Así me ve Dios, en esta unidad
Tuve la fortuna de asistir a un congreso-retiro sobre el Acontecimiento Guadalupano organizado por el Pontificio Dicasterio para América Latina y la Conferencia del Episcopado Mexicano, entre otros.
Había participantes de todo el continente americano y de España. Lo que yo había deseado desde hacía años, ahora se hacía carne: éramos una gran familia congregada por el Señor. Me sentí en casa, pero ¿cómo es que me sentía en casa entre desconocidos de incluso varios países? Solo porque alguien más nos congregaba.
Recordé las reuniones familiares con mi abuelita. Su presencia, hacía que toda la familia mirara a un mismo origen: ella y mi abuelo. Mientras más crecía el amor hacia ella, más crecía la conciencia de pertenencia a nuestra familia. Así me pareció el congreso. Viendo al Señor y a la Virgen, la consciencia de ser una familia, con sus particularidades, con sus culturas, con sus países, con sus idiomas. Pero en la unidad por ser la familia del Señor.
Vi que lo que el mundo se empeña en dividir, en polarizar, el Señor lo une. Los americanos platicaban con los venezolanos. Yo mexicana era amiga de los americanos, de los españoles, etc. Con un mismo deseo, un mismo corazón, con la respuesta de su Presencia, pero a cada quien le responde de diferente manera. También para los participantes, un tema fundamental era la familiaridad con la que todos nos relacionábamos. ¿Quién estaba al origen de esta familiaridad?
Me sorprendí al verme a mí misma con misericordia y alegría. Fui la mejor versión de mí. En un punto pensé “así es como Dios me ve”, con un corazón rebosante de alegría por sentirme amada, pero ¿amada por quién? Me di cuenta que no es que haga falta que el Señor se revele, sino que hace falta un corazón que vaya al fondo de lo que desea, de su humanidad, de lo que le da sentido a su vida. Hace falta una humanidad que vibre, que busque, que desee.
Me sentí la mujer más afortunada del mundo, porque sucedió un milagro; dejé de concebirme sola contra el mundo a empecé a darme cuenta que el Señor me regala el mundo entero. Yo soy hecha por Otro y al igual que el pueblo judío soy perennemente impelida, movida, formada, transformada, aniquilada y resurgente por obra de la palabra de Dios. Pero incluso más, porque es justamente a través de la Presencia de Cristo y del abrazo de la Virgen que yo he sido amada.
Claudia, Oaxaca
Donde empieza todo cada semana
Un italiano, una vasca, una sevillana y dos argentinos se encuentran en una sala. Lo que podría parecer el comienzo de un chiste es, en realidad, el punto de partida desde donde arranco cada semana. Hace cuatro años llegué a Bilbao para comenzar una startup de base tecnológica junto a otros dos socios argentinos. Durante los primeros meses participé en la escuela de comunidad, hasta que formalizamos nuestra primera inversión y comencé a priorizar otras actividades. La empresa empezó a crecer y los desafíos se volvieron cada vez más grandes. Sin embargo, algo faltaba.
Los socios eran solo socios; los empleados, personas que debían cumplir nuestras exigencias; las instituciones y empresas con las que hablábamos valían solo por lo que podían aportar o por lo que podríamos llegar a obtener. Todo lo justificaba en función del crecimiento y de una ambición a la que, equivocadamente, creía querer llegar. Cuando me di cuenta de que volvía a casa desmotivado, más allá de lo que lograba, decidí regresar a la escuela de comunidad.
No solo me recibieron como si el tiempo no hubiese pasado, sino que fue la primera vez, después de mucho, que alguien (además de mi esposa) me miraba más allá de mi avaricia, mezquindad y soberbia. Aquellas personas me conocían y sabían que mi corazón no se medía por los contratos firmados, ni por las horas trabajadas, ni por el valor post-money de una inversión. Ese día volví a hacer la experiencia que había dejado en Buenos Aires años atrás. No existe para mí una forma más verdadera de mirar como la que recupero después de cada escuela. Y es gracias a esa mirada que puedo afrontar mi paternidad (teniendo a nuestro primer hijo lejos de la contención de nuestras familias), el cierre de mi actual empresa y el inicio de la segunda con una nueva conciencia: la de vivir las cosas de un modo verdadero, sintiéndome protagonista de los acontecimientos.
Hoy los desafíos ya no miden mi potencial, sino que se vuelven una invitación a conocer la realidad e introducir una nueva forma de hacer negocios y de relacionarme. ¿Quién iba a pensar que, cuando se juntan un italiano, una vasca, una sevillana y dos argentinos en una sala en Bilbao, el mundo se convierte en una oportunidad para descubrir más sobre el misterio que hace a nuestro corazón?
Pablo, Bilbao
De la paz y el perdón
Hace unos meses, por circunstancias, tuve una discusión intensa con alguien del movimiento con quien no tenía mucha relación, pero a quien consideras amigo porque pertenece igualmente a esta historia. Encima la discusión fue por whatsapp. Él me dijo algo que no me gustó, yo le contesté en el mismo tono… y subiendo la apuesta. No sé si en otra situación me habría influido tanto, pero en ese momento me bloqueó mucho y estuve varios días con ello en la cabeza. Lo ponía delante del Señor diciéndole: “Tú verás, esto es tuyo”.
A los pocos días fue la misa del movimiento para rezar por la paz y estuvo Alberto Ortega, nuncio de Venezuela. Yo le escuchaba pensando que podíamos estar los dos, este amigo con el que discutí y yo, en esa misma misa rezando por la paz en el mundo y me preguntaba: ¿y nosotros?, ¿qué hacemos nosotros peleados y rezando por la paz de otros?
A los pocos días, mientras estaba cocinando, me acordé del encuentro del Meeting sobre los 19 argelinos asesinados por su fe y lo puse para escucharlo. Allí había un obispo que, ante el asesino, decía: «Señor, no puedo pedir que le mates, pero te puedo pedir que le desarmes». Esta petición se quedó resonando en mi cabeza durante días y cada vez que me acordaba lo repetía. En ese momento empecé a encontrarme con la misericordia del Señor, para mirarle a él y para mirarme a mí.
Pasaron algunos días más y cuando me encontraba a esta persona la evitaba porque seguía sin perdonarle, hasta que nos volvimos a encontrar en el funeral de un amigo. Ahora ya no rezábamos juntos por la paz en la otra parte del mundo, sino que rezábamos por un amigo común. Y me di cuenta de que siempre habría más cosas que nos unen que las que nos podrían separar, que había un vínculo mayor, incluso sin ser íntimos amigos, que nuestra miseria y lo que pudiéramos o no decirnos. Entonces fue cuando entró el perdón.
Más tarde me encontré con él en el retiro de Cuaresma. Desde el funeral había tenido la necesidad de pedirle perdón. Pensé en llamarle o escribirle, pero prefería decírselo en persona. Así que aproveché ese momento para acercarme y pedirle perdón. Nos pedimos perdón mutuamente en un gesto sencillo, sin más, pero por fin vino la paz que pedía en la misa del movimiento y que yo necesitaba.
En el retiro me di cuenta de que todo este recorrido había sucedido por gracia del Señor, que había acontecido. Y también por pura necesidad e incapacidad mía para resolver el asunto dentro de mí, que me hizo ponerlo delante de Cristo y que me permitió no dejar pasar la “herida” que me había causado la realidad. Este hecho me ha “obligado” a hacer un camino sobre el que puedo volver.
Raquel, Madrid





