Quisiera proponer una serie de reflexiones en torno a la relación, mucho más estrecha de lo que de ordinario le concedemos o somos conscientes, entre fe y cultura. Se trata de una relación fecundísima y muy importante. Es común que asociemos “cultura” a lo sofisticado de lo humano y lo dejemos a cosas de artistas e intelectuales y lo recluyamos a las escuelas, museos y exposiciones; eso es bastante reductivo. Diría más: es penoso, porque haciéndolo, dejamos de lado algo que es fundamental. La cultura tiene un espíritu, un alma de fondo religioso. Ahora bien, la religión, y más en específico el cristianismo, vive de expresiones culturales.
Desarrollaré brevemente estas afirmaciones en cuatro momentos, atendiendo a: 1) cultura como cultivo de lo humano; 2) cultura y su relación con la naturaleza humana; 3) cultura como cosmovisión; y 4) cristianismo como cultura nueva.
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