Cartas mayo 2025

De boda en el hospital

Durante la cotidianidad del trabajo, hace un año conocí a Vivian. Tiene 33 años y lleva tiempo luchando con los tratamientos del cáncer de mama. Su novio José la acompañaba incansablemente, la situación médica fue agravándose y con ello se fue complicando la posibilidad de casarse. Sin embargo, en este tiempo entre ellos y yo ha surgido una relación que permitía mirarnos a la cara y abrazar esta realidad tan dolorosa juntos. Esto no es nada “obvio” pero todos esperamos vivir así, en un lugar donde la vida grita tener un significado, una respuesta e incluso solo una hipótesis de respuesta. Yo seguía la sencillez de estos jóvenes, provocada y pidiendo ver lo que sucedía. En ocasiones José me escribía suplicando tratamientos curativos, contándome que rezaba de rodillas llorando porque Dios le daba estas pruebas tan dolorosas.
Uno de estos días José me llama y me dice: «Doctora, en estos momentos de gran dolor y poca esperanza, necesito algo que dé significado a este tiempo, yo espero ser feliz y Vivian también. Pienso en su rostro de felicidad si le digo que nos unamos a través del sacramento del matrimonio, queremos ser felices».
El día de su matrimonio, le dije: «José, este es un paso definitivo, frente a Dios y para la eternidad», y él me responde: «Doctora, deseo algo eterno, son cinco años con Vivian. Ahora, en esta circunstancia dolorosa, ambos necesitamos abrazarnos y entregarnos a lo Definitivo, a lo Eterno».
Para la ceremonia, que se celebró en la clínica, llegó la familia, el personal de salud y Vivian estaba feliz vestida de blanco y con José al lado, con un rostro feliz, repitiendo: «en la salud y en la enfermedad», lo mismo que Vivian. Era un pueblo que acompañaba, es nuestra Iglesia que sostenía la esperanza de José y Vivian.
Ese instante coincidía con las palabras del himno de Cuaresma: «Con corazón abierto y confiado, Señor en tu Presencia nos postramos, entonces la humildad llega a ser luz y se abre el camino a la verdad». Al siguiente día fui a visitarlos a la clínica, ella estaba postrada, conectada al oxígeno, y él la atendía con el rostro sereno, como si hubiera encontrado el significado de lo que estaban viviendo, el verdadero Amor. Les entregué el cartel de Pascua y me fui con el corazón inquieto tras ser partícipe de este acontecimiento donde se había revelado lo que don Giussani nos dice: «La victoria de Cristo es una victoria sobre la muerte. Y la victoria sobre la muerte es una victoria sobre la vida. Todo tiene una positividad – cualquiera que sea la situación que experimentemos, incluso la más difícil o dolorosa en extremo–, hay un bien a punto de nacer en el límite de nuestro horizonte humano».
La victoria de Cristo perfora e ilumina la aparente nebulosa, la confusión, el dolor; y entra sin permiso y con misericordia, porque sabe que Lo esperamos, porque el optimismo, el sentimentalismo o la fuerza de voluntad siempre son insuficientes frente a la imponencia de la realidad de su Presencia.
¿Quién responde a este corazón, al deseo de vida que nos constituye? Solo Cristo, muerto y resucitado, responde y da significado a la vida, solo su Presencia es capaz de abrazar el drama y transformarlo en un lugar de testimonio y esperanza.
Silvia, Lima (Perú)

Alguien que decide necesitarnos

Estos días, en el ARAL (Asamblea de Responsables de América Latina, ndr.) he visto un pueblo cierto y alegre. Cierto de haber encontrado un tesoro y de haber sido inmerecidamente llamado a gozarlo, custodiarlo, hacerlo crecer y compartirlo. También he visto que crece en este pueblo un ardor misionero, ¡que nuestra vida sea misión! Es decir, que sea conformada, convertida a esta gracia. Y esto sucede a medida que verificamos una y otra vez que nuestro Dios es fiel y que no nos abandona, ¡y cuánto nos corresponde la vida que nos dona con su gracia! Un Dios que es tan real que nos cambia. Que no nos abandona a nuestras medidas y problemas, a nuestras reducciones y comodidades, a nuestras divisiones, mentiras y pecados… ¡nos salva! Siempre, una vez más, ante nuestros corazones y nuestros ojos deseosos de ver y volver a gustar la vida que nos dona y nos hace respirar, creer, confiar y esperar. Un pueblo cierto de que en este lugar, en esta amistad, en esta comunión, sucede Algo que la supera pero que la necesita para alcanzarnos, que la “utiliza” para abrazarnos, para guiarnos. Algo, o Alguien, que se mantiene misterioso pero al mismo tiempo se devela en tantos detalles y rasgos inconfundibles… ¡esta comunión es sagrada!
Esta “compañía” es el gran signo eficaz de ese Alguien que nos sigue convocando porque, tierna y apasionadamente, decide necesitarnos. Decide hacernos suyos, comunicarnos su gran secreto para compartirnos su felicidad. Junto a este pueblo, he visto y experimentado la alegría de ser enviada, la alegría de ser su Iglesia, de ser su rostro, sus manos, sus pies y su corazón para el mundo entero y para cada uno en este mundo que Lo espera consciente o inconscientemente. Paz en la justicia y gloria en la piedad. Que cada día sea un sí al Señor que nos abraza y vuelve fecundo el terreno de nuestro corazón, para que se cumpla su obra en el mundo, la victoria sobre la muerte y el mal.
Carolina, Buenos Aires (Argentina)

Un artículo que llega a tiempo para la Escuela

En nuestra ciudad tenemos el momento de Escuela de comunidad de adultos los jueves a las 4pm. El lugar ha sido una provocación más, ya que nos han facilitado, desde hace un año, un aula en un centro de salud, una novedad. Durante el momento que estamos reunidos veo que los vigilantes pasan, se asoman, escuchan unos minutos y se retiran. Desde que estamos allí hemos llamado la atención de quienes frecuentan el lugar, y siento que para bien. Estamos culminando el trabajo del capítulo XI de El sentido religioso, y a mí, como responsable en mi ciudad, me ha tocado dirigir la Escuela, lo cual trato de hacer con la conciencia de que lo que allí surge viene dado por Otro. Yo obedezco pero es prioritario ponerlo en sus manos para poder entender lo que a veces me parece confuso y compartir con los amigos lo que sea necesario para provocar la participación, que nos podamos ayudar con los testimonios, un reto que para mí no ha sido fácil. Además de la preparación que hacemos los que guiamos en las ciudades, que ha sido un momento muy importante para todos, me he apoyado con la lectura de la revista Huellas, siempre encuentro algún texto que tenga relación con el tema tratado. Ayer jueves, luego de hacer la introducción y de escuchar tres testimonios muy valiosos de los presentes, surgió el silencio, a veces lo denominamos “el silencio incómodo”, que es cuando nos miramos para ver quién sigue. Cuando se da esa pausa es el mejor momento para leer a los presentes algún artículo que tenga relación con el punto trabajado. Revisando en mi casa me parecía que todos los artículos del mes de marzo tenían que ver con la experiencia del signo, todo tiene mucha relación con el modo en que nos interpela la realidad, indudablemente me permite pensar en la situación de mi país, que con la lectura de la revista puedo relacionar mi contexto con el mundo, con esa mirada que se pone en medio del mundo, que hay países que compartimos situaciones similares y la compañía nos ayuda a seguir por un Bien y con un Bien que es la compañía, donde está presente Aquel que dirige el timón de mi vida.
Esta comunicación global me ayuda a tener el corazón despierto y dispuesto a valorar cada momento. A través de la revista se me amplía el panorama, veo lo que les sucede a muchos en varios países, y que también sucede en mi país, por eso esta semana vi oportuno imprimir un artículo para leerlo si se daba un silencio incómodo, y así pasó.
Leímos el artículo de Alberto Reggiori, un médico con 25 años de servicio que atiende en los lugares más remotos del mundo. Este testimonio me mostró cómo el signo tiene un valor racional, y que la compañía que ha encontrado este médico en los lugares que visita es capaz de generar una gran amistad y un deseo de encuentro con rostros muy concretos, sobre todo cuando habla del hermano Elio y de la conversión de una mujer musulmana… Sentíamos que todo lo que contaba tenía que ver con nosotros; y después de ese momento surgieron tres testimonios más, se abrió la ocasión para que varios sintieran la necesidad de contarnos cómo están viviendo ese deseo de verdad, justicia, felicidad y amor, aquí, en esta Venezuela amada y querida por cada uno de nosotros y en donde también surgen estos encuentros que nos rescatan día a día con la cercanía de Quien nunca nos abandona.
Vivimos la compañía como algo que me ayuda a ampliar la mirada y reconocer que es mayor el Bien, ese Bien que Otro nos da, que permite reconocer que en la realidad que encontramos hay mucho que valorar. La belleza del encuentro en medio de un todo.
Lila, Mérida (Venezuela)

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