Vino solo por mí y por ti
Hace unas horas que llegué al aeropuerto internacional de Dallas, volé a las 5:40 de la mañana y ahora tomo un café mientras espero el vuelo que me llevará a Italia, donde estudiaré la licenciatura en Psicología. Aún no he leído las cartas de tantas personas que me han escrito para darme de su aliento y consejo, pero hay un sin numero de frases que me resuenan en la cabeza desde hace ya algunos días: “Eres amada”, “Tenemos un Padre”, “Puedes encontrar grandeza allá sin perder la de aquí”, “Te extrañaremos mucho”, “El sol se fue a Milán”, “Te van a amar”…
En varias ocasiones he escuchado de otros (incluso de mí misma) el sentimiento de sentirse indignos o hasta solos en la bendición. Solemos olvidar (y lo digo por mí en especial) que Dios nos habla de forma personal, tan personal que a veces uno se siente solo, como si los retos y las oportunidades grandes que nos ofrece la vida fueran algo que nos encapsulara y nos sentimos aislados, únicos, tanto en la bendición como en la dificultad. Esto creo que no es una casualidad. Recuerdo alguna vez haber escuchado a un padre describir el diálogo entre dos teólogos explicando por qué la vida y muerte de Cristo fueron en ese tiempo y en ese lugar. Uno de ellos explicaba cómo la época y localización de su vida funcionaba como punto perfecto para hacerse conocer tanto en el Medio Oriente como en Europa a través de las generaciones, con un análisis meticuloso y mucha convicción, decía que ese fue el momento que Dios eligió para que toda la cristiandad naciera. El otro teólogo, después de escuchar la larga explicación del primero le dijo: “Sí, tiene sentido, pero creo que algo falta. ¿Y si solo lo hizo por el ladrón?”. Me fascinó esa pregunta, porque aunque no sepa su respuesta, me recuerda algo importantísimo sobre la forma en la que se nos llama ver la realidad. Cristo me ve, deja todo, mueve todo, suelta todo con tal de salvarme a mí. Así como al ladrón. Cristo nació, creció y murió ese día en esa época, en ese lugar, en ese momento solo para salvarle la vida a ese tipo, un cualquiera. ¡Cómo se sentirá eso!
Por eso justo ahora, aunque este “sola” atravesando esta experiencia “única” me siento tan mirada como aislada de los demás. Cristo no acompaña y mueve al mundo para salvar a la humanidad, mueve el mundo y el cosmos para salvarme a mí y a ti. Así como mis amigos me han venido a visitar, así como algunos me han escrito una carta o me han dado un abrazo, así como muchos solo han podido desearme suerte. Mi México me ha mirado y Cristo me ha mirado a través de sus ojos. ¡Así se siente!
Fátima Bailón, Chihuahua
Vacaciones con la compañía
Tengo 29 años en el movimiento y acabo de participar en mis primeras vacaciones nacionales, no había ido antes, siempre por cuestiones familiares o económicas. Este año mi hija Tania, quien ya ha participado en las convivencias de la compañía juvenil, me empezó a animar a ir, pero mi esposo no está en el movimiento y decidió que no acudiría y mi hijo tampoco porque tenía un proyecto de la escuela que entregar. Yo pensaba que las vacaciones tenían que ser familiares y me preguntaba qué sentido tendría ir a las vacaciones nacionales si no acudía toda mi familia. Pero conforme se acercaba la fecha me fui animando, pensando que quería tener la oportunidad de conocer a los amigos que solo conocía por zoom del Círculo de Lectores, encuentros o asambleas, y volver a ver amigos que no había visto desde los últimos ejercicios nacionales de la fraternidad, antes de la pandemia; también quería conocer a los sacerdotes que están a cargo de los jóvenes y los apoyan, conocer a los jóvenes de los que Tania me ha hablado tanto y por supuesto conocer a Monseñor Paccosi.
Poco a poco se fue dando todo para poder acudir; yo estaba muy emocionada y nerviosa, pero feliz. Unas semanas antes fuí convocada para participar en la organización de la fiesta de las vacaciones representando a mi comunidad de Mérida. Ha sido muy gratificante sentir que contribuí con un granito de arena a la organización de dicha fiesta. Desde la llegada sentí el milagro de estar ahí y me impresionó que a pesar de que no conocía a mucha gente personalmente, había una familiaridad con los que platicaba y nos reconocíamos. Han sido unas vacaciones con Cristo presente, mediante esta gran compañía. Mi hija también super feliz de que pudiéramos vivir esa experiencia juntas. Agradezco a Dios el regalo.
Ana Pérez, Mérida.
Los milagros cotidianos
El Acontecimiento de la Revelación ¿te parece racionalmente posible o te encuentras sumido en el dogma fundamental del pensamiento de la ilustración? Esta pregunta ha estado en mi cabeza desde hace mucho tiempo en diferentes momentos. Muchas veces viene a mi mente escuchando o leyendo algún evangelio en el que se narra un milagro. Por ejemplo, la Anunciación. Me pregunto si en aquella época alguien a me dice que Cristo vino al mundo por obra y gracia del Espíritu Santo… ¡Madre santa!, si me pongo a tratar de comprenderlo con mis herramientas adquiridas después de muchos años de estudio, seguramente no lo hubiera creería porque es humanamente imposible, inconcebible.
Sin embargo, leyendo El sentido religioso y haciendo Escuela de Comunidad, mi mente comprende lo que mi corazón ya sabía (después de tantos años del batallar de mi madre con mis grandes argumentos “inteligentes”, en mi época de mayor rebeldía, y tratando yo de poner en evidencia su “ignorancia”, siempre tuvo la paciencia de seguir acompañándome y narrando su riquísimo encuentro diario con Cristo en todas partes): “No hay nada imposible para Dios”. Hoy tengo la gracia (en algunos momentos de mi distraída vida), con la gran compañía de mis amigos, de reconocerLo hasta en algunos momentos sin gran significado aparente, como si fueran vistos desde una pantalla en la que alguien mira desde lejos. Lo cotidiano, donde también hay muchos milagros incomprensibles para el otrora hombre de la ilustración.
Guillermo Cantú, El Paso, Tx.
Un “Sí” que cambió mi vida
Llegar a la universidad fue abrumador, me preocupaban los cambios que tendría mi vida, particularmente, mudarme de casa y vivir por primera vez lejos de mis papás, después de 19 años de convivencia cotidiana con ellos. A pesar de saber que estaba dando un paso muy grande para mi futuro y que desde niño había soñado con el día en que ingresara a la universidad, las dudas me daban vueltas en la cabeza por la decisión que estaba tomando sobre mi carrera; ingresé a arquitectura pero honestamente no tenía sino un conocimiento vago sobre esta profesión; me dejé guiar por los comentarios que me hacían algunos amigos, pues me gustan mucho las matemáticas y tengo habilidad para dibujar, por lo que en la escuela me decían “ya con eso la armas”. Eso me dio confianza, pero también surgieron en mí muchas dudas y me preocupaba el hecho de no ser bueno en ello y desilusionar a quienes creían en mí.
Yo seguía en mis clases con naturalidad. Con el pasar de los días me puse a evaluar a cada uno de los profesores y sentí que en su mayoría solo nos generaban dudas acerca de la carrera. Fue entonces que me empezó a llamar la atención la materia de diseño. Primero no sabía si se debía a la materia o a la arquitecta que la impartía, pero sentía que ella era la única a la que realmente le importaba que aprendiera; siempre estaba ahí resolviendo mis dudas, tenía una humanidad que me generaba confianza. Un día se acercó a preguntarme mis dudas; la noche anterior había tenido una crisis y dentro de mí tenía una gran necesidad de desahogarme. En segundos las lágrimas fueron inevitables y le confié que no podía con la carrera y que no era lo que yo deseaba. Al final de la clase la docente me invitó a un albergue. Algo me decía que debía aceptar, y así lo hice. Al llegar la maestra me presentó a algunos chicos a quienes de inicio trataba de evadir, pero no tardé mucho en sentirme identificado con ellos. Al final de la visita la profesora me invitó formalmente a ser parte de la compañía a la que pertenecían los demás chicos. Sin dudar, respondí que “sí”. Eran los chicos de CL.
En compañía de la maestra las clases me resultaban más tranquilas y en los encuentros me sentía sereno y deseoso de conocer a todos mis nuevos compañeros de CL. Poco a poco fui entendiendo por qué estábamos allí y me sentí identificado, en confianza, ya no me sentía solo aunque mis problemas seguían presentes.
Estoy entendiendo muchas cosas con respecto a la religión; también me conmueve conocer un poco de la historia de don Luigi Giussani. En las caritativas me sorprende cómo los adultos interactuaban con los niños y ahora sé que jugar no solo es para niños. Supe que el sentimiento que encontré en ese ambiente no lo hallaría en otro lado.
Aunque me cuesta, le pongo más esfuerzo a mi carrera, y aunque tenga ratos malos me aferro a todo lo que me gusta de arquitectura, comprendiendo que por algo pasan las cosas.
En esta compañía he encontrado algo tan bonito que cada vez que voy a un encuentro ya no es “tengo que ir” sino “quiero ir”. Vivo una amistad verdadera en la que no hace falta aparentar, en la que podemos mostrar nuestras dudas y debilidades y nos ayudamos mutuamente. El Movimiento me educa en la fe y me ofrece una compañía que siempre está y me enseña que en la vida también hay días malos, pero que adquieren significado cuando los ofrecemos a Cristo. Hoy entiendo que Dios siempre estará y que se me hace presente en cada uno de los que formamos esta compañía. Hoy, con ayuda del Movimiento vivo mi vida con más libertad y estoy aprendiendo y dejándome hacer en compañía, porque he encontrado lo más valioso de la vida que es Dios. A veces regreso en el tiempo y recuerdo la primera vez que me invitaron al Movimiento. Sin duda, si me volvieran a invitar, seguro volvería a decir que “sí”.
Marco, Oaxaca





