La España que llegó a América: una mirada al origen de su identidad

1. La identidad cristiana: raíz de la hispanidad

La Hispania romana y visigoda

La llegada del cristianismo a Hispania ha sido objeto de debate entre los historiadores. Existen tradiciones que vinculan esta llegada con figuras apostólicas como Santiago el Mayor, quien, según la leyenda, habría predicado en tierras gallegas y cuya figura se convirtió rápidamente en un símbolo de la cristianización española como lo atestiguan las peregrinaciones a Santiago de Compostela en la Edad Media. Otros testimonios, como las epístolas de San Pablo, sugieren que el apóstol pudo haber tenido la intención de predicar en Hispania, lo que da un atisbo de la presencia cristiana en el siglo primero. Lo que es un hecho es que el cristianismo logró expandirse por el territorio romano debido a sus ideales de igualdad y justicia, que contrastaban con las estructuras sociales, jerárquicas y esclavistas del imperio romano.

Orígenes de la conquista romana (Siglo III a. C.- Siglo I a. C.)

La intervención romana en la península ibérica fue un proceso largo y complejo que se extendió por más de dos siglos, desde las guerras púnicas hasta la consolidación de Hispania como provincia romana. Fue impulsada por la necesidad de contrarrestar la amenaza cartaginesa y asegurar su dominio en el mar Mediterráneo, un proceso que implicó no sólo la conquista militar, sino también la integración de los pueblos ibéricos al sistema romano.

El dominio romano: las guerras púnicas y la amenaza cartaginesa

Las guerras púnicas (264 a.C. -146 a.C.) enfrentaron a Roma con Cartago, una potencia rival en el mar Mediterráneo. Cartago había establecido importantes bases en la península ibérica, como Carthago Nova (Cartagena) y Gades (Cádiz), lo que le permitía controlar rutas comerciales y acceder a recursos clave como los metales preciosos. Esta expansión representaba una amenaza para Roma, que veía a Cartago como un obstáculo para su hegemonía y alianzas en la región.

La segunda guerra púnica (218 a. C.-201 a.C.) fue decisiva para la intervención romana en Hispania. Durante esta guerra el comandante cartaginense Aníbal Barca, que ya dominaba Hispania, cruzó los Alpes y amenazó a Roma; pero la resistencia romana, liderada por Publio Cornelio Escipión permitió a Roma derrotar a Cartago en la península Ibérica, en la batalla de Ilipa (206 a.C.). Esto facilitó el control romano de Hispania.

Tras la derrota de Cartago, Roma quiso asegurar el control de las costas ibéricas, comenzando por los puertos estratégicos como Carthago Nova. Sin embargo, la conquista del interior, habitado por tribus ibéricas organizadas y resistentes, fue más difícil debido a la geografía montañosa y a la desconfianza de los pueblos originarios.

Consolidación del poder romano en Hispania

La presencia del imperio romano en la península ibérica comenzó en el siglo III a. C. y perduró hasta el siglo V d. C., provocando una profunda transformación cultural, política y social en los pueblos originarios, especialmente los celtíberos. A través de un proceso gradual de conquista, Roma fue imponiendo su lengua, el latín, así como su sistema político y administrativo al centralizar el poder creando provincias. Este proceso conocido como “romanización”, no fue homogéneo: en las zonas urbanas y mediterráneas como Emerita Augusta (Mérida), Tarraco (Tarragona) y Caesaraugusta (Zaragoza), la integración con la cultura romana fue rápida; en cambio en las regiones montañosas y alejadas fue más complicado1. Sin embargo, a pesar de la resistencia inicial de pueblos como los astures y cántabros cedieron y acabaron integrándose al imperio romano creando una identidad cultural compartida en Hispania.

La llegada del cristianismo

La llegada del cristianismo en la península ibérica no sólo modificó el panorama religioso, sino que también influyó en la estructura política y social. Durante los primeros siglos, las comunidades cristianas fueron, en muchos casos, una minoría perseguida, pero a medida que avanzó el proceso de romanización y la consolidación del imperio, el cristianismo comenzó a formar parte integral de las estructuras sociales de Hispania.2 Las primeras ciudades donde el cristianismo echó raíces fueron los importantes centros urbanos romanos como Tarragona, Mérida y Cartagena, donde los cristianos pudieron organizarse y fomentar la difusión de la fe a través de sus contactos comerciales, las rutas de transporte y la creciente interconexión del imperio romano.

Algunos factores que incidieron en el auge del cristianismo en Hispania

Una religión universal

El cristianismo se destacó en el imperio romano por su carácter universal, al ser accesible para todos, sin importar su clase social, etnia o estatus, lo que atrajo especialmente a sectores populares, esclavos y mujeres. Esta inclusión fue clave frente a las religiones romanas tradicionales que estaban vinculadas a las élites.

La decadencia de las religiones tradicionales romanas

Durante los siglos III y IV, el declive de las religiones romanas tradicionales acompañó una crisis social, política y económica en Roma, lo que llevó a muchas personas a buscar alternativas espirituales. El cristianismo ofreció respuestas a las inquietudes existenciales, algo que las religiones politeístas no podían proporcionar.

El testimonio de los mártires y la persecución

A pesar de las persecuciones bajo los emperadores Nerón y Domiciano, los mártires cristianos, que dieron su vida por su fe, se convirtieron en símbolos poderosos de resistencia espiritual. La admiración por su valentía contribuyó a la atracción de nuevos conversos, ya que muchos veían en su sacrificio un testimonio de la verdad cristiana.

El cambio en las políticas imperiales

El edicto de Milán de Constantino (313 d.C.) fue clave para la expansión del cristianismo, ya que legalizó la fe cristiana, permitió la construcción de iglesias y garantizó la protección oficial. Posteriormente, el emperador Teodosio convirtió el cristianismo en la religión oficial del imperio (siglo IV), prohibiendo gradualmente las religiones politeístas.

Este cambio marcó una transformación cultural y religiosa en Hispania, donde las religiones locales desaparecieron, los templos romanos fueron abandonados o convertidos en iglesias, y el cristianismo se convirtió en el núcleo de la identidad espiritual y cultural, imponiéndose sobre la pluralidad religiosa que había existido antes.

Las débiles legiones romanas y el papel de los visigodos en la defensa de Hispania

El año 409 d.C. fue un hito en la historia de Hispania, marcando el colapso del dominio romano y el comienzo de una nueva fase caracterizada por el surgimiento de nuevas fuerzas políticas. Este periodo de transición, que culminaría en la formación del reino visigodo, marca el fin de la Hispania romana y el inicio de la Edad Media.

La invasión de Hispania por los pueblos bárbaros en 409 d.C. fue consecuencia directa de la crisis interna del imperio romano de Occidente. La decadencia del imperio, marcada por problemas militares, tensiones internas y dificultades económicas, debilitó su capacidad para defender sus fronteras, lo que facilitó la entrada de los pueblos germánicos.

Los vándalos, suevos y alanos aprovecharon esta oportunidad para invadir la península, desintegrando el control romano. Estos pueblos se asentaron en distintas regiones: los vándalos en el sur, los suevos en el noroeste (actual Galicia), y los alanos en el centro y este. Esta fragmentación política y territorial inició un nuevo ciclo en la historia de Hispania, con el fin del orden romano y la llegada de nuevas estructuras de poder.

La intervención de los visigodos en acuerdo con Roma

Ante la creciente amenaza de los pueblos bárbaros y la debilidad del imperio romano, el emperador de Occidente, Honorio, quien gobernaba desde Milán, recurrió a los visigodos para restaurar el orden en Hispania. Los visigodos, que ya eran federados del imperio romano (es decir, pueblos germánicos que recibían tierras a cambio de servir como soldados), vieron la oportunidad de intervenir en los conflictos internos del imperio con el fin de ampliar su poder.

El acuerdo entre Roma y los visigodos, liderados por su rey Valia, consistió en que los visigodos sofocarían las invasiones de los vándalos, alanos y suevos a cambio de tierras en Hispania. Aunque esta alianza fue una solución temporal para Roma, reflejaba su incapacidad para manejar la situación por sí misma. Para los visigodos, era una oportunidad para ganar territorio y poder, más allá de su rol como soldados del imperio.

Entre 416 d.C. y 418 d.C., los visigodos libraron una serie de batallas decisivas contra los invasores. Derrotaron a los vándalos, que fueron desplazados hacia el norte de África, además de aniquilar a los alanos, que desaparecieron de Hispania. La lucha contra los suevos, establecidos en el noroeste (actual Galicia), fue más prolongada, pero también culminó en victoria para los visigodos, consolidando aún más su poder en la península.

La intervención visigoda no sólo restauró temporalmente el orden, sino que también sentó las bases para la consolidación de su poder en Hispania. Aunque el imperio romano continuó existiendo formalmente, la victoria de los visigodos y su asentamiento en territorios clave de Hispania marcaron el inicio de su hegemonía en la región, que se afianzaría en las décadas subsecuentes.

El reino visigodo de Tolosa a Toledo

La caída final del imperio romano de Occidente en 476 d. C., con la deposición del último emperador romano, Rómulo Augústulo, marcó el fin del imperio, así como el comienzo de una nueva era. Los visigodos, que ya se habían establecido como una potencia dominante en Hispania, comenzaron a consolidar su propio reino independiente. La primera capital visigoda fue Tolosa (actual Toulouse, en Francia), donde gobernaron sobre vastos territorios de la actual Francia y España.

No obstante, la presión de otros pueblos germánicos, en particular los francos, obligó a los visigodos a replegarse hacia el sur, abandonando Tolosa en el año 507 d.C. En este contexto, la corte visigoda se trasladó a Toledo, que se convertiría en el centro político y religioso del reino. Toledo, en el corazón de Hispania, no sólo destacó por su importancia estratégica, sino también por su influencia cultural y religiosa, especialmente con la conversión de los visigodos al cristianismo.

La conversión al catolicismo de los visigodos

Uno de los eventos más determinantes en la historia del reino visigodo fue la conversión al catolicismo del rey Recaredo, hijo de Leovigildo, en el año 589 d.C. La decisión de Recaredo de abrazar el catolicismo renunciando al arrianismo, religión oficial hasta ese momento, marcó un punto de inflexión decisivo para el reino visigodo. Este evento representó la consolidación del cristianismo como una fuerza unificadora en el territorio. El proceso de integración se reflejó en la creación de un sistema jurídico común. Inicialmente, los visigodos habían promulgado el Codex Euricianus (475 d.C.), que sólo aplicaba a su población, pero con la creciente convivencia entre visigodos e hispano-romanos, surgió la necesidad de una legislación que unificara ambos grupos. Por lo que se creó la Lex Visigothorum en el siglo VII y, posteriormente, el Liber Ludiciorum en 654 d.C., un código legal que incorporaba normas visigodas, romanas y cristianas. Este último consolidó la unidad jurídica y religiosa de la Iglesia, promoviendo el orden legal, la paz social y los valores cristianos en un contexto nuevo de unidad.3

La relevancia de la Iglesia y los concilios visigodos

Con la conversión al catolicismo, la Iglesia desempeñó un papel fundamental en la consolidación del poder visigodo. Durante este periodo, se celebraron una serie de concilios en Toledo, los cuales fueron cruciales para la organización de la Iglesia en Hispania. Entre los más importantes se encuentran los Concilium Toletanum (Concilios de Toledo), que se celebraron entre los siglos VI y VII. Estos Concilios no sólo abordaron cuestiones doctrinales y disciplinarias, sino que también tenían una dimensión política, ya que los reyes visigodos se veían a menudo involucrados en la toma de decisiones eclesiásticas.

San Isidoro de Sevilla, uno de los más grandes teólogos y eruditos de la época, contribuyó decisivamente a la consolidación de la identidad cristiana en Hispania. A través de su obra “Etimologías”, San Isidoro preservó y transmitió el conocimiento de la antigüedad clásica, contribuyendo así a la formación de una cultura cristiana que perduraría en los siglos venideros.

El mestizaje cultural

La conversión de los visigodos al catolicismo produjo un mestizaje cultural, social y político que transformó profundamente su identidad, esencial para la configuración de la sociedad medieval en la península ibérica.

Siendo una minoría frente a los hispano-romanos, los visigodos asumieron diversas instituciones romanas, como el derecho romano, que jugaría un papel crucial en el desarrollo del derecho medieval.

A pesar de la inestabilidad interna y las luchas entre facciones nobiliarias, esta fusión permitió a Hispania configurarse en una región clave en la evolución política y cultural de Europa.

El reino visigodo perduró hasta el 711 d.C. cuando la invasión musulmana acabó con su existencia política. No obstante, la influencia visigoda sobre la estructura social, jurídica y política de la península perduró, especialmente en las zonas de la España cristiana que resistieron la expansión musulmana. Así, la huella visigoda estuvo vigente en el desarrollo posterior de los reinos medievales de la península, siendo un puente crucial entre el legado romano y la configuración de los futuros reinos cristianos.

Mapas de la Hispania antigua. Wikimedia Commons / PRESSBOOKS
Interior de la iglesia de San Juan de Baños, Palencia. siglo VII. Diputación de Palencia

2. De la conquista musulmana a la reconquista cristiana

La conquista musulmana y el emirato dependiente (711-756)

La historia de Al-Andalus comienza en el año 711, cuando las fuerzas musulmanas, lideradas por el general Tariq Ibn Ziyad, derrotaron al último rey visigodo, Don Rodrigo, en la batalla de Guadalete. Esta victoria permitió la rápida expansión del dominio musulmán en la península ibérica. La resistencia inicial de algunos reinos visigodos fue rápidamente superada, en parte gracias a la utilización de las antiguas calzadas romanas, que facilitaron el avance de las tropas musulmanas.

Durante los primeros años de la conquista árabe, gran parte de la población cristiana y judía aceptó la nueva administración, ya que los musulmanes implementaron un sistema de gobernanza relativamente tolerante. Los cristianos y judíos fueron reconocidos como “gentes del libro”4 y aunque debían pagar un tributo especial podían practicar su religión con cierto grado de autonomía. Sin embargo, no todo fue armonía, dentro del mundo musulmán, surgieron tensiones entre los diferentes grupos que conformaban la población, como los árabes y los beréberes.

En 750, la familia Omeya fue derrocada en el mundo islámico, pero un miembro de esta dinastía, Abderramán I, escapó a Al-Andalus y en 756 estableció el emirato independiente de Córdoba; un evento que a pesar de consolidar a la región como una entidad autónoma dentro del mundo islámico, dio inicio a un periodo de luchas internas por el poder.

El emirato independiente y las tensiones internas (756-929)

A pesar de las tensiones sociales, revueltas y conflictos políticos internos entre árabes, beréberes, muladíes5 y mozárabes6 que tuvieron lugar en esta etapa, en los primeros años del emirato independiente, Abderramán I logró consolidar su poder y comenzar a fortalecer las instituciones del nuevo Estado musulmán.

A finales del siglo IX, uno de los episodios más significativos fue la rebelión de Umar Ibn Hafsun, un líder muladí que se levantó contra el emirato y en un giro simbólico se convirtió al cristianismo. Esta rebelión reflejaba la creciente resistencia cristiana y las profundas divisiones sociales en Al-Andalus.

Pese a estos conflictos, la cultura islámica floreció en Al-Andalus, especialmente en la ciudad de Córdoba, que se convirtió en un importante centro cultural, científico y artístico. En este período, se construyó la famosa mezquita de Córdoba y se promovieron avances en áreas como la astronomía, las matemáticas, la medicina y la filosofía.

El califato de Córdoba: el apogeo de Al-Andalus (929-1031)

El siglo X marcó el apogeo de Al-Andalus con la proclamación del califato de Córdoba en 929 por Abderramán III, quien rompió con la autoridad de los califas de Bagdad y se autoproclamó califa de Córdoba, consolidando así su poder político y religioso. Este acto convirtió a Córdoba en una de las ciudades más prósperas y avanzadas de la Europa medieval, al mismo tiempo que el califato se transformó en un referente cultural, científico y económico.

Durante este periodo, se construyó la ciudad-palacio de Medina-Azahara, una muestra de la grandeza del califato. Bajo el gobierno de Al-Hakam II, Córdoba se convirtió en un centro de conocimiento, con numerosas bibliotecas y centros de estudio. Además, la ciudad destacó por ser un lugar de convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos, quienes compartían conocimientos y tradiciones.

Aunque el esplendor del califato no duró mucho. Tras la muerte de Al-Hakam II en 976 d.C., el califa Hisham II, aún niño, ascendió al trono y el poder real pasó a manos de Almanzor, un visir militar que gobernó de facto durante las últimas décadas del siglo X. Almanzor se destacó por sus numerosas victorias militares, especialmente contra los reinos cristianos y en 997 saqueó Santiago de Compostela, uno de los grandes símbolos del cristianismo europeo.

Arquitectura andalusí (detalle). Alhambra, Granada. Siglos XIII-XIV. Fundación pública andaluza, el legado andalusí.

La fragmentación del califato: los reinos de taifas (1031-1492)

La muerte de Almanzor en 1002 marcó el inicio de la decadencia del califato de Córdoba. A principios del siglo XI, Hisham II fue derrocado y el califato se desintegró en varios reinos de taifas, pequeños reinos independientes gobernados por distintos caudillos musulmanes. Esta fragmentación del poder musulmán favoreció el avance de los reinos cristianos del norte, que comenzaron a expandirse hacia el sur.

Un hito importante en este período fue la toma de Toledo en 1085 por el reino cristiano de León. Para contrarrestar la presión cristiana, los reinos de taifas solicitaron ayuda a los almorávides (1086-1140) y a los almohades (1140-1214), dos grupos musulmanes provenientes del norte de África. Éstos impusieron una versión más radical y estricta del islam, lo que generó tensiones con los mozárabes7 y otros grupos de la península.

De la fragmentación musulmana a la reconquista cristiana

La Batalla de Las Navas de Tolosa (1212) fue un punto de inflexión decisivo. La derrota de los almohades, un poder centralizado que dominaba gran parte del sur de la península, debilitó significativamente la resistencia musulmana ante los reinos cristianos. Tras la victoria, los territorios musulmanes en la península se fragmentaron nuevamente en pequeños reinos de taifas, débiles y desorganizados, lo que permitió a los reinos cristianos, particularmente a Castilla y Aragón, aprovechar esta inestabilidad para expandirse hacia el sur.

A partir de 1224, Fernando III comenzó su avance hacia el sur, buscando asegurar el valle del Guadalquivir, una región clave tanto económica como estratégicamente. La conquista de ciudades como Baeza (1227), Córdoba (1236) y Sevilla (1248) marcó hitos importantes. La toma de Córdoba, con su relevancia como centro islámico en Occidente y la caída de Sevilla, última gran capital musulmana, transformaron la región. La repoblación fue vital para consolidar el dominio cristiano, así como el reparto de tierras entre los repobladores, especialmente entre las órdenes militares como las de Santiago, Calatrava y Alcántara, quienes jugaron un papel clave en la defensa y asentamiento de los nuevos pobladores.

El reino de Murcia, aunque sometido inicialmente en 1243 por un pacto con su rey musulmán, no fue completamente incorporado a Castilla sino hasta 1266, durante el reinado de Alfonso X. La repoblación de Murcia fue difícil debido a la resistencia musulmana en ciudades como Lorca y Cartagena, pero con el tiempo se impuso un proceso de repoblación similar al de Andalucía, con la llegada de castellanos y otras poblaciones cristianas y el establecimiento de nuevas villas.

El proceso de repoblación estuvo marcado por las órdenes militares y monásticas. Las órdenes militares fueron fundamentales en la expansión y la repoblación de territorios fronterizos, mientras que las órdenes monásticas revitalizaron la vida religiosa y social peninsular.

A lo largo de este proceso, la presencia de musulmanes y judíos en los territorios cristianos cambió. Los musulmanes que permanecieron tras la conquista fueron conocidos como mudéjares y, aunque en principio gozaron de una cierta tolerancia, las tensiones aumentaron. En 1264, una revuelta mudéjar en Andalucía fue sofocada, lo que permitió una nueva fase de repoblación cristiana. Pero las revueltas, la inseguridad debido a las incursiones del reino de Granada y las tensiones sociales complicaron la consolidación del dominio cristiano.

La sociedad estaba jerárquicamente conformada por nobles, eclesiásticos y campesinos. Con el tiempo surgió una nueva clase social impulsada por el crecimiento urbano y económico: la burguesía. Los judíos jugaron un papel importante en la economía, aunque su situación empeoró a medida que avanzaba la Reconquista y se intensificaban las tensiones.

La convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos experimentó grandes transformaciones a lo largo de los siglos. Tras la caída de Granada en 1492 y la conversión forzada de los musulmanes en 1502, los moriscos se convirtieron en un grupo conflictivo; las revueltas moriscas del siglo XVI fueron finalmente sofocadas con su expulsión definitiva en 1609. Este evento marcó el fin de la presencia musulmana en la península, aunque su legado cultural perdura principalmente en la lengua y la arquitectura de Hispanoamérica.

3. Los Reyes Católicos (1474-1516)

El reinado de los reyes católicos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón data desde 1474 hasta 1516 y marca una etapa crucial en la historia de España. La unión dinástica de Isabel y Fernando en 1469, aunque no implicó la unificación administrativa inmediata de los reinos de Castilla y Aragón, sí inició un proceso que culminaría en la construcción de una monarquía católica, centralizada y unida, clave para el futuro de España.

La guerra de sucesión de Castilla (1474-1479)

La guerra de sucesión castellana, que comenzó tras la muerte de Enrique IV en 1474, fue el primer gran conflicto del reinado de Isabel y tuvo importantes repercusiones para la futura unificación de España. La disputa dinástica que enfrentó a Isabel, quien se proclamó reina con legítimo derecho de sucesión8 frente a Juana, apodada “la Beltraneja”, figura que representaba los intereses de ciertos sectores de la nobleza castellana y en particular los del rey Alfonso V de Portugal en alianza con los franceses.

El conflicto se resolvió en gran medida con la victoria de Isabel en la batalla de Toro (1476), un enfrentamiento decisivo que consolidó su poder y debilitó la oposición. En 1479, con la firma del tratado de Alcáçobas, Isabel fue reconocida como reina legítima de Castilla y su unión matrimonial con Fernando consolidó la alianza dinástica, poniendo fin a las pretensiones de Juana.

Consolidación del poder real

Tras la guerra de sucesión de Castilla (1474-1479), Isabel y Fernando enfrentaron la tarea crucial de consolidar su poder en un reino fragmentado por tensiones políticas y sociales. La pacificación del territorio se convirtió en una prioridad para los Reyes Católicos que entendieron que para estabilizar su gobierno era necesario restaurar el orden social.

Una de las principales medidas adoptadas por los monarcas fue la creación de la Santa Hermandad, un cuerpo armado y rural, instaurado en las Cortes de Madrigal de 1476 que tenía como objetivo garantizar la seguridad en los campos y caminos. Esta organización no sólo restableció el orden en el país, sino que también fue vista como una fraternidad que garantizaba la hospitalidad a los viajeros pobres, asegurando que no se les negara el pan y el vino, ni la cebada para los animales de carga. En 1498 desaparece dejando pacificado el territorio en manos de los monarcas.

Tras la pacificación de Castilla, Isabel y Fernando se centraron en reorganizar el gobierno. En 1480 crearon el Consejo de Castilla, un órgano compuesto principalmente por juristas, con la misión de coordinar la administración política y jurídica, reflejando su intención de gobernar de acuerdo con la ley y establecer una administración profesional del reino. Además, establecieron la audiencia o chancillería como el órgano encargado de impartir justicia, que más tarde serviría de modelo para tribunales en los territorios de ultramar. Aunque la audiencia tenía autonomía, los reyes conservaban el derecho de intervenir y revisar sus sentencias. A lo largo de los años, se publicaron las Ordenanzas Reales de Castilla, que unificaron el sistema legal del reino y lo sometieron a la autoridad de la Corona.

Otro aspecto clave en la reorganización política fue la implementación de los corregidores en las ciudades. Estos funcionarios, tenían amplios poderes ya que supervisaban las ciudades y su gobierno local continuaba estando a cargo de las oligarquías urbanas, pero ahora con menor autonomía. Los corregidores no sólo tenían la capacidad de intervenir en cuestiones políticas y judiciales, sino que también tenían la última palabra en la validación de los acuerdos municipales. Para garantizar que los corregidores actuaran con justicia, los reyes implementaron un sistema de juicio de residencia al final de su mandato, lo que aseguraba que las decisiones de estos funcionarios estuvieran vigiladas.

En 1476, Isabel I de Castilla convocó las Cortes en Madrigal, que jugaron un papel crucial en la reorganización del reino. Bajo su liderazgo se llevaron a cabo reformas en las finanzas y la gobernación. Crearon un sistema más eficiente de recaudación de impuestos como la alcabala (impuesto sobre transacciones mercantiles), las tercias reales (impuesto sobre el diezmo eclesiástico) y el almojarifazgo (derechos sobre el comercio internacional). A lo largo del reinado, las finanzas reales mejoraron considerablemente, lo que permitió a los Reyes Católicos financiar sus proyectos, incluida la guerra de Granada.

Uno de los campos en los que los Reyes Católicos ejercieron una fuerte influencia fue el eclesial. Isabel I, impulsó una reforma del clero, que tuvo un gran impacto en la sociedad. Bajo su liderazgo, los obispados, curatos, conventos y monasterios pasaron de un estado de relajación a una mayor exigencia y rigor moral. En 1486, a punto de ser reconquistada Granada, Inocencio VIII da un gran paso: la provisión en aquel reino de las sedes episcopales. Este acto tendrá lugar mediante la presentación de los candidatos por parte de los monarcas y marcará el antecedente del Patronato Regio, un derecho otorgado a los monarcas para designar las jerarquías eclesiásticas permitiéndoles tener un control más directo sobre la Iglesia en sus dominios.9

En el afán por reformar la Iglesia, Isabel y Fernando se empeñaron en promover una nueva generación de clérigos y religiosos con formación universitaria sólida, como fue el caso de Francisco Jiménez de Cisneros, quien desempeñó un papel clave en la reforma de la orden franciscana y en la reorganización del clero secular. Toribio Esquivel Obregón reconoce como “gracias a la reforma de Cisneros, España pudo mandar a América la pléyade de santos y sabios varones que primero predicaron el evangelio, y que se desvelaron para defender a los indios y salvar una raza cuyos destinos no está en la inteligencia humana de prever”.10

Sin embargo, la medida que puede parecer controvertida de su política eclesiástica fue la instauración del Santo Oficio de la Inquisición en 1478 con el objetivo de perseguir a los judaizantes, aquellos judíos convertidos al cristianismo que mantenían en secreto sus antiguas prácticas religiosas. Aunque la Inquisición medieval había existido previamente en Europa para extirpar la herejía, el Santo Oficio de la Inquisición en España se ejerció como un instrumento de control enfocado en imponer la ortodoxia religiosa cristiana.

La conquista de Granada

El emirato de Granada nació en 1248, cuando Fernando III de Castilla reconoció a Muhammad I (Ibn Nasr) como vasallo, tras su apoyo en la conquista de Sevilla. Muhammad I fundó la dinastía nazarí y estableció la capital en Granada, lo que impulsó una prosperidad económica basada en la agricultura, el comercio y la producción de seda. Sin embargo, los reyes de Castilla consideraron que Granada debía ser incorporada a su Corona para completar la Reconquista. A lo largo del siglo XV, las tensiones entre ambos reinos aumentaron debido a ataques mutuos y en 1481 el ataque del emir Alí a la villa de Zahara rompió las treguas, lo que desató la guerra de Granada.

La guerra se desarrolló en varias fases: al principio con poca eficacia por parte de los cristianos, pero a partir de 1485 la situación les favoreció al conquistar importantes ciudades musulmanas como Málaga. La última fase, entre 1490 y 1492, fue decisiva. Tras un largo sitio, el 2 de enero de 1492, Boabdil, el último rey musulmán, entregó la ciudad de Granada a los Reyes Católicos.

Los monarcas cristianos, pese a haber derrotado a los musulmanes, respetaron las costumbres y religiones del reino en un intento de facilitar la conversión al cristianismo. Sin embargo, en 1499, se obligó a los granadinos a convertirse, lo que provocó conflictos que durarían hasta el siglo XVII.

Expulsión de los judíos

La instauración de la Inquisición y la expulsión de los judíos fueron medidas que reflejaron la política de los Reyes Católicos para crear un reino homogéneo y centralizado en el que la unidad religiosa era esencial para el fortalecimiento del poder monárquico.

En 1492, el Decreto de la Alhambra ordenó la expulsión de los judíos, obligándolos a convertirse al cristianismo o abandonar el reino. Con esta medida los Reyes Católicos no sólo buscaban la unificación política, sino también la creación de una identidad religiosa homogénea que reflejara los intereses del reino y de la Iglesia. En este contexto, los judíos y los conversos se encontraban en una posición desfavorable.

La integración de los conversos y judíos en la sociedad cristiana del siglo XV se complicó debido a que muchos no eran originarios de España, sino que habían sido desplazados desde otros países como Inglaterra, Francia y Rusia, donde habían enfrentado persecuciones. Por esta razón, a pesar de haber sido acogidos en territorio hispánico, muchos de ellos nunca se sintieron plenamente españoles.

Aunque la Iglesia, influenciada por la teoría de San Agustín que sostenía que los judíos debían ser protegidos hasta su conversión definitiva al cristianismo o la de san Vicente Ferrer que promovía la conversión recordando que Jesús y la Virgen María fueron judíos; las tensiones entre judaísmo y cristianismo se habían incrementado notablemente a lo largo del tiempo. La mentalidad de la época veía al judaísmo no sólo como una religión diferente, sino en ocasiones en franca contradicción con la fe cristiana, lo que profundizó aún más este distanciamiento.

Para el historiador Jean Dumont la expulsión de los judíos fue una medida necesaria para “aminorar la represión” y facilitar la conversión de los judíos al cristianismo. Paradójicamente, la expulsión aceleró las conversiones, ya que muchos judíos que se exiliaron regresaron poco después argumentando que ya se habían bautizado. De los 200,000 judíos que residían en España, unos 50,000 se quedaron y se convirtieron, y un tercio de los 150,000 que partieron regresaron.11 Sin embargo, estas decisiones tuvieron un alto costo humano, económico y social.

La expulsión de los judíos, no sólo afectó gravemente la economía, sino que también supuso una pérdida considerable en términos de diversidad cultural e intelectual. En definitiva, aunque estas medidas fueron vistas como una forma de consolidar la unidad política y religiosa del reino, las heridas que dejaron en la sociedad española fueron profundas.

El cristianismo y la gestación de un mundo global

Bajo el reinado de los Reyes Católicos y posteriormente de Carlos I y Felipe II, España no sólo consolidó su poder hegemónico en Europa, sino que también expandió su influencia hacia el Nuevo Mundo. En 1492, el mismo año en que los Reyes Católicos completaron la Reconquista; Cristóbal Colón, en nombre de los Reyes Católicos, emprendió su viaje hacia el continente americano, lo que iniciaría un proceso de expansión global del horizonte cultural hasta aquel momento desconocido. El 12 de octubre de 1492 se produce el descubrimiento de América, pero seis meses antes, el 17 de abril de 1492, se firman las capitulaciones de Santa Fe, que establecen las bases jurídicas para las futuras instituciones del Nuevo Mundo. Estas capitulaciones, aunque adaptadas a las circunstancias, se basaban en los principios del derecho medieval y el derecho castellano, vigente en la época tras la reunificación del reino por Isabel. Esto explica que no fuesen galeones de piratas saqueadores los que fondearan en las costas del Nuevo Mundo, sino que se tratase de un proyecto con la intención de regular jurídicamente las nuevas realidades sociales que surgirían en las tierras recién descubiertas.

Una vez que Cristóbal Colón regresó de su primer viaje, se presentó ante los Reyes Católicos para informarles sobre el asombroso descubrimiento. Uno de los biógrafos de Isabel, describe la mentalidad que la animaba:

“Cuando Colón terminó su relato, el Rey, la Reina, el Príncipe y toda la Corte se arrodillaron y elevaron sus manos dando en alta voz gracias al Cielo, mientras el coro real entonaba el Te Deum; después todos se pusieron en pie y atravesaron la ciudad en alegre procesión”12

El descubrimiento del Nuevo Mundo no fue sólo un evento geográfico, sino un fenómeno de enorme trascendencia cultural, política y religiosa. A través de las expediciones y la evangelización, los misioneros católicos, principalmente de las órdenes franciscana, dominica y jesuita, desempeñaron un papel crucial en la integración del cristianismo entre las poblaciones indígenas. Las misiones no sólo implicaron la evangelización, sino también la creación de nuevas estructuras sociales que se basaban en los principios cristianos y en la introducción de la cultura europea, creando una red de influencias que trascendió las fronteras del imperio español. A través de las misiones, el catolicismo se expandió rápidamente en el continente americano, lo que a la postre forjó una de las primeras experiencias de globalización cultural y religiosa.

La primera globalización: el cristianismo y la expansión cultural

El fenómeno de la cristianización en España, amplificado por la conquista de América, puede entenderse como una de las primeras formas de globalización. Ésta no fue sólo económica, sino principalmente religiosa y cultural. Los misioneros españoles no sólo llevaron la religión católica, sino también una visión del mundo que influyó profundamente en las estructuras sociales, políticas y culturales de los pueblos indígenas.

Además, la creación de una red de comercio e intercambio entre el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo permitió que la fe cristiana se extendiera más allá de las fronteras del imperio español. Este intercambio, aunque en muchos casos desigual y cargado de tensiones, estableció las bases de una conexión global que se expandiría en los siglos posteriores.

Isabel I la Católica: (Madrigal 1451 – Medina del campo 1504)

Isabel la Católica nació en Madrigal de las Altas Torres (Valladolid), un real sitio de la meseta de Castilla la Vieja. Este lugar también fue el escenario del matrimonio de sus padres, el rey Juan II de Castilla y su segunda esposa, Isabel de Portugal, en 1447. Aunque nació en Castilla, es probable que la primera lengua que Isabel aprendiera no fuera el castellano, sino el portugués, lengua que hablaba su madre. La futura reina católica no parecía destinada a reinar, por delante de ella se hallaba su hermano Alfonso (dos años más joven) y los posibles hijos que tuviera su hermanastro el rey Enrique IV. El derecho sucesorio castellano permitía que una mujer sólo heredara el trono si faltaba el heredero varón, y la infanta tenía pocas posibilidades. Isabel pasó su infancia en Madrigal y en Arévalo junto a su hermano Alfonso con quien compartió una especial amistad como se refleja en un bello dibujo del Árbol genealógico de los reyes de Castilla y León (c. 1456) que es poco conocido y probablemente sea la primera representación conservada de la futura reina católica.13

La vida de la infanta experimentó un importante cambio a la edad de 10 años, cuando Enrique IV ordenó su traslado a la corte junto con su hermano en 1461. Su cambio de residencia suponía su acatamiento a Juana, la hija de la reina. Hasta 1467 residió en la corte integrada en el entorno portugués de la reina.14

La Virgen de los Reyes Católicos. Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos, 1491-1493, Museo del Prado.

En 1468, Enrique IV de Castilla, reconoció a Isabel como heredera al trono en el pacto de los Toros de Guisando, desheredando a su hija Juana. Para consolidar su poder, los consejeros de Isabel pactaron su matrimonio en secreto con Fernando de Aragón en 1469. Esto enfureció a Enrique IV, quien al año siguiente deshereda a Isabel y proclama a Juana como heredera casándola con Alfonso V de Portugal. A la muerte de Enrique IV en 1474, surge una guerra civil, con una parte de la nobleza apoyando a Isabel y otra a Juana. A pesar del apoyo de Portugal a Juana, la guerra concluyó en 1476 con la victoria de Isabel tras la decisiva derrota de los partidarios de Juana en la batalla de Toro.

Isabel la Católica ascendió al trono enfrentando la oposición de los partidarios de doña Juana. Sin embargo, su habilidad para gobernar de manera sabia y justa hizo que este cuestionamiento pasara a un segundo plano, ya que su legitimidad real fue además confirmada por la conciencia que tenía de su ejercicio del poder, considerándose como una reina delegada por Dios a quien debía rendir cuentas rigurosas.15

El 26 de noviembre de 1504 muere Isabel la Católica y, una vez conocida la noticia, su más fiel colaborador el cardenal Cisneros comenta con pesar:

“Desaparece una reina que no ha de tener semejante en la tierra: por su grandeza de alma, pureza de corazón, piedad, justicia a todos por igual, espíritu conservador de las leyes antiguas y ordenador de nuevas, por la creación de un rico patrimonio y economía fuerte, que es lo más importante para el reino y para el pueblo”16

Su funeral se llevaría a cabo según su voluntad expresada en su testamento:

«Que mis funerales se celebren donde se encuentre mi cuerpo, sencillamente y sin excesos, y que no haya monumento, ni estrado, ni baldaquino, ni colgaduras fúnebres, ni profusión de cirios; solamente trece encendidos a cada lado cuando se celebre el oficio divino». El testamento de Isabel la Católica refleja su compromiso con la caridad y la humildad, ya que, a pesar de ser reina, al morir dejó deudas por sus obras de beneficencia. Esto obligó a sus albaceas a subastar sus bienes personales, un hecho único en la historia de las monarquías. Así, la reina, despojada de todo, sería vista por el joven Ignacio de Loyola, quien tenía 16 años en ese momento. Isabel, al morir, se reunía con los religiosos observantes a quienes siempre había instado a vivir en pobreza y dedicación cristiana. 17

A su muerte, acaecida el 26 de noviembre de 1504, el trono castellano pasó a su hija Juana la Loca (Juana I de Castilla), madre del futuro rey y emperador Carlos I.

1 Julio Valdeón, Joseph Pérez,Santos Juliá.Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez. Ed. Espasa p 74

2 Julio Valdeón, Joseph Pérez,Santos Juliá.Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez. Ed. Espasa p 75

3 Julio Valdeón, Joseph Pérez,Santos Juliá.Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez. Ed. Espasa p 77

4 Eran sectores respetados por los musulmanes.

5 Convertidos al islam

6 Cristianos bajo dominio musulmán

7 Población cristiana de origen hispanovisigodo que vivía en el territorio de Al-Ándalus. Al igual que los judíos, eran (gentes del Libro, “protegidos”), a diferencia de los paganos que debían aceptar el islam o morir. Los mozárabes tenían libertad de culto a cambio de la lealtad al estado y el pago de un impuesto especial.

8 Jean Dumont. La incomparable isabel la católica. Ed Encuentro, edición electrónica, Madrid, 2023

9 Jean Dumont. La incomparable isabel la católica. Ed Encuentro, edición electrónica, Madrid, 2023

10 Citado por Toribio Esquivel Obregón, Apuntes para la historia del Derecho en Méico, Editorial Porrúa, 2.ª edición, Méjico, 1984, tomo l, pág. 502. En Nemesio Rodríguez Lois. Influencia en Méjico de Isabel La Católica p.780

11 Jean Dumont. La incomparable isabel la católica. Ed Encuentro, edición electrónica, Madrid, 2023

12 William Thomas Walsh, Isabel la Cruzada (Traducción de Carlos M. Castro Cranwell), Editorial Espasa Calpe (Argentina), 3.ª edición, Buenos Aires, 1955, p. 175. Citado Nemesio Rodríguez Lois. Influencia en Méjico de Isabel La Católica pp.180-781

13 Álvaro Fernández de Córdova Miralles. Isabel La Católica, la fe de una reina, Ed. RIALP, Madrid.pp 19

14 Álvaro Fernández de Córdova Miralles. Isabel La Católica, la fe de una reina, Ed. RIALP, Madrid.pp 24

15 Nemesio Rodríguez Lois. Influencia en Méjico de Isabel La Católica. Fundación Sperio. p 778

16 Citado por José María Gil, El misterio de Isabel La Católica, Comité Nacional de beatificación de Isabel la Católica, 1ª edición, Madrid, 1992, pág. 358. En Nemesio Rodríguez Lois. Influencia en Méjico de Isabel La Católica p.775

17 Jean Dumont. La incomparable isabel la católica. Ed Encuentro, edición electrónica, Madrid, 2023

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