Cartas abril 2025

EncuentroHabana y el sentido de nuestra esperanza

El EncuentroHabana ha sido una ocasión para actualizar mi sí en el seguimiento de Cristo. La primera provocación vino de la propuesta de asumir la responsabilidad del Encuentro. Con la ingenuidad propia de la edad, no pensé mucho para responder afirmativamente. Poco después empezaría a intuir las magnitudes del asunto en el que me había metido. No obstante, el hecho de saber que no estaba sola me daba tranquilidad para continuar adelante.

No tardaron en llegar los desafíos: ponernos de acuerdo para la elección del tema y el lugar, la petición de visas para los invitados extranjeros, la búsqueda de los ponentes, el diseño del logo y el cartel, la impresión de la muestra, y un largo etcétera. Todo esto en medio de la desafiante situación en la que vivimos en Cuba hoy. Cuando empezaba a agobiarme por tener tantas tareas pendientes me ayudó a situarme en lo esencial un consejo que me dio un amigo: la belleza del gesto no radicaba en la perfección de todos los detalles sino en la magnitud con que este contribuye a comunicar a Cristo en esta tierra cubana. A partir de ese momento esta conciencia marcó mi recorrido por el camino de preparación del EH.

También algunos textos que me invitaron a leer me ayudaron a reconocer que el valor de cada instante es más grande si es ofrecido para mayor gloria de Dios. Ser consciente de esto me permitió poner en manos del Señor todo aquello que nos parecía imposible o muy pesado. Confiados en la providencia de Dios, contra todo pronóstico empezaron a sucederse pequeños y grandes milagros diarios que nos confirmaban en el deseo de proseguir en la preparación. Llegado el día esperado no podíamos creer que en verdad se hacía realidad todo lo pensado juntos. Durante esos días muchos fueronlos signos de su Presencia, ¡ardía nuestro corazón al escuchar hablar de Aquel que es el sentido de nuestra esperanza!

Después de hacer un juicio sobre esta experiencia puedo afirmar que los frutos de este camino han superado con creces la fatiga propia de un acto de esta agnitud. Sin duda, de esta experiencia tenemos muchas cosas por mejorar, pero de lo que sí estoy segura es de que ha servido para que toda la comunidad crezca y madure en la fe. Con el corazón agradecido por todo el bien recibido puedo cantar junto a la Virgen, «proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava» (Lc 1, 46-48).

Laura, La Habana (Cuba)

No falta nada

¿Acaso alguien nos ha prometido algo? Entonces, ¿por qué esperamos? Durante el periodo de preparación me preguntaba continuamente: ¿por qué hablar de «esperanza» en Cuba en un momento histórico como el de hoy? El título del EncuentroHabana ha sido una provocación especial para mí, mi familia y amigos. Fue una invitación a dejarnos provocar por el Misterio que actúa en medio de las circunstancias en las que vivimos, que pudieran parecer para muchos la última palabra. Pero la esperanza es posible gracias a la libertad interior y a una conciencia marcada por la fe en compañía de otros, o sea, una fe que se transmite a través de hechos, palabras vivientes, diálogos, encuentros y testimonios como los que presenciamos estos días. Solo así puede cambiar la vida, la cultura, los esquemas de pensamiento de un pueblo, de una nación, del mundo. Emprendimos el camino de organización del Encuentro sin la pretensión de querer imponer nada ni de alcanzar el éxito, solo motivados por la pasión de comunicar a Cristo y la belleza que ha suscitado en mí pertenecer a una compañía en la que he tenido un verdadero encuentro. En medio de la jornada pensaba que en un lugar como ese quería vivir con mi esposa, mis hijos, mi familia y amigos, un lugar donde el rostro de Cristo se vuelve más humano y por ende no falta nada.

Deiviz, Matanzas (Cuba)

En un grupo de WhatsApp

Hace poco más de un año, tuve un encuentro sorprendente con dos compañeras de habitación en el hospital. Al volver a casa empecé a recibir en el móvil esos mensajes de «buenos días» y «buenas noches» que a menudo petan los grupos de WhatsApp y que yo no soporto… pero lo que había sucedido entre nosotras en el hospital era demasiado grande para que un fastidio instintivo me frenase. Así que me puse a leer sin prejuicios el contenido de aquellos mensajes y empecé a responder compartiendo lo que iba viviendo cada día: desafíos, preguntas, alegrías y penas. Sucedieron muchas cosas, algunas preciosas, otras realmente duras, pero no dejaba de sorprenderme cada mañana cuando a sus «buenos días» yo respondía diciendo: «Queridas amigas, hoy de nuevo, dentro de lo que nos encontremos, no dejemos de buscar la felicidad». Hablábamos todos los días, aunque solo nos habíamos visto dos veces en todo el año. Un día llega este mensaje de la más joven de nosotras: «Hace un año de nuestro primer encuentro. Un año de fuerza, esperanza, compañía, desahogo, pero sobre todo de presencia». ¿Qué le ha llevado a decir que nuestro vínculo está hecho sobre todo de presencia? ¡Si no nos vemos! Si somos tres desconocidas que, después de un significativo encuentro en el hospital, prometieron seguir en contacto. ¿Cuántas veces habré hecho en mi vida una promesa así a personas incluso más cercanas y queridas? Miles, y casi nunca lo he cumplido. Estoy segura de que lo que nos une no es el cáncer, sino que tenemos el mismo corazón, con esas exigencias inextirpables que el Misterio nos ha puesto dentro y que nos permiten encontrarnos con cualquiera y en cualquier situación.

Carla

Algo que nos une y nos hace más felices

El año pasado inicié la convalidación de carrera, jamás imaginé que mi vida cambiaría tanto. En un curso de antropología descubrí algo nuevo e interesante que despertó en mí una curiosidad, ya que al estudiar El sentido religioso me empecé a dar cuenta de que lo que proponía el curso daba respuesta a ciertos interrogantes que tenía en mi vida, reconocí que había encontrado algo verdadero y tenía curiosidad por seguir ese camino. La profesora me invitó a participar en el CLU, donde fueron tomando fuerza mis ganas de seguir aquel camino que me acercaba a Dios.

Este encuentro me dio una de las alegrías más grandes de mi vida y quería compartirlo con la persona más importante para mí, mi madre. Una noche le propuse empezar a ir a la iglesia, en un inicio me dijo que estaba muy ocupada, además los domingos se descansa. Pero al final aceptó, nos organizamos en los quehaceres de casa y nos dio tiempo para ir a misa. Fue así como ella también empezó a interesarse por este camino porque, como ella dice, «este lugar nos da tranquilidad» y también porque me veía feliz cuando regresaba de la Escuela de comunidad y de la caritativa. Esto era una novedad, porque yo sufría de depresión, renegaba de todo y no me gustaba salir de casa, me pasaba el díaen mi cuarto, aislada y triste.

En nuestras vidas siempre fuimos solo madre e hija y ante situaciones difíciles nos sentíamos solas, porque solo nos teníamos la una a la otra. Sin embargo, ahora hemos encontrado algo que nos une más y que nos hac e felices. Por eso ha decidido recibir los sacramentos, como yo. En este camino mi vida ha tomado seriedad y de alguna manera también para mi mamá, que ha invitado a mis tías para ir a misa juntas y para que mis primos reciban los sacramentos, es tanta nuestra alegría que se ha contagiado a mis familiares. Yo trabajo y estudio, el tiempo es corto, pero deseo vivirfielmente mi participación en este lugar que me hizo encontrar a Jesús.

Gabriela, Lima (Perú)

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