Es la hora del desayuno en el hotel donde estamos haciendo los ejercicios espirituales. En la mesa de al lado se sientan Gloria y Andrea. Son dos madres jóvenes de la comunidad de Barcelona a las que conozco desde hace años. Siempre las miro con un asombro particular, porque en sus familias la belleza se impone de una manera conmovedora. Ambas han abrazado la vida de sus hijos –algunos con discapacidad, otros ya han sido entregados al Padre– desde un “sí” rebosante de generosidad. Cualquier persona con un mínimo de sencillez reconoce en estas mujeres el milagro de una vida cumplida.
«Estamos pensando en un acto para Punt Barcelona sobre la vocación, sobre la maternidad y la paternidad en la cotidianidad», me dicen. «Justo ellas que son un testimonio privilegiado, tienen mucho que mostrar al mundo», pienso yo en mis adentros. Me explican que, desde hace un tiempo, se reúnen con un grupo de amigas para compartir cafés, libros y desvelos. «En estos ratos compartidos ha empezado a emerger un síntoma silencioso pero dolorosamente real entre los padres de nuestra generación: un cansancio denso, una frustración que amenaza constantemente con desvincularnos de lo que más queremos y de lo que verdaderamente sostiene nuestra existencia». Me miran y me lanzan la propuesta: «¿Te apuntas? La idea es ir al fondo de estas preguntas que llevamos en el corazón y, simplemente, acompañarnos».
De una sobremesa al corazón de la vocación.Durante unos meses nos vemos con frecuencia varias madres: Cristina, Camilla, Anna, Clara y Laura. A todas nos mueve un deseo inmenso de descubrir y testimoniar ese destello del Misterio que se esconde detrás del aparente caos familiar. Aunque a cada una nos aprieta una circunstancia diferente, las preguntas del corazón son exactamente las mismas.
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