La familia, una paradoja pasada de moda

Corea del Sur: 0,75 hijos por pareja. España: 1,1. Italia: 1,2. Finlandia: 1,4. Turquía: 1,5. Estados Unidos: 1,6. Para que una población no se contraiga haría falta una tasa de 2,1 pero hace tiempo que casi nadie llega hasta ahí, aparte de los países del África subsahariana y poco más. Si observamos el mapa de estas cifras, vemos una sociedad confuciana, otra secularizada, otra católica, otra musulmana, otra protestante; economías maduras y emergentes, bienestar consolidado y familias abandonadas a su suerte. Llevamos décadas oyendo que el descenso de natalidad se debe sobre todo a una cuestión de dinero. No se tienen hijos porque salen caros, porque el trabajo es precario y faltan guarderías. Todo eso es cierto. Pero cuando el mismo síntoma aparece en organismos tan distintos, hay que buscar el diagnóstico en lo que tienen en común.
Y lo que tienen en común Seúl, Madrid, Roma, Helsinki y Estambul no es el precio de las guarderías, sino más bien el relato sobre lo que hace que la vida merezca la pena ser vivida. El problema de la natalidad es cada vez más una cuestión cultural y menos económica.


¿Y cuál es ese relato cultural predominante? Es bastante conocido. El individualismo y el hedonismo de nuestro tiempo hacen que la familia se perciba como una limitación y los hijos como una carga: de dinero, de tiempo y de libertad. El horizonte deseable, lo que maximiza su rendimiento (por decirlo en jerga económica) dispone ya de un bestiario de acrónimos, que conviene recordar que no están acuñados por demógrafos sino más bien por publicistas, que huelen los nichos de consumo mucho antes de que la ciencia los mida. Entre los más conocidos están los DINK, Double Income No Kids, “doble de ingresos sin hijos”, celebrados en redes sociales como la aristocracia del tiempo libre. Les siguen los DINKWAD, que añaden un perro (with a dog), que viene a ser como un hijo de alquiler al que nunca tendrás que pagarle la universidad. Luego están los GINK (Green Inclinations No Kids), que añaden a su renuncia una aureola ecológica, porque los hijos –como es sabido– contaminan.

Para seguir leyendo inicia sesión

El contenido completo sólo está disponible para nuestros suscriptores.

Palabras clave

Cómo citar

Comparte este artículo

Facebook
Twitter
Pinterest