Milán. Cuando asistí a la preparatoria se podía escoger tomar la clase de religión. El sacerdote, que era mi maestro, me invitó al raggio, que era la “Escuela de comunidad” para preparatorianos de aquel entonces. La invitación al raggio tenía un tema y una pregunta. A veces el tema consistía en una frase del Evangelio. El tema que me llamó mucho la atención fue la canción de Vasco Rossi, un cantautor muy famoso de la época, que todavía vive. La letra de la canción decía que él quería una vida más allá de todos los límites. El título era “Vita spericolata”.
Era una canción que todos cantábamos. Los que teníamos fe, considerábamos que era atractiva, pero a su vez no valía la pena tomársela en serio. Por lo tanto, que la canción fuera el tema del raggio, para mí significaba que me podría tomar en serio cualquier cosa que me atrajera. La letra de la canción dice que un día nos encontraremos, después de haber desperdiciado la vida. Nos veremos en un bar para tomar whisky, y cada quien habrá tenido sus propios problemas y su camino. La pregunta que acompañaba la invitación al raggio era: ¿Yo quiero esto de mi vida?
Para mí implicaba la posibilidad de vivir la fe a partir de algo que me resultaba interesante; de tomarme en serio lo humano que sentía. Empecé a asistir a estos encuentros, donde el sacerdote, que también era párroco, me presentó a los jóvenes de su parroquia. Yo había sido educado en la fe católica desde pequeño y estaba convencido de ella, pero no entendía qué tenía que ver mi fe con la vida. Había cosas que me interesaban, pero




