Hace mil setecientos años, en Nicea (la actual Turquía), hacia finales de la primavera del año 325 se celebró el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia. Un centenario, como suele pasar, siempre es la ocasión de muchas celebraciones, como sucederá también en la próxima edición del Meeting de Rímini, que le dedicará una exposición. Pero más allá de la conmemoración, ¿por qué nos interesa un acontecimiento tan remoto en el tiempo y en el espacio, que además a primera vista podría parecer un tema demasiado específico?
Para responder hay que ir directos al corazón de la fe cristiana, que nace del encuentro con Cristo, es decir, de un hecho cargado de sentido y colmado de sabiduría, que nos permite entrar en el misterio de Dios. Cristo no vino al mundo para realizar buenas acciones, como un taumaturgo que sana a los enfermos o un benefactor que alimenta a los pobres; ni para enseñar a los hombres cómo deben comportarse, como un maestro de moral. Jesucristo es el hijo de Dios que se encarnó para darnos a conocer al Padre, para mostrarnos su rostro, que es la exigencia suprema de todo hombre. «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Esta petición del apóstol Felipe a Jesús resume perfectamente toda la necesidad y espera del hombre
Para seguir leyendo inicia sesión
El contenido completo sólo está disponible para nuestros suscriptores.





