Una ocurrencia de afecto
En la mesa se abre el corazón. Se invita a la mesa a quienes consideramos importantes en nuestra vida. “El pan y la sal”, y el vino. Al calor del afecto, en la mesa de nuestra casa, donde nos damos cita un grupo de amigos, Nuria, mi esposa, dice: “¡vayamos a Campeche en vacaciones de Navidad!”. Era una bonita ocurrencia del corazón. ¿Por qué Campeche? Porque de allí es María José y allá vive su familia; ella nos acababa de dar la noticia de que se iría a vivir a Chihuahua, así que era una forma de decirle que la queremos y que por tanto la seguiríamos cuanto pudiéramos.
La ocurrencia empezó a tomar forma. Viajar en avión era demasiado costoso, de modo que decidimos rentar una van para irnos juntos. Azael dijo entonces otra ocurrencia: “¿por qué mejor no rentamos un camión e invitamos a más amigos?” No rentamos el camión, pero sí abrimos la invitación a otros amigos de Puebla, que se nos sumaron.
La aventura de viajar juntos
Los viajes se viven en tono de aventura, pero la primera bella sorpresa que vivíamos, es que no era un viaje para andar de turistas. Personalmente quedé impactado de la facilidad con que hicimos 16 horas de camino no solo en cordialidad sino en alegría. Rezamos, charlamos y cantamos juntos. Y también nos dimos –o me concedieron, cosa que agradezco muchísimo– momentos de silencio.
Hicimos una parada estratégica en Coatza, para descansar, pero principalmente para estar con los amigos de allí, encabezados por los González. Pienso que esa llegada consolidó el sentido del viaje y la forma profunda que tiene la amistad que compartimos en el movimiento. Tomamos Misa juntos y luego nos llevaron a la casa Don Giuss (que merecería un artículo especial).
La noche nos regaló un clima agradable, que hacía un maridaje perfecto con la plática, el estar juntos, y los tacos. Los niños corrían de un lado a otro; eran amigos desde varias vacaciones del movimiento y se tenían como punto de referencia: por ejemplo, cuando Huguito preguntaba “¿dónde es Coatza?”, era muy fácil responder: “donde vive Hectorín”; o a Bruno y María: “llegaremos con Regina”. Alrededor de una mesa larga, en respuesta a la petición de Oliverio, comenzamos a presentarnos. Fue un momento memorable, porque cada uno fue diciendo no solo quién es, sino también el modo en que conoció el movimiento. Lo acentúo porque me parece de lo más significativo; eso de que nuestra personalidad está constituida comunitariamente. No había una instrucción en ese sentido, pero queríamos contárnoslo. Y no fue accidental tampoco; de hecho, en Campeche se repitió la escena con los de allá, en casa de Rodrigo. Somos lo que nos ha acontecido.

La casa del peregrino
La casa del peregrino “Don Giuss” tiene ese contenido de la configuración comunitaria de la comunidad. Desde su generación –así como la cuentan los González– es fascinante. Se ingresa por unas escaleras, directo al segundo piso (en la planta baja hay un área de trabajo de “Chocolate de Eva”) y nos reciben una serie de fotografías de Don Giuss, y una foto grande de la primera visita de Carrón a México (2007). Allí me detuve: es una casa con lúcidos ecos de una historia de nombres y rostros concretos; Eva nos cuenta que está dedicada a la continuidad de dicha historia y al servicio de esos rostros. “¡Esto debe continuar!” –expresión de Peguy en El pórtico del Misterio de la Segunda Virtud–, “la cristiandad debe continuar [y ahora un parafraseo] esta historia debe continuar, CL debe continuar, el Acontecimiento que nos ha cimbrado debe continuar”.
“Esta casa está hecha para ustedes, para los peregrinos”, nos dijo doña Eva. “Somos familias peregrinas”, dijo después Nuria asumiendo el dicho. En este punto, ha aparecido algo más grande; la “ocurrencia” con que iniciamos, ha adquirido un sentido mucho mayor –en la ocurrencia, la Providencia–; y ya no es solo la amistad que nos une con los Mex de Campeche el motivo del viaje; hemos sido renovados en la pertenencia a una historia que engrandece los afectos. Resulta, en síntesis, que el cariño que nos tenemos, que es muy real, es en realidad más grande que lo que podemos darnos solos nosotros, y ello lo hace aún más real.
En el tiempo libre, lo que más nos importa
Este viaje hizo más evidente para mí que la pertenencia al carisma de CL define incluso el modo en que vivimos el tiempo libre. No teníamos programados sino los primeros días, pero la forma de estar y los intereses que nos movían hablaban de una educación recibida.
Son múltiples los detalles, comento solo los que a mi juicio son más relevantes. El primero, ya lo he comentado: la cercanía de la comunidad. Tuvimos más cuidado en estar con la comunidad, por ejemplo, que a estar en la playa. Esto no es en absoluto nada obvio, menos al estar de vacaciones; es más bien raro. Uno de esos días, nos quedamos toda la mañana en la casa porque alguien debía esperar un señor para mantenimiento, pero ¡nos quedamos todos! Me parece que no teníamos tanta urgencia de salir; estaba más bien el deseo de estar juntos. Otro día, una de las familias manifestó el deseo –casi la determinación– de ir a una playa de Mérida; era tal el impulso que dijeron irse solos en camión y regresar al día siguiente; implicaba 3 horas de ida y otras 3 de vuelta, pero todos los demás preferimos acompañarlos aunque significara el sacrificio de renunciar a otras actividades más factibles.
Segundo: los momentos fundamentales no estuvieron definidos por la diversión, sino por los gestos. Entiendo una diferencia cualitativa enorme entre ambos, pues los gestos “dicen algo”, son signo y constituyen momentos educativos; mientras que la diversión es una huida momentánea. Del gesto queda la experiencia, mientras de la diversión queda solo el recuerdo de la sensación (de placer, adrenalina, gusto). Hemos aprendido, contra la mentalidad común, que las vacaciones no son para poner en pausa la vida.
Un gesto particularmente bello fue la “arrullada del niño” que hicimos dirigidos por Lupita en su casa (los Mex: Martín y Lupita; MariJo, Martín y Angelina). Se trata de una tradición de piedad popular, pero varios la sentimos en un sentido profundo; el propio Martín (que la hace todos los años) dijo haberla vivido de un modo distinto.
Esa misma noche nos regalaron otro gesto de increíble ternura. Habían comprado regalos para cada uno de los presentes. ¡Para cada uno! Y Angelina nos los entregó. Nos recibieron, nos hicieron de comer, nos abrieron las puertas de su casa y nos hicieron regalos. Nos sentíamos como en casa. La comunidad hace esto posible.

Nuria Mendizábal (la organizadora)
Todo empezó como un plan vacacional que sugerí a algunos amigos. Ya de entrada nos entusiasmó ir juntos de paseo hasta Campeche. El ánimo de todos me hizo moverme rápido para que se concretara y nadie se echara para atrás. Los primeros en mostrar su alegría fueron los niños, recuerdo cómo se emocionó Chemita.
Después de algunas dificultades sobre todo de tipo económica y organizativa, para nada banales, el viaje se fue concretando.
Lo que me sorprende de esos días que compartimos una vida campechana, es que cada familia pudo estar presente tal cual es, con sus desafíos y dificultades, porque al final estábamos entre amigos de verdad. Pasamos momentos de mucha alegría porque estábamos juntos, creo que esa fue la clave, y además, por si ello no bastara nos hicimos acompañar. En Coatzacoalcos, con la comunidad de ahí, que nos hicieron sentir literalmente como en casa y nos regalaron su testimonio de vida, esperanza y fe de una manera muy sencilla, sin tapujos. En Campeche también nos recibió la comunidad de CL, no puedo dejar de mencionar con cuánta convicción y genuinidad Alejandro Mora nos repetía: “Somos un pueblo”, uno solo… Unidad pese a que somos tan distintos, un milagro de lo más Alto.
Regresé maravillada de ese lugar tranquilo y amable del Caribe, pero más maravillada de nuestra amistad. Y cierro con algo que el P. Stefano me dijo hoy: “Nuestro bien y nuestro mal sale en la convivencia con los demás, y qué bien que es así, porque de esta manera podemos purificarnos del mal y ser testigos del bien que hace el estar juntos”.
Ruth Laurean
Yo también siento el deseo y la necesidad de mirar, reconocer, expresar y compartir lo vivido en estos días recientes. Desde que Hugo nos hizo la invitación, fue para nosotros una gran sorpresa. Con una alegría inmensa y, a la vez cierto desconcierto del “¿por qué nos habrán invitado si todos ellos son familia o compadres? ¿Por qué a nosotros? ¿Cuánto dinero será?”
El plan avanzaba el plan. Ajustábamos detalles, como el trabajo; soltamos la costumbre de pasar la Navidad con familiares. Se hizo evidente un poco nuestra desorganización, pues nunca habíamos hecho un viaje tan largo en auto… Pero algo de lo que estábamos seguros era de que esta era una gran y bella propuesta que nos atrajo a todos, incluso a mi mamá, quien estuvo a punto de ir con nosotros.
Este viaje ha sido una ocasión que me ha invitado a seguir despertando el asombro por estas presencias de Cristo hecho carne, en una compañía bien concreta, que me han mostrado con su testimonio de vida una novedad que deseo para mí.
Comenzando con Lupita y Martín, yo tenía una vaga referencia de ellos por mi mamá, pero creo que la había olvidado. El primer impacto por su persona fue enorme: la alegría con la que nos miraron y recibieron; Lupita feliz, preparando tortitas de pollo para todos; Martín, platicador; Angelina, saludando a todos uno por uno con su “hola”, sonriendo y agitando la mano (un gesto que me fascinó).
Ha sido una gran oportunidad para saber quién es María José, pues solo nos habíamos encontrado en eventos del movimiento, pero jamás imaginé que se dieran las circunstancias para estar en lo más íntimo de su vida. Y vivir una Navidad en su casa, arrullándo al Niño Dios, con Lupita prepárando una cena deliciosa, Martín haciendo todo por que estuvieramos contentos, Angelina repartiéndonos un regalo a cada uno. Maria José y Martín, su hermano, siendo grandes anfitriones, llevándonos de paseo, al dia cultural, la caminata por el centro. Comimos de todo, fuimos a una playa cercana y otra muy lejana; ¡Martín nos llevó un refrigerador! Ademas, junto con Vero y Alejandro nos prestaron muchas cobijas, almohadas, colchas para que estuvieramos lo mejor posible.

En una breve plática con María José, le expresé lo conmovida que estaba por conocer a sus papás y sus circunstancias. Lo que ella me respondió es tan verdadero: “Mi mamá es el más claro ejemplo de lo que es dar la vida por otro”. Y eso es un regalo que el Señor me da; sigue mostrándome rostros concretos que lo testimonian a Él.
Esa ha sido una de las preguntas que me marcaron el año pasado: “¿Cómo es eso de dar la vida? ¿Cómo puedo yo dar la vida? ¿Qué me está pidiendo el Señor hoy? ¿Cómo acojo y respondo a la realidad que me es dada? ¿Me doy cuenta de mis resistencias, que seguro tengo día a día? ¿Cómo puedo vivir más intensamente mi vocación?”
Y entonces, el Señor me regala la convivencia con nuestra “caravana”. Fue algo excepcional, lleno de belleza y de algo grande que llegó a lo más íntimo de mi familia. Mirar de cerca la dinámica de otros matrimonios y familias siempre es una ayuda para ampliar la mirada, para aprender, para soltar, ceder, colaborar…
Pude ver en estos amigos esa fidelidad a su vocación, es decir, al llamado que Cristo nos hace por medio de la vida. Responden de manera fiel, siendo para mí un recordatorio de lo que es no seguirse a sí mismos, sino a Otro, que siempre tiene un rostro concreto hecho carne. Esas paternidades y maternidades verdaderas.
Otro regalo grande, ha sido mirar más de cerca a tres responsables de comunidad (Aza, Vero y Oliverio). No es poca cosa ver cómo, con su autenticidad, sus límites y su gran fidelidad y obediencia, el Señor hace grandes cosas. Muy cerca de mí está mi mamá, testimoniándome también ese camino día con día.
Pude reconocer en estas familias esa manera peculiar de vivir que solo Cristo ofrece, solo Cristo despierta. Es una forma más de seguir entendiendo lo que es la comunionalidad, la pertenencia; entre amigos, risas y muchos imprevistos, siguen siendo ocasión de despertarme nuevas preguntas.
Y, cerrando con broche de oro, esa visita breve pero potente con los amigos de Coatza. Asombro tras asombro, al ver en ellos la Encarnación. Son amigos que viven en la Memoria y me hacen ver que, con su sí tan fiel y libre, Cristo es carne, es verdad, es real.
Yo Lo he visto con mis propios ojos.
Barush Espinosa
Yo estaba muy apurado por dejar cosas resueltas del trabajo para que no me hablaran durante las vacaciones, solo entendí que nos había invitado la familia de Hugo a Campeche y que iríamos con ellos. Constantemente me comentaba Ruth, que raro, ¿por qué nos habrán invitado? Yo no soy profundo en muchas cosas, y simplemente le decía: “pues no lo sé”, me imaginaba que era por el podcast, que han estado conviviendo mucho con Ruth y Hugo, pero gracias a Dios por esta invitación, ha sido una gracia para mi familia, y esto seguro que para nuestros hijos mucho más; así, de gota a gota se hace presente Cristo.

Desde que llegamos a Campeche, me sorprendió mucho el recibimiento. Al llegar y ver a todos muy contentos, tanto a los adultos como a los niños, se me pasó el cansancio y llegó la novedad de ver a todos, especialmente Martín y Lupita, los mejores anfitriones, siempre muy atentos dándolo todo, y Angelina con una risa hermosa.
En casa de Rodrigo León vi a Martín con un interés genuino de conocer el testimonio de todos, del porqué estamos en el movimiento; fue una cena muy bonita y especial, escuchar a la familia de José Manuel y María Cecilia (que se dicen “amigos del movimiento”) también fue espectacular: poner en claro la importancia y el reconocimiento de la amistad, fue algo muy bello.
En la despedida, Lupita mencionó: “qué bonito verlos”. Sentí un cariño especial y sé que ese cariño parte de un amor a Cristo, que se hace visible a través de las personas. En gran medida, era un cariño hacia Carmen, mi suegra; y continúa con nosotros.
Amigos, me siento más cerca de ustedes y de sus hijos, gracias por invitarnos y acogernos, sé que hace falta muchos más detalles de este hermoso viaje, pero lo esencial es esto vivido, que por gracia de Dios me ha unido más a ustedes.

Martin Mex
Voy a tratar de explicar lo que ha sucedido para mí. Hace un tiempo, mi hija María José me platicó que algunos amigos planeaban con venir a Campeche a visitarnos en diciembre. Mi primera reacción, cada vez que pasa algo así, es pensar que mi casa no es muy cómoda como para tener visitas, y me provoca cierta angustia. Sobre todo, porque María José hablaba de varios amigos y con sus hijos. Pero me decía que no me preocupara, que son amigos “muy buena onda” y eran como su familia; no sirvió de mucho, me quedé igual. A veces pensaba, “¿pero, si hay otros lugares turísticos bellos, por qué vienen a mi casa?” Y así pasé la espera de estos amigos, entre el trabajo cotidiano e ir limpiando un poco la casa.
Conforme se acercaba la fecha, me fui relajando, pensaba que debía confiar, que al final eran amigos del movimiento y Dios me los ponía. Pensaba: ¿cómo serían esos días, cómo atenderlos? y tratar de que estuvieran lo más contentos posible.
Llegaron y fue una gran sorpresa, porque me di cuenta que ya existía una familiaridad, estaba implícito el punto que nos une. Sus rostros eran miradas de amistad, cordialidad y hermandad; mis temores desaparecieron bastante. Conforme pasaban los días, era más la familiaridad. Yo quería estar todo el tiempo con ellos; fue imposible porque tenía que atender el taller, pero siempre los tenía en la mente.
La noche del 24 fue muy bello. Fuimos a misa todos juntos y también con los amigos de la comunidad de Campeche. Al término de la misa hicimos un ́Ángelus, después fuimos a cenar a la casa; antes de la cena arrullamos al niño Dios. Un convivio muy bello.
Después hicimos otras reuniones en otros lugares y con los demás amigos de Campeche. Por ejemplo, una noche fuimos con todos a casa de Rodrigo León y Diana Lara (Hugo con un poco de temor, porque éramos muchos según él). Mientras cenábamos, de manera natural, todos empezaron a explicar de manera breve cómo es que llegaron al movimiento, fue un momento extraordinario, por escuchar a estos amigos de Chihuahua, de México y de Puebla. Fue bello también escuchar a sus hijas, Luna, Marve y Raquel, unas jóvenes con testimonios excepcionales. Ver el rostro de conmoción de mi amigo Alejandro escuchando esos testimonios, me conmovió. Fueron cinco días de reunirnos en diferentes lugares. La noche anterior que partieran fuimos de nuevo a casa de Rodrigo, en esta ocasión en compañía de algunos amigos de Campeche y con la visita de nuestro amigo Giampiero. Alejandro tocó la guitarra y una amiga cantó.
El día que partieron, hicieron una parada en mi casa para despedirse. Para mí fue una muy emotiva despedida. Desde la puerta de la casa vimos que se fueran y se iban muy alegres, a pesar que el regreso que les esperaba sería cansado. Al irse estos amigos, ahora también míos, me surgieron muchas preguntas: ¿Qué fue lo que me pasó? ¿Qué fue lo que aconteció?
La compañía de Comunión y Liberación para mí, después de 35 años, ha sido lo que le ha dado sentido a mi vida, en todos los aspectos. Sin embargo, estando acompañado por estos amigos no puedo negar que siempre uno necesita ser rescatado. Eso me ha sucedido de nuevo, he renovado mi esperanza, he visto que la alegría y la frescura de la compañía en estos amigos que vinieron de “lejos”, es verdadera, he vuelto al trabajo con alegría, he vuelto a levantarme en las mañanas contento, porque al final todo nos es dado para reconocerle a Él.
Esta navidad para mí fue real, vino el niño Jesús en los rostros de estos amigos a visitarme, fue real. Fue Él. Vi la ternura de Jesús en estos rostros. Verlos a ellos contentos, pienso, “yo quiero que ser así”, ver su unidad, pienso, “yo quiero vivirlo así”, ver su fidelidad, pienso, “yo quiero vivirlo así”. El ciento por uno es real, la promesa es real. Querer decir tantas cosas, tantas cosas…. Gracias, gracias porque yo siendo el más viejo, fui educado por ellos. Gracias amigos, gracias hermanos.

María José Mex
Creo que todo se resume en agradecimiento. A mi familia por sumarse a la aventura de recibir a mis amigos (ahora también suyos); a mis amigos por viajar de tan lejos a conocer mi tierra y mi familia; y, por supuesto, a Dios por adherirme a esta historia del movimiento.
La idea nació hace unos meses: mis amigos de Ciudad de México, que en realidad fueron mi familia durante mis 10 años de estancia en esa ciudad, se animaron a visitarme en mi tierra. Ahora vivo en Chihuahua y hacía meses que no iba a Campeche, así que sería algo interesante volver a casa de mis padres, ¡más 20 amigos más!
Esos cinco días estuvieron llenos de anécdotas, risas, idas a la playa, cervezas. Pero lo más presente, era Cristo. Primero, por la espera de Su llegada a través de la espera de mis amigos. El adviento vivido como preparación por mis padres para su llegada, desde arreglos de casa hasta conseguir guía de turistas para recibirlos bien. Luego, la permanencia porque, como Cristo, aunque se fueron, quedó mi familia marcada por sus pláticas y cariño.
¿Por qué me interesaba que conocieran mi casa, aunque no fuera la más grande ni la más lujosa de Campeche? Porque ahí estaba mi familia, que son un espectáculo; no por lo exitosos que seamos, ni porque seamos los más simpáticos, sino porque mi familia y su historia ha estado inmersa en el movimiento y estoy segura que eso hace que mis papás y hermanos hagan hijos y hermanos suyos a todos los que llegan a mi casa. A pesar de las circunstancias y aun a pesar de sus límites, quería que mis amigos vivieran de esta gracia en la que yo crecí.
Ahora regreso a Chihuahua con ciertas preguntas y hasta un poco de miedo, porque dejar el “nido” siempre es difícil. Pero tengo certeza que hay un punto fijo al cual mirar y que no me deja sola a donde vaya. Creo que esto es “el ciento por uno” de la certeza de que Alguien me sostendrá.





