Mucho se ha hablado del Earthrise, la imagen de una especie de “amanecer de la Tierra” en la que nuestro planeta parece salir por detrás de la Luna, captada por los astronautas de la misión Artemis II el pasado 6 de abril. Para la gente de mi edad, los que éramos niños cuando el hombre llegó a la Luna, la reacción no creo que fuera tanto de sorpresa como de algo así como un déjà vu. Una foto prácticamente idéntica la habían hecho ya en 1968 los astronautas del Apolo 8, la primera misión que entró en la órbita lunar. Eran los años de las grandes epopeyas, las misiones Apolo que se lanzaban con pocas semanas de diferencia entre sí, una tras otra, con objetivos cada vez más ambiciosos, preparando lo que por fin sería el aterrizaje, o mejor dicho alunizaje, en nuestro satélite, con todo lo que vendría después. Para un crío de diez años era la mayor aventura, la exploración del espacio, nuestro futuro. El universo se mostraba como un mundo misterioso por conocer y descubrir. Los astronautas nos parecían superhéroes inalcanzables, los primogénitos de una nación grande y poderosa, era inconcebible soñar





