De Agatha Christie se ha hablado mucho y casi siempre se ha dicho lo mismo: la reina del suspense, la autora más leída en inglés después de Shakespeare, la arquitecta del enigma perfecto. Se ha hablado mucho menos de la fe que subyace a su universo creativo, poco indulgente con el mal. Y no porque fuera un tema marginal sino porque Christie, reticente a la vehemencia, jamás se dedicó a predicar.
Su pertenencia a la Iglesia de Inglaterra fue una constante a lo largo de toda su vida. Recibió una educación anglicana tradicional, era practicante y leía con asiduidad las Escrituras y el Book of Common Prayer. Siempre tenía en su mesilla de noche, hasta el final, La imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Escrito a principios del siglo XV, se trata de un texto austero que enseña a resistir las tentaciones mundanas mediante el ejercicio de la humildad, la renuncia y la imitación de Jesús.
Christie hablaba poco de su fe. Su cristianismo era más bien una visión del mundo y del hombre que puede identificarse a lo largo de toda su obra. En sus novelas, el mal no es un accidente ni un reflejo automático de cierta condición social, sino una decisión personal y libre. Nace de pasiones antiguas como la ambición, los celos, el orgullo o el resentimiento. Es culpa. Y la culpa
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