Un empresario que pide a sus directores que se lean la encíclica

Para entender lo que entiende realmente Iván Navas cuando habla de inteligencia artificial, hay que irse a una playa. «La semana pasada estaba en el mar –cuenta– y había un hombre de casi ochenta años que era ciego. A su lado estaba su mujer, que andaba con dificultad. Otra mujer les acompañaba lentamente hacia el agua. Tal vez fuera su hermana. Les llevaba de la mano, les ayudaba a bajar, respetando sus tiempos». Se para un momento y luego sigue. «Entonces pensé que dentro de cinco años, incluso menos, probablemente habrá una máquina que haga eso. De hecho, lo hará mejor. Pero mirando esa escena nadie se conmoverá como me conmoví yo. Porque la mujer que acompañaba a esos dos ancianos lo hacía todo con amor». Ahí ya se empieza a entender quién es el fundador y consejero delegado de Doofinder, una de las empresas europeas que más está invirtiendo en IA aplicada al comercio electrónico. Porque Navas (47 años) se pasa el día diseñando herramientas que mejoren la eficacia de las máquinas. Pero sigue pensando que hay algo que ningún algoritmo logrará reproducir nunca. Jamás.
Su historia comienza lejos de Silicon Valley, en la periferia sur de Madrid. «Mi padre era carpintero. Salía de casa a las siete de la mañana y volvía a las once de la noche. Éramos una familia humilde». Iván tenía 13 años cuando le hizo una pregunta que le acompañaría el resto de su vida. «Le pregunté: ¿por qué te esfuerzas tanto?». Sonríe. «Creo que mi vocación empresarial nació ahí: no hay nada mejor que

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