Testimonio de Andrea Pineda

Otro momento privilegiado dentro de nuestras vacaciones es el testimonio. Para nosotros, Cristo no es una idea que se capta doctrinal o filosóficamente. No es una ideología ni simplemente una moral. Tampoco es, como muchos grandes personajes, alguien que nos dejó su legado. Ni siquiera es sencillamente el autor de una cultura a la que podemos denominar “la cristiandad”. Es una persona cuya presencia es contemporánea. Desde luego que esta Presencia tiene implicaciones diversas, por ejemplo doctrinales o morales o de jerarquía de valores o rituales. Pero todo eso no es nunca lo principal. O, mejor, lo es solo en la medida en que lo expresa y contiene. Cristo es una presencia contemporánea: es esto lo que sobre todo nos interesa.

Por estas razones es que son tan valiosos para nosotros los testimonios. Lo son más que los discursos. Cristo, si no fuera cierto, sería imposible. En Los orígenes de la pretensión cristiana, en el capítulo sexto, que hemos estado estudiando las últimas semanas en el movimiento, se nos habla de la pedagogía de Cristo. Él se comunica según es conveniente a nosotros, es decir, según podemos reconocerlo y entenderlo, mediante una convivencia que en un determinado momento hace emerger una pregunta fundamental: “pero este, ¿quién es?”. Para nosotros, hombres y mujeres que vivimos un día después de que Él ha ascendido a los Cielos, el vehículo de esta pedagogía es principalmente el testimonio. Un testigo es el que dice: “yo lo he visto, yo lo he vivido, lo estoy viviendo”, y nos ayuda a mirar Su extraordinaria presencia en el aquí y ahora.

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