Corremos el riesgo de reducir la orientación a una especie de práctica burocrática que se concentra en los momentos decisivos en los que toca elegir, donde también entran en juego las preocupaciones y expectativas familiares. Pero en realidad debería ser un proceso enmarcado dentro de una dimensión educativa mucho más amplia, pues afecta al modo en que una chica o un chico aprende a mirarse, a reconocer qué es lo que le atrae, lo que se le da mejor o lo que rechaza. Y eso empieza el primer día que pisa un aula y, sobre todo, no solo sucede en el colegio.
La cuestión fundamental es que sería mejor no “orientar” a nadie. Cuando se “orienta” a un joven, en el sentido de indicarle lo que debería elegir, existe el riesgo de empujarle a hacer lo que nosotros consideramos que más le conviene, siguiendo así nuestro criterio. Cuando en realidad es el sujeto quien se orienta, todo se juega en el




