“Banuwa, Banuwa, Banuwua-yo… Banuwa, Banuwa, Banuwa- yo”. Comenzaban a ensamblar los coros de uno y otro grupo, de una forma sensacional. De cada uno de los ocho equipos surgía el Canon de forma ordenada y en sintonía. Había un director, una presencia que hacía que todas las intuiciones ensayadas por cada grupo de forma independiente tomaran forma y se creara un magnífico concierto; donde también el coro de niños se insertaba de una forma extraordinaria.
Era el inicio de nuestra fiesta de vacaciones, un concierto coral generado por nosotros mismos, pero guiados por una Presencia nueva; luego los cantos; luego los bailes, los juegos, y al final un canto a la Virgen para terminar y agradecer a Dios por tanta alegría.
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