Bali, 20 de junio de 2026. Varios representantes de las comunidades de Comunión y Liberación de la región oriental del mundo se reúnen para pasar juntos tres días con motivo de la Asamblea de Responsables de Asia-Pacífico (ARAP). Vienen de Japón, China, Hong Kong, Taiwán, Singapur, Malasia, Filipinas e Indonesia.
Desde Taiwán llega el grupo más numeroso. Entre ellos está Ning. «Casarse en Taiwán es ir contra la corriente dominante». Con su corte de pelo, sus gafas redondas y su colorido outfit muestra su naturaleza artística. A la sombra de una planta de frangipani me cuenta su historia. «Durante muchos años yo tampoco consideraba el matrimonio como una opción para mí. De hecho, me obligaría a mudarme y renunciar a un trabajo que me encantaba». Pero ahí la tienes el día de su boda, con un gran ramo de flores en la mano, incapaz de contener las lágrimas de conmoción cuando se dirige a los invitados –artistas, colegas, familiares de las procedencias culturales y religiosas más diversas– para hablarles de su amistad con esos curas extranjeros vestidos de negro con los que acaba de cantar. Gracias a ellos recuperó aquella fe que le transmitieron sus padres y que




